OPINIÓN

Salud Hernández-Mora

El absurdo de las candidaturas inviables

Lo que carece de sentido es que despilfarren la plata del Estado por puro capricho o por inconfesables intereses personales.
14 de marzo de 2026, 4:05 a. m.

Se volvió negocio. O entretenimiento. O una manera de recuperar el espacio perdido e impulsar un nombre, o buscar un nombramiento con el ganador más asequible. O un desmedido afán por conseguir su cuarto de hora en medios de comunicación nacionales.

De otra manera no se entiende la persistencia de una serie de aspirantes al Palacio de Nariño por seguir adelante cuando ellos y todo el mundo saben que no los votan ni en su edificio. Por muchas firmas que en su momento entregaron a la Registraduría, deberían presentar su candidatura ante sus vecinos para presidir el consejo de administración de su edificio y, de pronto, los eligen y hasta consiguen figurar en algún sitio como “presidente”.

Lo que carece de sentido es que despilfarren la plata del Estado por puro capricho o por inconfesables intereses personales.

Hizo bien Maurice Armitage en retirar su postulación. Mejor dedicar sus jornadas a seguir al frente de sus empresas, donde ha triunfado, que insistir con una aspiración sin sentido alguno.

También Juan Fernando Cristo, que parecía empeñado en volver a botar a la caneca ingentes fondos estatales, como en 2017, se hace a un lado para vender al comunista Iván Cepeda, cada día más radicalizado, el escuálido respaldo de una supuesta red política nacional.

Supongo que el Pacto Histórico recibirá con los brazos abiertos a un santista y samperista de vieja data. Luego Cristo querrá una embajada o algo que le ayude a seguir ordeñando la vaca estatal.

También tendría que dejar la pendejada y no dilapidar más dinero público el camaleón Roy Barreras, que el 8 de marzo obtuvo una votación escuálida que no le hace ni cosquillas a Cepeda.

No le alcanzó el billete para engrasar su vetusta maquinaria y no podrá alimentarla con el botín de la reparación. Y no parece que Gustavo Petro vaya a sacarle del abismo, aunque con el rey del Palacio de Nariño nunca se puede descartar una maniobra rocambolesca con fines tan perversos como inescrutables.

No podemos olvidar que, para muchos analistas, Roy era el elegido del presidente, su preferido para darle el relevo porque, auguraban, iba a aunar a medio planeta en torno a su figura. Pero la lógica estrellada de un politiquero saltimbanqui, sin principios ni escrúpulos, tendría que empujarle a dejar la carrera de una vez por todas.

Habría que recordarle que Humberto de la Calle, no contento con dilapidar unos 40.000 millones para competir con Cristo por la candidatura del Partido Liberal en 2017 y obtener un humillante resultado, se empeñó en continuar hasta la primera vuelta con los 9.000 millones de anticipo que le entregó el Estado para su fútil campaña electoral. Pero ni siquiera logró superar el umbral.

En todo caso, veremos que le darán micrófono para que suelte sus naderías y puede que algún medio despistado incluso lo invite a participar en algún debate.

Idéntico camino debería seguir Luis Gilberto Murillo, otra ficha de Juan Manuel Santos. Perdió su escaso caudal político en el espectro centrista cuando, como canciller del Gobierno Petro, se arrodilló ante la dictadura de Nicolás Maduro. Difícil superar su falta de principios, la deshonestidad al venderse por un plato de lentejas en un momento crucial para Venezuela. Encima, no le sirvió de nada porque el líder supremo que habita en el Palacio de Nariño lo echó de su lado sin contemplaciones para meter a la sempiterna garganta profunda, Laura Sarabia.

Ahora Murillo confiará en que alguno de los candidatos favoritos lo rescate cuando necesiten poner un afro en sus vallas publicitarias o en su Gobierno. Porque ni siquiera el petrismo, que tanto cacarea la narrativa de igualdades y ha cambiado decenas de veces el gabinete, ha contado con una representación numerosa de ministros de piel negra.

Otra que debería abandonar su aspiración es la senadora Clara López, que debe estar buscando oficio y un puestico porque votos hace rato que no tiene. Igual que el exministro Mauricio Lizcano, aunque, por edad, aún dispone de un futuro. Además de que, en su caso, aunque tampoco encuentro sentido a su quimérica aspiración presidencial, siempre merecerá una mirada condescendiente por tratarse de una persona que padeció durante ocho eternos años el secuestro de su padre a manos de las Farc.

En cuanto al papá del asesinado Miguel Uribe Turbay, resulta triste que haya emprendido un enmarañado camino que no honra la memoria de su hijo. Habrá que disculparlo por el dolor ante su pérdida sin perder la esperanza de que se retire antes de que lo cuenten en las urnas y ensombrezca el legado del joven candidato del Centro Democrático al que Paloma Valencia le rindió el domingo un merecido homenaje.

No resulta comprensible que Santiago Botero o Sondra Macollins, conscientes de sus nulas posibilidades, se empeñen en no tirar la toalla. De todos es conocido que les ampara el derecho a participar, pero harían mejor en continuar sus carreras profesionales y no persistir en una ruta que no conduce a ninguna parte.