Difícil entender la glorificación de la figura del cura Camilo Torres. A veces pienso que Colombia no es consciente de lo que implican sus elevados índices de violencia, muy por encima de otros países americanos con idénticas problemáticas sociales, y del nulo valor que se concede a la vida ajena.
Una razón la encuentro en el persistente y suicida empeño en legitimar la lucha armada. De ahí que muchos tilden de gesto generoso, desprendido y solidario con los pobres y el país la decisión del carismático religioso de empuñar un fusil para combatir las injusticias, incluido el abusivo y exclusivista sistema político de entonces. En lugar de considerar que traicionó las enseñanzas de Jesucristo, que abogaba por predicar para convencer y poner la otra mejilla, poco menos que lo elevan a los altares.
Aunque murió en su primer combate, no pueden desdeñar que el objetivo que perseguía aquella jornada su grupúsculo del ELN no era otro que emboscar a un puñado de uniformados. Matarían, por tanto, seres humanos, con el único fin de demostrar fortaleza, de protestar derramando sangre.
Cierto que su muerte –14 de febrero de 1966– cabría enmarcarla en el momento histórico en que la izquierda mundial aplaudía la marcha triunfal de Fidel Castro en La Habana. Entonces creían (y muchos todavía creen) que una dictadura comunista conducía al paraíso terrenal. Hay quienes atribuyen a Torres un papel en la Teología de la Liberación, pero dicha corriente nacería después de su fallecimiento.
Cuando hablan de su legado y de enterrar sus restos en la Universidad Nacional, minimizan su pertenencia a una guerrilla que lleva décadas sembrando tragedias y frenando el desarrollo de algunos departamentos.
Aunque algunos pretendan negarlo, la democracia que disfrutamos, con su caudal de imperfecciones, no se la debemos ni al ELN ni a las Farc ni a Fidel Castro y sus miserables y despiadadas revoluciones, sino a colombianos que escogieron el camino largo y tortuoso de conquistar el Estado de derecho echando discursos y no balas. Nación que debería presumir de haber posibilitado que un antiguo guerrillero de ultraizquierda haya sido concejal, congresista, senador, alcalde capitalino y presidente, pese a sus constantes vilipendios hacia el sistema del que lleva décadas viviendo.
En un foro celebrado esta semana, el respetado Joe Broderick, autor de una biografía de Camilo Torres, afirmó que fue un héroe porque murió, no tanto por sus logros académicos. Y que, pese a ser un romántico que idealizaba hasta la lucha armada, cometió el error de tomar las armas.
La otra cara, que poco remarcan los admiradores del supuesto mártir, fue la de un líder religioso popular que dejó botado al movimiento Frente Unido del Pueblo y a la gente que lo apoyaba. De haber continuado en la batalla política, en lugar de mártir admirado por morir joven en un combate, pocos recordarían su cruzada para dignificar y librar de sus miserias a los desfavorecidos, igual que tantos heroicos sacerdotes anónimos, y sus restos yacerían en cualquier cementerio sin especial relevancia.
La diferencia sustancial entre Torres y los demás radica en su pertenencia a una guerrilla y su temprano deceso. Quién puede saber si con el pasar del tiempo se habría vuelto otro desalmado como el cura español Manuel Pérez, también muerto un 14 de febrero, hace ahora 27 años, o aceptado a los criminales con ínfulas que integran el Coce y viven rico entre Venezuela y Cuba, al menos hasta el arribo de Trump.
El día que Gustavo Petro abandone el Palacio de Nariño, deberían llevarse el sombrero de Pizarro, la sotana de Torres y las banderas del M-19. Que no deje rastro de la ruta violenta para alcanzar fines ideológicos. Y que la Universidad Nacional, que no es ningún camposanto, rechace la intención de establecer en sus predios la tumba de Torres.
Ensalzar su figura, elevarlo a la categoría de mártir en un centro académico donde el ELN siempre intenta pescar adeptos, supondría persistir en el grave error de desdibujar las fronteras entre el bien y el mal. Ya Juan Manuel Santos y sus aliados revistieron de legitimidad la barbarie de las Farc al regalarles curules durante dos periodos a autores de crímenes de lesa humanidad. Fue un mensaje nefasto para la juventud y dio alas a las disidencias y al ELN, así como a la izquierda colombiana, para sostener el falaz discurso de que existen guerrillas por las desigualdades sociales. Y que resulta necesario negociar con ellas propuestas políticas, como propone Iván Cepeda y aplauden hasta votantes de otras orillas.
No hay solución sencilla a la exacerbada violencia que vive Colombia, empezando porque requiere un profundo cambio cultural. Pero no será convirtiendo en referentes heroicos, en símbolos nacionales, a quienes optaron por imponer sus ideas a bala dentro de una democracia. Débil, imperfecta, arbitraria con frecuencia, pero democracia, a fin de cuentas.










