No hay nada que prive más a un mandatario demagogo y populista que hacer pasar sus errores políticos y económicos como logros irrefutables en beneficio de todos los ciudadanos.
El presidente y los funcionarios del gobierno no solo elevaron el salario mínimo con entusiasmo, sino que aseguraron algo todavía más audaz: que ese aumento ayudaría a crear empleo y que no tendría efectos sobre la inflación. Lo que no tuvieron fue la entereza de explicar que cuando el aumento supera ampliamente lo que produce el trabajador promedio, el efecto puede ser el contrario: menos contratación formal y más presión sobre los precios.
El aumento desmedido ordenado por Petro del salario mínimo no tuvo en cuenta dos importantes factores: el primero es que el salario mínimo en Colombia ya es extraordinariamente alto en comparación con lo que gana el trabajador promedio. En muchos países desarrollados, el salario mínimo representa entre el 40 % y el 50 % del salario mediano. En Colombia se acerca al 60 % o aún más. Dicho de otra forma: el salario mínimo está peligrosamente cerca del salario típico del país. Cuando el salario mínimo se fija demasiado cerca del salario promedio, deja de ser un “piso salarial” y se convierte en una barrera de entrada al empleo formal. Es un hecho que cuando sube el costo de contratar trabajadores, las empresas reaccionan reduciendo contrataciones, trasladando costos a precios o desplazando empleo hacia la informalidad.
Un segundo aspecto que suele omitirse en los discursos públicos que alaban los aumentos del salario mínimo es el hecho de que, en Colombia, el salario mínimo no solo fija el sueldo más bajo de la economía, sino que sirve como referencia para múltiples tarifas, multas, aportes y costos regulatorios. Cuando el salario mínimo sube, suben de manera automática la totalidad de los precios administrados. Pretender que estos aumentos no tienen efectos inflacionarios sería de una candidez rayana en la demencia. Hasta hace pocos días, desde el Gobierno no habían reconocido el impacto en la inflación del aumento del mínimo.
En un acto de asombroso realismo, hace dos semanas el Gobierno, en la presentación del Plan Financiero de 2026 (documento clave que marca la hoja de ruta de las finanzas), al Ministerio de Hacienda le tocó aceptar que la inflación cerrará este año en un nivel superior. Para Luis Fernando Mejía, exdirector del centro de pensamiento Fedesarrollo, “el Gobierno elevó su proyección de inflación para este año a 5,8 %. Con ello, reconoce implícitamente que el aumento del mínimo tendrá efectos inflacionarios”. Los colombianos no podemos prestarnos a engaños: el costo del aumento del mínimo, medida en buena parte tomada para meterle el dedo en la boca a los incautos, va en pocos meses a pasar factura, representada en mayor inflación, mayor informalidad y menos empleo.
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Apostilla: Pocas regiones y pocos pueblos del país son tan admirables como Antioquia y los antioqueños. El candidato marxista de la extrema izquierda, Iván Cepeda, al afirmar que Antioquía es la “cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado”, ha dejado saber su desprecio por este bravo pueblo de emprendedores, artistas, deportistas y otros notables colombianos. Cepeda, en realidad, a los únicos narcos y terroristas que admira profundamente es a sus amigos de las Farc.
