Hay un lugar al que he llegado sin darme cuenta, después de muchos desvíos, muchas búsquedas y muchas versiones de mí misma que hoy puedo mirar con, sí, con ternura. Es un lugar espectacular, luminoso, sin aplausos ni frases motivacionales enmarcadas o instagrameables. Es un lugar bastante más sencillo, acogedor a su manera y, por eso mismo, más complejo de habitar, porque se desliga de todo el ruido exterior y me lleva a las profundidades de mi propio océano, que no siempre está en calma, pero donde el agua es tibia y las olas se mueven desde el vaivén de lo aprendido; un lugar donde puedo mirarme a los ojos y decir, sin drama y sin soberbia: soy suficiente.
¡Qué tortuoso es vivir desde el otro lado! ¡Cuánto tiempo he invertido, sin saberlo, en ocupar mis propios espacios! ¡Qué carrera veloz la que me he dado, desde que recuerdo, para parecerme a lo que creo ser! Pararse frente a mi sombra y reconocerla con gratitud es extremadamente doloroso, exigente y a la vez inmensamente valioso. Soy suficiente para mí, sí, y no lo digo porque piense o suponga que llegué a donde sea que hay que llegar. ¡Jum! Siempre tengo la buena sensación de que la eterna caminata es la que les da sentido a todas las perspectivas inmarcesibles que plantea la vida. Me siento suficiente no porque crea que ya entendí o porque me sienta iluminada, convertida en una versión prémium de mí. Lo digo porque hoy puedo abrazarme así: sintiéndome completa con lo que soy, incluso con mis vacíos extremos, con las dudas evidentes, que hacen parte del camino, con lo que sigue en el proceso, con lo que suele no tener nombre.
La sociedad y la cultura, en cambio, se toman su tiempo para enseñarnos todo lo contrario. Nos entrenan para sentir que siempre falta algo. Qué falta de juventud, qué falta de delgadez, qué falta de éxito, qué falta de pareja, qué falta de dinero, qué falta de serenidad, qué falta de propósito.
Nos enseñan, desde que llegamos a este mundo, incluso con amor, a convertirnos en seres necesitados. Necesitados de validación, de pertenencia, de moldes, de instrucciones externas, y es así como aprendemos a vivir como proyectos eternamente incompletos. De ahí que este “Soy suficiente” no naciera de la abundancia, sino de la búsqueda. De años de no sentirme suficiente ni para mí, ni para la sociedad, para la vida, para nada o para nadie. De días, meses, de intentar llenar vacíos con versiones que cumplían con éxito uno y mil roles sociales y con la necesidad siempre latente del amor-aprobación de los demás… Cabe anotar que esta reflexión que ahora escribo la hago mientras conduzco por las calles de una soleada Bogotá tras las fiestas decembrinas; mientras pienso en todas las mujeres que he sido por dentro, pero sobre todo por fuera. Quien me ve por estos días y me recuerda en los noventa sabe que en esencia sigo ahí, pero que en efecto hay una Margarita que ha trasegado desde adentro explicándose por fuera como quien irrumpe en un mundo nuevo con cada estación, con cada década, con cada lección y ahora que puedo ver desde la distancia, sagrada distancia, observo con enorme regocijo los pasos que nutren mi saciedad actual, lo que he construido en mí, lo que soy, mi reino interior con errores, fortalezas, aciertos y sin condescendencia. He sido mi fragilidad, mi yo contra viento y marea, y así he posado y pasado en las fotos y en la memoria de los míos, de la mujer punk, teatral, llena de rabia y resistencia, a la hippie de batolas amplias, collares largos, exultante de ‘espiritualidad’ e incienso, o la mujer memoria del glam rock, inmersa en lo ochentero —divina década, por cierto—, el animal print, lo exagerado, la que recuerda cada riff de guitarra como un grito animal subyacente en los ovarios y, finalmente, a ese mix de todo aquello que hoy soy y que es, afuera como adentro, un continuo baile hacia todas las identidades, porque en lo etéreo se hace más sabio o más propio, como se quiera ver.
Cada una de esas etapas me ha dado material de consumo para surfear mis crecientes olas interiores con detalles estéticos y conocimientos increíbles, de nicho y de contracultura, como una singular forma de narrarme para, simplemente, ser lo más parecida a mí. Cada prenda ha sido parte de un idioma emocional, que agradezco y no olvido y al que regreso una y otra vez porque nunca he pertenecido a alguna moda que no sea la mía, que sobre todo no pretende, pero sí prefiere incomodar, antes que incomodarme, una pertenencia rebelde, un “no te pareces a lo que suponemos de ti”. ¡Grandioso!
No, nunca he jugado a disfrazarme, ni siquiera en Halloween, mi fecha favorita del año. Siempre es de verdad… Si miro hacia atrás, el juego ha consistido en tratar de entenderme, de comprender. De traducir hacia afuera lo que por dentro no tenía palabras y en esa traducción constante fui cambiando, fui creciendo, fui sembrando, fui transformando y transformándome, fui cosechando. Porque la vida no es una foto fija, sino un río. Un río al que llegan hojas, peces, rocas, remansos y saltos inesperados. Donde se fluye, se golpea, se calma y siempre se aprende a nadar distinto. Gracias, inmenso universo, por permitirme ser y no ser la misma de siempre. Hoy estoy en otro momento. Con menos rabia. Con menos vacío, con menos dolor. Con una paz interior que no me vuelve inmune al devenir del tiempo, pero que me permite guardar las cicatrices en un baúl, de donde solo las saco a necesidad para seguir aprendiendo y para verlas, aceptando lo que fue, tal y como siempre ha sido.
Hoy tengo la sensación plena de que me expreso desde un lugar más completo. Ya no para tapar, ni para gritar, ni para defenderme, sino para acompañarme. Me visto y me observo. Me observo y me siento. Me siento y me entiendo. De afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera. Un circuito honesto porque el universo no responde a lo que uno dice con la boca, responde al estado del corazón. No sirve decir en voz alta lo que por dentro se contradice. No sirve repetir consignas si el cuerpo sigue en guerra. Porque la calma es coherencia y la calma, por sí misma, no necesita demostrar nada, no vive desde la urgencia de encajar, ni desde el miedo a no ser suficiente. La calma llega cuando uno se autovalida y se habita sin violencia, incomodándose, que para eso es muy útil el amor propio, y que nadie nos lo cuenta. Cuando uno aprende a honrarse, honra el boleto de la vida y honra todo. Entonces todo empieza a acomodarse. No por magia, sino porque el mundo responde distinto cuando uno no se traiciona. Sentirme suficiente no me inmoviliza. Me pacifica. Me permite seguir caminando sin la ansiedad de demostrar, sin la necesidad de explicarme todo el tiempo. Me permite cambiar sin pedir permiso, con mis límites claros, porque puedo, porque se aprende todos los días. Me permite aceptar que sigo siendo proceso, no desde la carencia, sino desde la dignidad. Soy oscura, barroca, pop, también rococó, brillante; me quedé tres épocas en el gusto del tiempo, soy movimiento, mi palabra y mi expresión única, soy un collage, soy el tiempo que ha pasado con sus eneros de celebración entre una playlist y otra, en estos 53 años.
Quizá crecer sea eso: aprender a mirarse, respirar frente al espejo, sonreír un poco y decir, con calma y con humor interno: así, como soy, soy suficiente porque sí, soy el museo de todo lo que he amado.










