OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

Contra la barbarie

¿Son los delincuentes sorprendidos en flagrancia, los inmigrantes ilegales, los narcos que navegan en alta mar, titulares de derechos humanos?
17 de febrero de 2026, 10:00 a. m.

La respuesta afirmativa ha dejado de ser obvia, y por eso escribo con angustia esta columna. Cuando hablo de derechos humanos no me refiero a todos ellos, sino a los más elementales: el derecho a la vida, que la de todos y cualquiera es sagrada; a la integridad personal que proscribe la tortura; al debido proceso que deriva de la presunción de inocencia; a la dignidad, que prohíbe la discriminación y los tratos crueles o denigrantes.

Los derechos humanos, que provienen de una larga tradición de origen cristiano, fueron recogidos en la Declaración de los Derechos del Hombre promulgada en Francia en 1789. Aparecen en la Constitución de Estados de América, la primera en el mundo de estirpe democrática. Fueron plasmados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano suscrita en 1948 en el seno de Naciones Unidas y en muchos tratados multilaterales. Esas mismas reglas, de elevada jerarquía moral, hacen parte de nuestra Constitución y de todas las que hemos tenido desde la Independencia.

En la lucha contra el crimen y la impunidad crecientes —que derivan de la irresponsable “Paz Total”— se nos dice que no es preciso capturar a los delincuentes sorprendidos en flagrancia, o alcanzados cuando huyen del sitio del crimen. Torturarlos para que confiesen, mandarlos a las cárceles sin intervención judicial o simplemente darlos de baja son maneras eficientes y legítimas de resolver el problema. Estos exabruptos no han suscitado escándalo, lo que es gravísimo.

Tal actitud, que se percibe en las élites, se ha extendido hacia otros sectores sociales. Ha sucedido que grupos de vecinos se junten para matar a golpes a un presunto delincuente. La desconfianza en las autoridades es creciente, hacer “justicia por la propia mano” está dejando de generar repugnancia moral. Ante la impotencia de los empresarios del campo, es factible el resurgimiento de grupos armados de carácter privado que brinden “protección”. Sería la nueva fase de una historia de horror que ya vivimos: cuando los “protectores” se convierten en victimarios o convierten a sus víctimas en cómplices.

Un clima de opinión de tal modo turbio es coherente con eventos de barbarie ocurridos en el exterior. En los Estados Unidos se adelantan redadas masivas contra la población latina y caribeña bajo la hipótesis —no siempre correcta— de que son inmigrantes ilegales. El problema no es que se les deporte, una decisión legal, así sea, en muchos casos, una pésima política migratoria. Lo censurable es que se los capture usando medios que implican violencia excesiva, a que se haya asesinado a personas indefensas y a que niños pequeños sean separados de sus padres y abandonados a su suerte. ¡Esto ocurre en la nación cuna de la democracia moderna!

Los cuerpos paramilitares que el gobierno federal ha organizado para realizar la hazaña de expulsar a muchas personas de bien de su territorio parten de una premisa infame: que su ilegalidad migratoria los convierte automáticamente en peligrosos delincuentes. Como es fácil detectar por sus características físicas a muchos “latinos”, las batidas masivas que se adelantan tienen claras connotaciones racistas. Los vejámenes que sufrieron durante tantos años los negros en su propio país ahora los padece tambien nuestra gente.

Indignan los ataques en alta mar contra lanchas rápidas sin tener certeza de que sus tripulantes transportan drogas. Y aún si ella existiere, es incuestionable la capacidad de Estados Unidos para detenerlos con vida y entregarlos a la justicia. Que estas cosas ocurran en un país de acendrados valores cívicos y cristianos es inaudito. La reacción contra estos atropellos ha dado lugar a las protestas masivas ocurridas en Minnesota, a que otros Estados de la Unión expresen solidaridad con el agredido y a que en un concierto reciente un artista latino expresara -haciendo eco a millones de personas- el rechazo a las ideologías racistas. Trump ha tenido que recular. ¡En las democracias, la presión cívica y política a veces funciona!

En El Salvador, Nayib Bukele fue elegido presidente en 2019 en elecciones competitivas y con una plataforma centrada en la seguridad ciudadana. Su política contra las pandillas que han asolado al país durante décadas ha tenido un éxito extraordinario, Se ha pasado de más de 100 homicidios por cada 100 mil habitantes por año, antes de que asumiera como presidente, a menos de dos en 2024, cuando fue reelegido con el 85 % de los votos.

Esta es la cara bonita de la moneda; la otra no lo es. Su reelección de 2024 fue posible gracias a una “reinterpretación de la Constitución” realizada por una Sala Constitucional integrada por magistrados afines al presidente. La Constitución salvadoreña prohibía la reelección inmediata, pero la Sala cambió ese entendimiento por “arte de birlibirloque”. En 2025, la Asamblea Legislativa —dominada por su propio partido— aprobó reformas constitucionales que permiten la reelección indefinida y amplían el mandato presidencial. Como ha sucedido en otros países, se ha migrado de la democracia al populismo.

Según Human Rights Watch, el país se mantiene bajo “Estado de Excepción” desde 2022, el Parlamento no funciona y la oposición carece de espacios para actuar. El poder Judicial ha sido cooptado. En las cárceles construidas por Bukele se encuentran detenidas más de 70 mil personas sin garantías procesales, son frecuentes los malos tratos y las desapariciones forzadas. De qué manera se humilla a los detenidos lo hemos visto en televisión.

Abelardo de la Espriella ha dicho: Me gusta Bukele, me gusta Bukele, pero Bukele sería un boy scout al lado mío. Muy, pero muy blandito para mí”. (Revista Semana, sep. 19/23). ¿Sigue siendo esa la posición del candidato?, ¿no les preocupan estas posiciones extremistas a sus simpatizantes?

No caigamos en falsas dicotomías. Necesitamos un Estado enérgico que recupera la seguridad respetando los derechos humanos. Estamos del lado de la civilidad. No de la barbarie.

Epígrafe. Héctor Abad Gómez, un eminente médico salubrista a quien mucho quise, pagó con la vida su compromiso con los Derechos Humanos. Para rendirle homenaje cito sus palabras: “El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarios el conocimiento, la sabiduría y la bondad para enseñar a otros hombres”.