Quedaron conformados los equipos para la próxima contienda electoral. La extrema izquierda, que Iván Cepeda representa, eligió a una mujer indígena con muchos cuestionamientos dentro de su comunidad, pero eso da para otra columna con toda la investigación y los hechos. Paloma Valencia, por su parte, decidió, en una gran muestra de madurez y sensatez política, escoger a Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial. Igualmente, el candidato de derecha, no extrema como sí lo es Cepeda, y eso es algo para trabajar en estos dos meses, Abelardo de la Espriella se decidió por el exministro de Hacienda y de Comercio José Manuel Restrepo, un hombre serio, probo y que envía un mensaje de moderación.
Al final de este proceso, Cepeda se va con más de lo mismo. Mientras tanto, sus rivales hacen apuestas para atraer sectores políticos distintos, que amplíen el espectro electoral del candidato, en particular la decisión de Paloma con Oviedo.
Sin embargo, un gran resultado de las elecciones del pasado domingo que no podemos pasar por alto fue la Gran Consulta, que se está convirtiendo en un referente político de cómo hacer bien las cosas para unir sectores políticos diversos. Es más, hemos visto en vivo y en directo, desde el mismo domingo en la noche, cómo el manejo tanto de Paloma como de los otros candidatos muestra un nivel de seriedad política que hace rato no veíamos.
Ojalá, después de este proceso electoral, esa Gran Consulta se convierta en el futuro en un acuerdo permanente entre distintas vertientes políticas. Obviamente, habría que incluir a liberales, conservadores, Cambio Radical, Verdes, Fajardo e incluso a Claudia López –aunque esta última ya sabemos que va para donde Cepeda–. ¿Para qué? Para que en elecciones futuras y frente a una izquierda cada vez más fuerte, que además quiere acabar la democracia, este espectro de centroizquierda a centroderecha tenga un solo candidato a la presidencia, a las alcaldías o a las gobernaciones, construya espacios de concertación política y finalmente obtenga buenos resultados electorales que hoy se pierden por esos egos y divisiones.
En Chile lo hicieron con gran éxito y debemos aprender de ese proceso. Durante la lucha política para poner fin a la dictadura de Augusto Pinochet, muchos partidos se unieron para trabajar unidos y ayudar a construir la democracia. Se unieron para derrotar a Pinochet en el plebiscito que lo obligó a salir y luego mantuvieron esa coalición de partidos de centroderecha e izquierda democrática por 20 años.
La base del acuerdo fue entre el Partido Demócrata Cristiano, de centroderecha, y el Partido Socialista, de izquierda. Otros, como el Partido Radical Socialdemócrata y el Partido por la Democracia, partidos menores, también formaron parte de ese exitoso experimento político. El resultado fue claro: la democracia en Chile se consolidó después de 17 años de dictadura.
Pero el éxito no fue solo electoral. La concertación chilena logró ganar cuatro elecciones seguidas con Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Los resultados de esos gobiernos fueron increíbles en materia económica, social y de estabilidad institucional. Además, se construyeron políticas de largo plazo con resultados innegables, pues parte del acuerdo de la Concertación eran programas de gobierno concertados, lo que facilitó durante esas dos décadas políticas que trascendían un solo Gobierno. Los números hablan por sí solos: crecimiento promedio del 5 por ciento anual y reducción de la pobreza del 40 al 15 por ciento en los 20 años de gobierno de la Concertación. Hoy, Chile es el país más desarrollado de la región y este consenso político que lo gobernó fue parte fundamental de ese gran éxito.
Claro, ahora hay que enfocarse en las elecciones presidenciales de mayo y de junio para evitar el desastre político y económico que sería la llegada de Cepeda al poder. Clave en estos dos meses que tanto Paloma y su campaña como Abelardo y la suya, imposible pedirles a los seguidores e incluso a algunos líderes lo mismo, no se ofendan ni rompan puentes, pues esta unión va a ser clave en la segunda vuelta, donde hay que consolidar el objetivo final que es uno: impedir que Cepeda gane.
Sin embargo, las presidenciales de mayo y de junio son apenas el inicio de una maratón de elecciones donde habrá que enfrentar a una izquierda radical, no la izquierda democrática que respeta las instituciones y la ley, y a la que no se le debe temer, que tiene el objetivo de acabar con la democracia y la libertad. De ahí que lo que pasó con la Gran Consulta y lo que está pasando en ese proceso de acuerdo y de unión sea un ejemplo a seguir, pues así como la Concertación en Chile se armó para construir y consolidar la democracia luego de la dictadura, en Colombia necesitamos algo similar para proteger nuestra democracia del autoritarismo populista que Petro y Cepeda representan.
Hay en Colombia un aire de renovación que refresca y que se vio esta semana en las reuniones de la Gran Consulta. La tarea apenas comienza, pero no olvidemos lo que en esta semana se construyó. Se va a necesitar en el futuro.
