OPINIÓN

Francisco Mejía

El gran éxodo Uribista

Es nuestra oportunidad de oro para superar esta pesadilla y avanzar realmente hacia el progreso como sociedad, y el pueblo lo sabe.
15 de marzo de 2026, 9:20 a. m.

El Centro Democrático pasó rápidamente de la euforia por la aceptación condicionada de Juan Daniel Oviedo a la vicepresidencia, a una crisis profunda por los efectos que en su militancia está teniendo la insólita decisión de integrarse en un proyecto político común con grupos de izquierda y de centro del establecimiento santista colombiano. Es tan grave la situación, que referentes históricos del partido, como Fernando Londoño Hoyos, hacen parte del éxodo masivo hacia la campaña del Tigre.

Y no es para menos: Oviedo no solo es un activista de la ideología de género, sino que promueve esa aberración del cambio de sexo en los niños, como quedó probado con un video perturbador que hizo presentar como concejal de Bogotá. Y es, además, un romantizador de la violencia marxista, como quedó acreditado con su exaltación en Cali al monumento que es símbolo de la muerte en Puerto Rellena y con su férrea defensa de la JEP. Ante semejante exabrupto, la única explicación del Centro Democrático es que “solos no ganamos, y por eso hay que buscar alianzas con los que piensan diferente”, como dijo el senador electo Andrés Forero.

Lo que omiten decir es que esa alianza perversa no es para derrotar a Cepeda, sino para acabar con el Tigre, porque tanto Abelardo como Paloma pueden derrotar a Cepeda en segunda vuelta. Pero en primera vuelta, el CD se dio cuenta de que con sus ideas no ganaba porque Abelardo las representa mucho mejor, y en un acto desesperado se echaron en brazos de la izquierda santista para que les completara los votos. Pero será tan inútil como llenar un barril sin fondo por el éxodo que ocasionaron. Esta no es una alianza coyuntural como las que ocurren normalmente en segunda vuelta; es una integración total del proyecto político desde el principio, formalizado en la fórmula vicepresidencial. Y eso tiene efectos devastadores sobre un hipotético gobierno.

Si ganara Paloma, el país quedaría bloqueado por dentro y por fuera. Por dentro, porque el consejo de ministros dejaría de ser el equipo gerencial del presidente para convertirse en una instancia colegiada donde se decide por consenso. Las soluciones de fondo a los problemas de la seguridad, la economía, el tamaño del Estado, la corrupción y la salud, entre otros, no llegarían porque se quedarán en fórmulas equidistantes producto del consenso con “quienes piensan diferente”. Y por fuera, porque el petrismo aprovechará esa falta de resultados y la decepción colectiva para bloquear el país nuevamente desde las calles, y el vicepresidente Oviedo, a la cabeza del bloque santista del concejo de ministros, dirá que hay que escucharlos y por ningún motivo utilizar la fuerza legítima. Y así pasarían los cuatro años antes de que la extrema izquierda vuelva al poder.

Si gana Abelardo, que es lo más probable para fortuna de todos, el país quedaría vacunado contra el comunismo, porque el viraje hacia el progreso sería irreversible. Junto con su vicepresidente Restrepo, lideraría un equipo de gobierno ágil y cohesionado que aplicaría las medidas de fondo que necesita el país para salir de la crisis, y las victorias tempranas generarían confianza y apoyo ciudadano que harían posible a su vez nuevos avances. Y en el frente externo, la oposición, con sus aliados del narcotráfico, no se atrevería a fabricar nuevos estallidos sociales, porque sabe lo duro que muerde el tigre, y sabe que no habría nadie en el gobierno que los defienda.

Argentina vivió un gobierno de la equidistancia y la gradualidad como el que haría Paloma en cabeza de Mauricio Macri y fue un desastre que le empedró el camino de regreso a la izquierda al poder. Macri integró a la centroizquierda del establecimiento argentino a su proyecto, aunque lo hizo en menor medida que Paloma, porque la vicepresidencta fue suya, y ese cogobierno no solucionó ninguno de los problemas que había dejado la izquierda, solo los agravó, como ocurre siempre que las soluciones se reemplazan por paliativos. El kirchnerismo convenció a la gente de que todo era culpa de la derecha y volvió al poder.

Argentina tuvo la suerte de que apareció Milei cuatro años más tarde para corregir el error. Él llegó al poder derrotando inclusive a la derecha del establecimiento en primera vuelta, y honró su mandato de cambio aplicando las soluciones de fondo al desastre que había dejado la izquierda. Lo hizo de la única manera que se puede hacer eso: sin concesiones de ninguna clase a las castas privilegiadas del centroizquierda, o sea, las mismas que hoy han cooptado el proyecto político del Centro Democrático. Hoy la izquierda en Argentina está acorralada por los impresionantes resultados de Milei en materia de pobreza y de seguridad, y el país marcha unido hacia la prosperidad.

Nosotros tenemos hoy a nuestro Milei, que es Abelardo de la Espriella. Es nuestra oportunidad de oro para superar esta pesadilla y avanzar realmente hacia el progreso como sociedad, y el pueblo lo sabe. Nadie dijo que sería fácil: las cúpulas del establecimiento de todo el espectro lucharán por sus privilegios, pero venceremos, no tengo duda.