OPINIÓN

Redacción Semana

Con mis mayores deseos

Es mi deseo para 2026 que en este tiempo sea posible comenzar a reconstruir sobre lo construido, incluso sobre lo incómodo.
11 de enero de 2026, 8:06 p. m.

Un día, deseamos tanto y más, con tal intensidad, que dejamos de vivir en la narrativa para comenzar a vivir en loops. Convertimos la vida en una representación constante y finalmente sucedió algo que no esperábamos, dejamos de pensar para entender y comenzamos a pensar para evitar; evitar el conflicto, la duda…, la herida mínima que alguna vez fue el precio natural de estar vivos. Pensar dejó de ser un acto interior y se volvió una maniobra social: debo decir lo correcto, debo sentir lo apropiado, indignarse porque está de moda y olvidarnos de lo que alguna vez fue el sentido común y el pensamiento crítico, porque con ellos todo es insoportable, especialmente esa locura llamada lucidez.

El alma, que antes era un territorio íntimo y contradictorio, hoy funciona como un algoritmo de aprobación, el dilema de existir o de exhibirse, y este algoritmo —en consecuencia— mide aplausos, te hace luchar con ahínco por ser más visible o más unificado, como se quiera ver; premia pertenencia, porque hoy el individuo se adora pero no se respeta; te hace sentir vacío si logras concentrarte en algo porque la felicidad está en la distracción, castiga la soledad y nos ha convencido de que la popularidad, e incluso las ideas huecas o incendiarias que se repican en las redes sociales, son nuestra identidad.

Si el medio define la mente, debería resultarnos obvio que el medio que hemos comenzado a habitar nos define como almas algorítmicas sin territorio, sin piel, frágiles, sin carácter, incapaces de vivir fuera de un espacio mental en el que no se perdona el anonimato, en el que se premia la estandarización, en el que emerge una sociedad en la que se puede sobrevivir siendo solo un espectador y en el que finalmente nos fundimos con la comodidad, la gratificación inmediata y la obsesión por la autoimagen. Este es el verdadero nuevo poder.

Como dijera Christopher Lasch: “Vivimos el espejo del otro” y es, entonces, obligación asistir al eterno presente y rezar un rosario de frases de autoayuda para percibirnos más libres cuando en realidad somos sujetos fácilmente manipulables que confundimos la libertad con la prosperidad y no, no nos importa. Somos una sociedad a la que se le aprietan las tuercas, desde lo más tribal, incluso desde lo más ingenuo, con el alicate de la supremacía del yo, y desde ahí nos hemos transformado, sin siquiera comprenderlo, en individuos dependientes, necesitados de aprobación, ansiosos y fácilmente manipulables. Vivimos en un tiempo en el que el control se ejecuta desde una sociedad narcisista que se erige reina en el pilar de su “cultura digital”. Este es el nuevo y verdadero control social: no se impone desde la censura, sino desde el placer, y si para algo está increíblemente diseñado nuestro cerebro sin, incluso, esfuerzo, es para eso. Ya no nos interesa saber si algo, de facto, no es verdad. El ideal es no aburrirse porque el aburrimiento es la madre de la creatividad y pensar puede hacerte paria en un mundo masificado cuyo castigo es ser funado. La introspección fue reemplazada por el performance y el silencio es visto como un fracaso personal. Hoy la identidad es una cuestión de estadística: likes, vistas, seguidores. Somos un dato y eso es lo que nos da valor y como sabemos, el valor es mercancía. Así hemos ido trastocando todo. La emoción debe venderse como una experiencia y el conocimiento para sobrevivir tuvo que convertirse en espectáculo; a nadie le interesa ser sabio, si acaso, relevante.

Estamos asediados por la velocidad, la simplificación y la reacción automática en un escenario en el que no hay consecuencias y en que los niños tocan primero una pantalla antes que el mundo que los rodea.

El poder actual no oprime desde la prohibición; oprime desde la igualdad forzada. Nos vuelve más distantes, más tribales, más reaccionarios. La estandarización nos controla desde la promesa rota de un mundo tecnologizado que iba a expandirnos y que, al final, terminó por reducirnos.

Para una mujer de la generación X, como yo, que intenta sacar la cabeza y respirar, me resulta evidente que nos acortaron las posibilidades, nos robaron la capacidad de ver, escuchar y sentir con voz propia. Nos robaron, sobre todo, la individuación. La imagen sustituyó al ser y evitamos tanto la vida que usamos armadura para subir a los árboles por miedo a un raspón. Ya no discutimos, porque discutir dejó de significar conversar, incluso con intensidad, pero con respeto, para llegar a una reflexión, por miedo a incomodar o a ser juzgados. No dudamos por temor a equivocarnos en público y, en una sociedad supuestamente incluyente, terminar siendo un meme. En nombre del cuidado nos volvimos hipervigilantes. La fragilidad emocional dejó de ser una condición humana para convertirse en dogma cultural. Cualquier fricción es violencia. Cualquier desacuerdo es ataque. Cualquier idea que no abrace el del lado es sospechosa… Y ahí está, que una sociedad cómoda no se rebela, una sociedad distraída no cuestiona, una sociedad infantilizada no necesita ser reprimida. Por eso estorban el conocimiento y la independencia, porque no caben en un formato breve. Así se canceló el pensamiento sin necesidad de prohibirlo y, tal vez, solo por esto, resulta imperativo volver a pensar por cuenta propia, a opinar desde la experiencia personal y no desde el guion colectivo, a mirar más allá de la máquina de humo, aunque eso implique quedarse solo un rato, estar solo también está bien. Hay que volver a usar el cerebro y el sentido común, ese séptimo sentido olvidado por falta de uso.

Nací en el 73, sin manual, sin tutorial emocional, sin una narrativa única que explicara el mundo, dentro de una familia disfuncional y violenta; me dediqué a labrar mi camino, a aprender de mis dolores y de cada experiencia, aquí estoy. Soy de una generación que aprendió que la vida está llena de contradicciones, que sospecha de las verdades absolutas y que creció entendiendo que pensar duele, pero embrutece más obedecer. No éramos mejores; éramos menos domesticables.

Esta columna no es un llamado a regresar a lo que teníamos. No hay pasado ideal al que volver. Es mi deseo para 2026 que en este tiempo sea posible comenzar a reconstruir sobre lo construido, incluso sobre lo incómodo. Lo vivido en los últimos años nos transformó, ¿en qué? No sé, pero negarlo es una tontería. Dejar que nos venza la polarización mental, emocional, cognitiva y la pereza, sería imperdonable. El pensamiento muere cuando creemos que la verdad existe, únicamente, cuando el otro piensa igual a mí. No necesitamos estar de acuerdo. Necesitamos volver a disentir sin destruir, volver a sostener ideas sin convertirlas en identidad, volver a tener criterio, fortaleza, a ser intuitivos y reflexivos, a tener capacidad de soportar el desacuerdo sin desmoronarnos, a escuchar sin cancelarse, a pensar sin pedir permiso.

Ojalá estos doce meses lleguen con menos show, con más conciencia y más acción, que la vida está en el hacer, no en internet, y con una sociedad realmente empoderada no por consignas, sino por lógica, capaz de revisarse, incomodarse y volver a ver. Que el músculo social despierte, que pensar de manera independiente deje de ser sospechoso, que la diferencia vuelva a ser un valor y no una amenaza porque no vinimos a encajar, vinimos a pensar, a sentir y que, por favor, haya menos modas como la de los Labubus.