OPINIÓN

Luis Carlos Vélez

Ecuador: buen vecino

Colombia debe ser consciente de que, pese a nuestra mayor dimensión económica, la estabilidad y la seguridad en la frontera con Ecuador son intereses nacionales.
14 de febrero de 2026, 6:11 a. m.

No hay mejor bendición que un buen vecino. No hay peor maldición que un buen vecino. Ecuador ha estado en los dos lados de esta oración y ahora, con el presidente Noboa, es momento de aprovechar el cambio de inquilino. Me explico.

La relación entre Colombia y Ecuador no es una más en el mapa sudamericano: es, para Colombia, una relación determinante. No solo por la vecindad geográfica –que impone interdependencias inevitables en seguridad, comercio y movilidad humana– sino por una afinidad histórica y cultural que ha unido a nuestras gentes, costumbres y proyectos sociales durante generaciones. Somos dos pueblos con muchas similitudes en el lenguaje, en la manera de ver la vida rural y urbana, en tradiciones y en redes familiares transfronterizas. Eso, en sí mismo, hace que cualquier tensión bilateral tenga efectos inmediatos y profundos para ambos.

A lo largo de las últimas décadas, Ecuador y Colombia han sido aliados indispensables en la lucha contra el narcotráfico y en la búsqueda de estabilidad regional. Pese a los altibajos políticos que ambas naciones han vivido –y que a menudo han ido en direcciones opuestas–, cuando ha habido voluntad de cooperación, la alianza ha producido resultados concretos: intercambio de información, acciones coordinadas en la frontera y apoyos mutuos en momentos de crisis. Es pertinente subrayar un patrón inquietante: muchas veces Ecuador ha adelantado tendencias políticas regionales, y Colombia, en distintos momentos, ha seguido o ejercido la suya propia. Cuando una orilla avanzó hacia el llamado socialismo del siglo XXI, la otra mantuvo posiciones democráticas; y cuando Ecuador regresó a una visión más pragmática y responsable bajo líderes como el actual presidente, Colombia dio, a su vez, giros que lo acercaron a esa otra ola política. Esa dinámica de “adelantar y seguir” merece atención: no es solo anécdota, es síntoma de cómo nuestras democracias dialogan y se influyen mutuamente.

Hoy, sin embargo, vivimos un punto de tensión. Ecuador decidió imponer medidas económicas contra Colombia por lo que considera una insuficiente cooperación en la lucha antinarcóticos. Esa decisión hay que entenderla en contexto: Ecuador ha sentido, en distintos momentos recientes, la presión del crimen organizado en su territorio y la sensación de que actores extranjeros –incluyendo redes de narcotráfico con base o tránsito desde Colombia– le generan costos elevados. Desde que el exmandatario Rafael Correa expulsó a las fuerzas de monitoreo internacionales –un episodio que facilitó maniobras del narcotráfico, según muchos analistas–, Ecuador ha intentado recomponer su estrategia y exigir más compromiso de sus vecinos. En ese reclamo, el espejo que Ecuador observa es, en parte, la manera como Estados Unidos ha buscado presionar a países de la región para obtener mayor cooperación en la lucha contra las drogas.

No es menor recordar que, en términos económicos, la relación comercial es muy favorable para Colombia: nuestra economía es aproximadamente cuatro veces la de Ecuador, y aun así ese país presenta con Colombia el peor déficit comercial que tiene con una nación: alrededor de 1.100 millones de dólares en negativo. Dicho de otro modo, Ecuador es uno de los destinos más importantes para las exportaciones colombianas –después de Estados Unidos, el segundo destino– y, además, proporciona márgenes valiosos para nuestra industria. Que un “mejor cliente” se sienta maltratado o mal atendido por motivos de seguridad y cooperación coloca en riesgo no solo intereses diplomáticos, sino también sectores productivos y empleos.

¿Qué es lo que Ecuador demanda en esencia? Medidas concretas para eliminar cultivos ilícitos que prosperan en la franja fronteriza; mayor acción contra los grupos criminales que operan en y desde la frontera; y una colaboración más efectiva en la repatriación y judicialización de delincuentes que hoy ocupan cárceles en territorio ecuatoriano. En la práctica, eso implica acción estatal colombiana más decidida en erradicación, sustitución y control territorial, así como mayor coordinación operativa y de inteligencia con Quito. No es un capricho: es la agenda mínima que un vecino afectado por la inseguridad suele pedir.

Conviene también recordar que Colombia guarda importantes deudas –no solo morales– con Ecuador. Durante el gobierno de Iván Duque, por ejemplo, Ecuador suministró energía crítica para evitar apagones que habrían afectado a regiones colombianas. Además, gran parte de la violencia desatada en el país vecino ha estado protagonizada por actores con participación colombiana, y muchos de esos delincuentes se encuentran en cárceles ecuatorianas sin que se haya avanzado en repatriaciones que corresponderían por razones legales y de control. Reconocer esos hechos no es buscar excusas: es entender que la relación es compleja, asimétrica en algunos frentes y llena de obligaciones mutuas.

Ecuador ha sido, y puede seguir siendo, un buen vecino. Pero la reciprocidad debe funcionar en ambos sentidos. Si para Colombia el mercado ecuatoriano es estratégico y un vínculo económico de primer nivel, para Ecuador la seguridad en su frontera es una prioridad vital. Tratar a un aliado con indiferencia o con respuestas tibias en momentos críticos puede convertir un socio estratégico en un actor que recurra a medidas económicas y diplomáticas para defender sus intereses.

La salida prudente y responsable pasa por reactivar los canales de diálogo de alto nivel, establecer metas verificables de cooperación en la frontera y, sobre todo, diseñar estrategias conjuntas que combinen desarrollo rural, sustitución de cultivos ilícitos, fortalecimiento institucional y operativos coordinados contra las redes criminales. La política binacional no puede reducirse a gestos unilaterales ni a titulares de confrontación: requiere arquitectura permanente de colaboración.

Colombia debe ser consciente de que, pese a nuestra mayor dimensión económica, la estabilidad y la seguridad en la frontera con Ecuador son intereses nacionales. No solo por el comercio y los empleos que están en juego, sino porque la convivencia pacífica y la colaboración efectiva con Ecuador fortalecen nuestra posición regional y contribuyen a la estabilidad interna. Cuidar a Ecuador como amigo es, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Ecuador es buen vecino; no debemos convertirnos ahora en el borracho del barrio.

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