En los últimos días se ha instalado una narrativa seductora entre sectores de la derecha: la idea de que Paloma Valencia traicionó a sus bases al construir una fórmula con Juan Daniel Oviedo y que el “éxodo uribista” hacia el Tigre es un castigo ejemplar. Según ese relato, la historia estaría condenada a repetirse: una derecha “tibia” y gradualista, atrapada en la equidistancia, le abriría de nuevo la puerta a la izquierda, como ocurrió en Argentina con Mauricio Macri. El libreto es atractivo, pero incompleto.
Conviene empezar por el dato frío: Colombia no es una asamblea de Twitter, es un país donde para gobernar se necesitan mayorías reales en dos vueltas. La derecha dura, por numerosa y apasionada que sea, no alcanza por sí sola a ganar la Presidencia. Quien pretenda “vacunar al país contra el comunismo” —usando la expresión de moda— tiene que pasar por una prueba incómoda: conquistar al elector de centro que desconfía de Petro, pero también de los extremos. Ese elector existe, pesa y vota.
La decisión de Paloma de invitar a Juan Daniel Oviedo a la fórmula vicepresidencial ha sido leída por algunos como una rendición ideológica. No lo es. Lo que hay es un intento deliberado de resolver el principal problema estratégico de la derecha en Colombia: hablarle al tiempo a la base uribista —que exige firmeza en seguridad y orden— y a un centro urbano que quiere resultados económicos, respeto institucional y un estilo menos confrontacional.
En lugar de renunciar a uno de los dos públicos, Paloma optó por una fórmula incómoda, sí, pero necesaria. El contraargumento más repetido apela a la experiencia argentina. Se afirma que Macri encarnó un gobierno de equidistancia y gradualidad que fracasó, empedró el regreso del kirchnerismo y demuestra que las coaliciones con la centroizquierda son un suicidio político. Pero la comparación suele omitir dos elementos cruciales. El primero: Macri llegó a la Casa Rosada con una economía devastada, sin mayoría sólida en el Congreso y obligado a negociar cada paso. El segundo: su gradualismo no fracasó solo por “tibieza ideológica”, sino por restricciones materiales y errores de gestión que no pueden extrapolarse mecánicamente a Colombia. Pretender importar el libreto, cambiarle los nombres y suponer que el país está listo para un salto idéntico es confundir la admiración ideológica con el análisis estratégico. La derecha no puede darse el lujo de confundir deseo con diagnóstico.
Del otro lado de la analogía aparece Javier Milei como héroe puro de la ruptura: el hombre que derrotó a la derecha del establecimiento, no hizo concesiones a las “castas” y, según sus defensores, está acorralando a la izquierda con resultados notorios. De ahí se desprende el salto: si Milei funcionó en Argentina, Abelardo de la Espriella sería nuestro Milei criollo, y cualquier coalición moderada sería poco menos que una traición. Pero la pregunta que casi nadie se hace es otra: ¿realmente Colombia está en la misma fase de hartazgo, con la misma estructura institucional y el mismo sistema de partidos que permitieron el fenómeno Milei?
Colombia sigue siendo un país de instituciones fragmentadas, con un Congreso atomizado y una cultura política más adversa a los “salvadores solitarios” de lo que la espuma de las redes deja ver. Una derecha que pretenda gobernar de verdad necesita algo más que pasión: necesita músculo parlamentario, alianzas territoriales y una estrategia con un programa de gobierno serio que no solo gane la primera vuelta, sino que sostenga la gobernabilidad durante cuatro años. Es ahí donde la apuesta Paloma–Oviedo deja de ser una “alianza perversa” y se convierte en una lectura realista del tablero.
La caricatura de que Paloma tuvo que “entregarse” al centro para compensar su debilidad propia pasa por alto otro hecho: ella ha construido, a lo largo de años, una identidad clara en materia de seguridad, defensa de la Fuerza Pública y límites a las concesiones con los grupos armados ilegales. Esa reputación no desaparece porque nombre a un vicepresidente tecnócrata, urbano y dialogante. Más bien, se complementa. En lugar de escoger entre ser la Dama de Hierro o neocentrista, la fórmula le permite mostrar dos tonalidades dentro de un mismo proyecto: mano firme donde hace falta y cabeza fría donde se requieren acuerdos.
El verdadero riesgo para la derecha no es que Paloma hable con el centro; es que la derecha se fragmente en una competencia por quién grita más duro mientras la izquierda, disciplinada y con la chequera del Gobierno a su disposición, llegue unida a la segunda vuelta. Un escenario con tres derechas —la palomista, la uribista más tradicional y la del Tigre— puede producir exactamente el desenlace que los más indignados dicen querer evitar: un candidato de izquierda punteando y una derecha dispersa incapaz de ponerse de acuerdo en el balotaje.
Lo hemos visto en otras latitudes: la pureza ideológica no necesariamente se traduce en eficiencia electoral. Se ha instalado también la idea de que la base uribista “se está yendo en masa” y que el país está siendo testigo de un éxodo irreversible. La realidad es más matizada. Sí, efectivamente, hay un sector que se siente traicionado por la decisión de Paloma. Pero hay otro que entiende que no se trata de renunciar a las banderas históricas, sino de evitar quedarse atrapado en un gueto ideológico mientras el resto del país cambia de conversación. En la jerga naval decimos “Para máquinas, timón centro”; ocurre cuando la maniobra en el buque se complica y es necesario evaluar con cabeza fría la situación y posteriormente actuar y decidir. Eso es precisamente lo que debería hacer la derecha en Colombia.
El votante de derecha que teme el avance del petrismo y del cepedismo no quiere una guerra civil dentro de su propio campo: quiere una estrategia que gane. La pregunta de fondo, entonces, no es si Paloma debe ser conciliadora o Dama de Hierro. La pregunta correcta es: ¿qué combinación de firmeza y apertura maximiza las probabilidades de derrotar a la izquierda en segunda vuelta sin entregar los principios esenciales ni romper la convivencia democrática? La fórmula con Oviedo sugiere una respuesta: mantener una línea dura en seguridad y orden público, al tiempo que se ofrece al centro un horizonte de estabilidad económica, respeto institucional y la superación del clima de polarización permanente.
No es la solución perfecta, pero es una estrategia plausible en un sistema de doble vuelta. No se trata de descalificar el malestar de quienes ven en el Tigre una alternativa más coherente con sus convicciones. Ese malestar es real y merece respeto. Pero tampoco se puede idealizar la ruta del “todo o nada” sin preguntarse quién recoge los pedazos si el experimento fracasa. El precio de una derrota épica de la derecha no lo pagarían solamente los líderes que hoy disputan egos y micrófonos; lo pagaría un país entero sometido a otro ciclo de ensayo estatista o radicalizado, con costos muy concretos para los más vulnerables. Las consecuencias se pagarán por décadas.
Colombia está, otra vez, frente a una decisión estratégica. Podemos entregarnos al encanto de los relatos simples —el éxodo, el tigre que muerde, la traición de las élites— o podemos aceptar que las democracias complejas se ganan sumando, no restando. Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo han escogido un camino difícil: el de construir una coalición que sostenga un gobierno viable. Se les puede criticar, exigir y vigilar. Pero antes de declararles la guerra por “herejes”, conviene preguntarse si no estaremos, una vez más, a punto de regalarle a la izquierda lo que no pudo ganar sola.
