OPINIÓN

David Ghitis

Cuando decimos “con los niños no se metan”…

La verdadera defensa de la infancia no consiste en blindarla de la diversidad, sino en prepararla para convivir con ella.
16 de marzo de 2026, 11:07 a. m.

Cuando un niño juega juegos “de niño” o una niña viste ropa “de niña”, lo que hacemos —sin darnos cuenta— es reforzar su identidad. Le damos señales que encajan con lo que siente y con lo que el mundo espera de él o de ella. Y cuando ese niño o esa niña se siente cómodo ahí, todo fluye: el entorno coincide con su interior.

Pero ¿qué pasa con el que no se siente bien en ese molde?

¿Qué pasa con la niña que no encaja en los planes que la familia ya tenía para ella?

¿Qué pasa con el menor que intenta cumplir las expectativas, pero por dentro siente que algo no cuadra?

A esos niños no les estamos reforzando la identidad: se la estamos negando. Les estamos diciendo —sin decirlo— que lo que sienten está mal, que lo que les gusta no corresponde, que su forma de ser es un error que deben corregir. Y ahí empieza el conflicto interno, el silencio, la vergüenza, el miedo a decepcionar, el esfuerzo por encajar en un traje que les queda pequeño o les aprieta el alma.

Cuando repetimos la frase “con los niños no te metas”, solemos pensar en una escena muy específica: un niño que juega fútbol, una niña que juega con muñecas, una infancia ordenada según moldes que tranquilizan a los adultos. Pero ¿qué pasa con los otros niños? ¿Los que sienten cosas que no saben nombrar porque todavía no tienen lenguaje, pero sí emociones? ¿Los que descubren que les gustan actividades que la sociedad insiste en clasificar como “de niño” o “de niña”? ¿Ellos también están incluidos en esa supuesta protección?

Porque en los colegios —y todos lo sabemos— hay menores que cargan un peso que no pidieron: el niño delicado al que llaman “amanerado”, la niña fuerte a la que tachan de “marimacha”. Son niños y niñas que aún no entienden su identidad, pero sí sienten la violencia de un entorno que les dice que algo en ellos está mal. Y esa violencia no viene de su naturaleza, sino de nuestra incapacidad de aceptar que la diversidad humana empieza mucho antes de la adultez.

A esto se suma algo muy humano: hay personas que, cuando se habla de estos temas, sienten una especie de “campana de alerta”. Y eso no es criticable; todos tenemos sensibilidades y temores. Pero esa alarma necesita calibrarse, porque al sonar tan fuerte y hacerles levantar un cerco protector, termina dejando por fuera justamente a los niños que más lo necesitan: los que no encajan en el modelo que algunos adultos han construido en su cabeza.

En Colombia los casos abundan, y el Proyecto de Acuerdo 399 de 2024, que buscaba actualizar la Política Pública Distrital LGBTIQ+, no pretendía “homosexualizar” a nadie. Su propósito era proteger a esos menores que la sociedad prefiere ignorar: los que sufren matoneo por ser diferentes, los que viven lo que vivió Sergio Urrego y tantos otros jóvenes cuya historia terminó en tragedia porque el entorno escolar no supo —o no quiso— protegerlos. El proyecto no llevaba el nombre de ninguna víctima, pero su espíritu estaba marcado por esas vidas que pudieron haberse salvado.

Según reportes de la Personería de Bogotá y organizaciones como Colombia Diversa, un porcentaje significativo de los casos de bullying escolar en la ciudad involucran orientación sexual o identidad de género. Muchos de esos episodios terminan en abandono escolar, depresión profunda o situaciones aún peores. No estamos hablando de exageraciones ni de agendas ocultas: estamos hablando de niños reales, en colegios reales, viviendo violencias reales.

Entiendo el miedo de algunos padres a que se “confunda” a los niños o se les imponga una agenda, pero educar en diversidad no es adoctrinar, es enseñar empatía y respeto por lo que ya existe en el mundo real. La diversidad no aparece porque se nombre: aparece porque existe, porque siempre ha existido y porque ignorarla solo deja a los más vulnerables sin protección. Y algo fundamental: la diversidad no va a desaparecer solo porque algunos prefieran no hablar de ella.

La idea de que “los gays son producto de la sociedad” es una fantasía conveniente para quienes prefieren no mirar de frente la realidad. La evidencia, la experiencia y la vida cotidiana muestran lo contrario: desde muy pequeños, muchos niños sienten distinto. No lo eligen, no lo aprenden, no lo imitan. Simplemente son. Y lo que necesitan no es silencio, ni miedo, ni discursos alarmistas sobre “ideologías”, sino algo mucho más básico: tolerancia.

Educar en tolerancia no es “convertir” a nadie. Decirle a un niño que existen personas que sienten diferente no lo transforma en nada. Lo que sí transforma —y para mal— es el bullying, la burla, el rechazo, el aislamiento. Eso sí marca. Eso sí deja cicatrices. Eso sí puede destruir una infancia.

Cuando decimos “con los niños no te metas”, deberíamos preguntarnos si estamos protegiendo a todos los niños o solo a los que encajan en nuestras expectativas. Porque proteger no es imponer un molde; proteger es garantizar que cada niño pueda crecer sin miedo a ser quien es, incluso cuando todavía no sabe explicarlo.

La verdadera defensa de la infancia no consiste en blindarla de la diversidad, sino en prepararla para convivir con ella. Y eso empieza por reconocer algo elemental: los niños diferentes también son niños. Y merecen exactamente lo mismo que los demás: respeto, cuidado y un entorno en el que no tengan que esconderse para sobrevivir.

Y a quienes discriminan al niño por ser distinto, a quienes lo señalan, lo ridiculizan o lo empujan al silencio, solo puedo decirles algo: con los niños no se metan.