OPINIÓN

Wilson Vega

Degradación Z

Así que puede que la generación Z sea la primera víctima de un experimento social involuntario.
13 de febrero de 2026, 11:00 a. m.

Es difícil decirlo sin sonar alarmista: por primera vez, desde que existen registros sistematizados sobre el desarrollo cognitivo —a finales del siglo XIX—, una generación presenta indicadores de inteligencia más bajos que los de sus padres. La cohorte demográfica conocida como generación Z, a menudo llamados centennials o zoomers, presenta indicadores de inteligencia inferiores a los de sus predecesores, en un fenómeno que los expertos atribuyen a una alteración estructural en el procesamiento de información, vinculada directamente al uso de herramientas digitales en entornos educativos.

El doctor Jared Cooney Horvath, un educador, neurocientífico y autor de libros especializado en el aprendizaje humano y el desarrollo cerebral, encendió las alarmas al declarar, en un pódcast, que la tecnología en el aula podría socavar la capacidad de aprendizaje de los niños.

Según sus investigaciones, el cerebro de los nacidos entre 1997 y principios de la década de 2010 muestra un deterioro medible en áreas críticas: atención sostenida, memoria de trabajo, habilidades matemáticas y competencia lectora. La transición del aprendizaje analógico al digital, lejos de potenciar la agilidad mental, ha generado un déficit en la consolidación de las redes neuronales responsables del pensamiento profundo y la resolución de problemas complejos.

La base técnica de este declive reside, dice el investigador, en la externalización de funciones cerebrales hacia dispositivos externos. Cuando el sistema educativo integra tabletas y ordenadores como sustitutos de los procesos de memoria y cálculo manual, el cerebro humano optimiza recursos mediante la poda sináptica o la falta de fortalecimiento de ciertas rutas eléctricas.

Es un fenómeno análogo a lo que pasó con la llegada de Facebook y los celulares, que hicieron innecesario recordar cumpleaños y números de teléfono que antes había que memorizar. Bajo la misma lógica, si un estudiante no requiere almacenar datos porque están disponibles a un clic, el hipocampo no ejercita la retención a largo plazo.

Los datos indican que las puntuaciones en pruebas de lógica y resolución de conflictos han caído de manera proporcional al aumento de horas de exposición a pantallas durante la etapa formativa.

Las pruebas de competencia lectora apuntan a otro problema. Aunque los jóvenes de hoy logran procesar grandes volúmenes de texto, su capacidad para inferir significados, detectar matices o seguir argumentos complejos es notablemente inferior a la de la generación X o los baby boomers a su misma edad.

En el ámbito de las matemáticas, la dependencia de calculadoras y hojas de cálculo erosionó el sentido numérico. Aquí el problema no es la operación en sí, sino la poca comprensión de los principios subyacentes a los algoritmos matemáticos, que se pierde en favor de la obtención inmediata del resultado.

Desde una perspectiva de mercado, este retroceso cognitivo plantea desafíos para las empresas que buscan talento capaz de gestionar la innovación. La inteligencia no es solo la acumulación de información, sino la habilidad para procesarla y transformarla bajo presión, así que, si la nueva fuerza laboral presenta deficiencias en la memoria de trabajo y la atención, la productividad técnica se ve comprometida. Las organizaciones enfrentan entonces el reto de integrar a una generación que posee altas —altísimas— capacidades de manejo de herramientas, pero una menor profundidad analítica.

Por extensión, toma forma una amenaza clara a la calidad del ejercicio democrático, porque eso plantea el temor de que un electorado desprovisto de capacidades de análisis y crítica pueda ser influenciado de manera predecible mediante eslóganes llamativos, memes y videos de TikTok.

Para comprender la magnitud de este cambio, es necesario recordar el efecto Flynn. Esta teoría, documentada en los años 80 por James Flynn, demostró que el cociente intelectual aumentó de forma constante durante el siglo XX. El autor postuló que eso se debe a que los entornos sociales y tecnológicos se volvieron más complejos, no necesariamente al surgimiento de una generación más inteligente. Bajo esa lógica, el declive actual no sería una involución biológica, sino una nueva respuesta adaptativa, esta vez a un entorno digital que prioriza la gratificación instantánea y la facilidad técnica.

El error radica en creer que la tecnología facilita el aprendizaje por el simple hecho de hacer que la información resulte más accesible. La evidencia científica demuestra que el aprendizaje real requiere dificultad, repetición y esfuerzo. Al eliminar estas barreras en la educación primaria y secundaria, el sistema educativo tradicional priva a los estudiantes de los estímulos necesarios para alcanzar su máximo potencial.

No se trata de promover un oscurantismo tecnológico. Intentar villanizar hoy a las tabletas sería tan absurdo como el temor que alguna vez inspiraron las calculadoras. De hecho, investigaciones sugieren que el uso activo de tecnología, como en ciertos videojuegos, puede mejorar el control de impulsos y la memoria de trabajo. La diferencia crítica reside en la intención: si ChatGPT puede hacer la tarea por los estudiantes, es hora de concluir que es la tarea equivocada.

Así que puede que la generación Z sea la primera víctima de un experimento social involuntario. Pero dado que el mundo que habitarán es —no hay cómo negarlo— un mundo digital, la solución no puede ser el oscurantismo tecnológico. Una política educativa que priorice el desarrollo de capacidades internas sobre el dominio de interfaces externas es, sin duda, una buena idea, pero a la par que recuperamos métodos de enseñanza que exijan el uso de la memoria, la escritura manual y el análisis de textos extensos en papel, no deberíamos permitirnos caer en la torpeza de cerrar los ojos a la ola de avances tecnológicos que rompe en nuestras costas.

Cuando una nueva y más poderosa generación de recursos de inteligencia artificial (IA) se tome el trabajo, el comercio y, sí, la educación, el éxito dependerá, justamente, de las habilidades mentales —comprensión de lectura, resolución de problemas, capacidad analítica, memoria, matemáticas y atención— para guiar su funcionamiento. La educación debería enfocarse, entonces, en desarrollar las habilidades mentales para guiar el funcionamiento de la técnica, y no simplemente las capacidades individuales para adaptarse a la conveniencia de las herramientas de turno.