Algo similar ocurre con el tema de las civilizaciones. En toda —en toda— la historia universal, así se hable de la egipcia o la sumeria o la griega, etcétera, solo han existido, en estricto sentido, dos civilizaciones: la agrícola y la industrial. Y cada una ha sido detonada por un pequeñísimo elemento. La primera, iniciada por una humilde semilla sembrada, y la segunda, por la modesta máquina de vapor. Y la nueva, la tercera, la que nos está avanzando ahora, la de la inteligencia, fue impulsada por el microchip, elemento de proporciones menores a una uña o como un grano de arroz.
La sencilla semilla, sembrada hace 10.000 años, trajo la civilización agrícola y sirvió para que los humanos cambiaran su cosmovisión y elevaran el concepto que tenían de ellos mismos. A diferencia del cazador-recolector, ya no estarían inermes, pendientes de la floración y de los frutos, sino que advirtieron que podían manejar lo viviente, multiplicar las plantas y domesticar los animales. Su relación con el mundo se modificó.
Vinieron las aldeas, los excedentes en la producción y el comercio. La propiedad privada: quien coseche el suelo será dueño del producto y de la tierra. El tiempo cíclico, medido de acuerdo con las etapas de siembra y recolección. El aumento de la población, la necesidad de una autoridad y las ciudades-estado; hombres armados, incipientes ejércitos, para defender plantaciones, cosechas y almacenes. Y algo muy importante: nació la escritura, como los signos requeridos para llevar la contabilidad de las entradas y las salidas de lo diverso cosechado. Así surgió la burocracia, que ronda y escribe.
Toda llamada civilización fue viviendo bajo esos mismos parámetros hasta el año 1780, cuando el ingeniero James Watt mejoró sustancialmente la máquina de vapor y con ella llegó la revolución industrial. Una nueva civilización. Nueva cosmovisión: El hombre se dio cuenta de que, de las energías humana y animal, pasaba a la de la materia, mejor, más barata y la cual podía manejar y multiplicar.
De producir en los hogares, los telares pasaron a concentrarse en las fábricas y los trabajadores también. Y la explotación a los proletarios. Fue el capitalismo ampliado, con todos sus logros y con todos sus atropellos. De allí Marx y sus revoluciones. De la leña al carbón, el poder económico ya no se basaba en la posesión de la tierra, sino en la industria. El tiempo ya no se juzgaba cíclico, repetitivo e independiente, sino que se consideraba manejable, organizado por horas, las de entrada y de salida y por turnos; y se remuneraba de acuerdo con lo que de su tiempo entregase el trabajador. “Time is money”. Nace la idea del progreso, que pone a la gente a extasiarse con dos vocablos: más y mejor. Igual se coloca a los gobiernos a trabajar de acuerdo con esos criterios. Es la civilización que hemos conocido, la que está expirando, y la que ya le cede terreno a la próxima, la de la inteligencia.
Esta nace del microchip. El 12 de septiembre de 1958, el ingeniero de Texas Instruments, de nombre Jack Kilby, construyó el primero, tan pequeño pero conteniendo transistores, resistencias y conexiones, que antes estaban unidos por cables. De allí siguieron los celulares, las computadoras personales, internet y los satélites.
Pero, sobre todo, surgieron los que considero los cuatro pilares del nacimiento de una civilización esencialmente diferente a la actual.
Uno. La inteligencia artificial, que revolucionará, no sabemos hasta dónde, el proceso cognitivo. El nuestro y el de ella. Dos. La biotecnología, con la manipulación genética y la posibilidad de crear un ser humano en esencia diferente al actual. Tres. La fusión nuclear, con los átomos, como lo hace el sol, generando energía sumamente abundante, limpia, con los años barata, basada en el recurso del agua del mar. Cuatro. La robótica. Elon Musk prevé próximamente un número de ellos mayor que el de los humanos. Más de 8.000 millones realizando todos los trabajos. Algunos opinan que la humanidad se dividirá en dos clases: los dueños de los robots productivos y los proletarios dueños solo de los caseros.
Esto último así no funcionará, porque, si nadie tiene que trabajar, ¿a quién le venderán sus productos los dueños de los robots productivos? El temor que me genera esto es que el Estado, es decir, el gobierno, ante el problema, se apropie de todos estos robots, y por tanto de todos los bienes y servicios, y del consiguiente dinero, y nos reparta a cada uno de nosotros, los que seremos sus jubilados, cualquier monto de pensión que a tal gobierno le apetezca.
Sería la dictadura completa, dispensadora, interminable, intocable; la dueña y repartidora de todo lo existente. ¿Una nueva civilización con abundancia pero sin democracia?
