La semana pasada, la ciudad de St. Louis, Misuri, se convirtió involuntariamente en el laboratorio de una crisis informativa que debería encender las alarmas en cualquier junta directiva y oficina gubernamental. Lo que comenzó como un incidente menor de control animal —la presencia de entre dos y cuatro monos vervet sueltos en un parque— escaló hasta convertirse en un caso de estudio sobre cómo la inteligencia artificial generativa (IAG) puede entorpecer la logística institucional, desviar recursos públicos y, en últimas, hacer imposible saber qué es verdad y qué no.
El hecho es que los monos existieron. O eso creemos.
Residentes y un oficial de policía confirmaron varios avistamientos el jueves 8 de enero. Pero antes de que las autoridades pudieran asegurar el perímetro, el entorno digital fue inundado por un diluvio de imágenes y videos generados por IA que mostraban a los monos en lugares reales, reconocibles y, en últimas, incorrectos.
La contaminación de la cadena de suministro de información llevó al Departamento de Salud de la ciudad a hallarse desbordado. Los agentes de Cuidado y Control Animal que respondieron a los ‘reportes’ de las redes no hallaron rastro de los primates. La IA permitió que docenas de personas generaran evidencia visual hiperrealista en cuestión de segundos, creando tal saturación de reportes falsos que las autoridades no tenían la capacidad técnica de filtrar las imágenes falsas e hicieron imposible distinguir lo real de lo artificial.
El fenómeno tomó tintes surrealistas cuando una cabra, no se sabe si real o surgida de la narrativa digital, comenzó a aparecer en las fotos junto a los monos. Mientras los videos habían escalado al punto de mostrar a los monos fumando o manejando autos en la autopista, los videos de parodia de todo el episodio quedaron reflejados en la pregunta de una periodista al director de Salud del municipio: “¿Estamos seguros de que los monos existen en realidad?”.
Y ahí está el asunto. No, no lo estamos, ni siquiera las autoridades de St. Louis lo están. Y aunque en este caso es posible reírse de las ocurrencias de los internautas, no es fácil desprenderse de la idea de que acabamos de presenciar un ataque de denegación de servicio (DoS) cognitivo. Al final, la saturación de falsedades fue tal que el Departamento de Salud anunció esta semana la suspensión definitiva de la búsqueda.
Este desenlace es, en términos de información, una derrota. La autoridad no capituló ante la agilidad de los animales, sino ante la incapacidad de procesar la señal en medio del ruido. La pregunta de la reportera es fundamental.
Esta clase de episodios ratifican la conclusión de que estamos entrando en una era donde la confianza ya no puede ser la configuración predeterminada. Esta tecnología solo va a hacerse más precisa, más veloz y más realista con el tiempo. ¿Qué ocurrirá cuando se utilice para manipular mercados financieros o resultados electorales?
La lección de St. Louis para medios, líderes de opinión y tomadores de decisiones es que el ‘ver para creer’ ha muerto. La nueva ventaja competitiva residirá en la capacidad de organizaciones públicas y privadas para realizar procesos confiables de verificación sintética y crear canales de comunicación blindados contra la manipulación algorítmica.
Por eso las empresas y las entidades del Estado deben invertir en protocolos de verificación de identidad y origen de datos. Los monos de St. Louis son una anécdota, pero la parálisis institucional que provocaron es una advertencia.










