OPINIÓN

Wilson Vega

El proyecto Panamá

Es difícil no ver paralelos con el infortunado comercial que sacó Apple en 2024 para promocionar su nuevo iPad.
30 de enero de 2026, 11:00 a. m.

La industria de la inteligencia artificial siempre ha tenido un apetito voraz, pero hasta hace poco, se daba por sentado que se alimentaba principalmente de bits y de píxeles, de unos y ceros. La idea de que una tecnológica compre cientos de miles, o incluso millones, de libros físicos y los destruya después de copiarlos, es a la vez distópica e inquietantemente poco sorprendente.

La revelación surge de documentos judiciales recientemente desclasificados en el marco de una demanda por derechos de autor presentada por autores de libros, y que recogió en un informe The Washington Post. Lo que muestra es que Anthropic, una startup valorada en 183.000 millones de dólares, ejecutó una operación denominada “Proyecto Panamá”, diseñada para adquirir, procesar y destruir millones de libros físicos con el fin de entrenar a su modelo Claude. La empresa describió al proyecto, que intentó mantener en secreto, como “nuestro esfuerzo para escanear destructivamente todos los libros en el mundo”.

Impulsada por el ‘hambre’ de su IA, la compañía Anthropic compró entre medio millón y dos millones de libros, a menudo en lotes de decenas de miles, de librerías reconocidas o tiendas de segunda mano como Better World Books y World of Books, con sede en Reino Unido. El proceso implicaba llevar los libros a máquinas de corte hidráulicas que separaban de un tajo sus lomos. Las páginas sueltas pasaban por escáneres de alta velocidad y calidad. Una vez ‘absorbido’ su contenido, se entregaban como papel de desecho a una empresa de reciclaje.

Es una faceta sin duda inusual para Anthropic, una empresa que a menudo se posiciona como la alternativa “ética” y “segura” en el ecosistema de la IA y que esta semana anunció que espera recaudar unos 20.000 millones de dólares de capital riesgo -el doble de la cantidad que había previsto- impulsada por el éxito de Claude Code, que está pasando de ser solo otro asistente de programación con IA a una arquitectura fundamental nueva que los desarrolladores necesitan para mantenerse competitivos.

Así que la imagen de “guillotinas” destruyendo libros que nadie leerá para copiar el estilo de sus autores se yergue como un recordatorio incómodo de la brecha entre la retórica de la IA y su realidad material. Para Anthropic, el libro dejó de ser un objeto de valor cultural para convertirse en biomasa informativa, simple combustible procesable para que su máquina siga funcionando.

El proyecto también revela una realidad preocupante para las tecnológicas. Internet ya no ofrece a sus algoritmos mucho más qué depredar. A medida que la red se llena de contenido generado por IA, los modelos se entrenan con textos artificiales que conducen, ineludiblemente, a una especie de endogamia informática. El objetivo de ‘Panamá’ era obtener datos de alta calidad que no estuvieran contaminados por el ruido de internet. Irónicamente, para crear un modelo de lenguaje que “entienda” la humanidad, primero tuvieron que destruir sus registros más tangibles.

Y no es coincidencia que Anthropic contratara a Tom Turvey para liderar este esfuerzo. Turvey es un veterano de Google que trabajó hace dos décadas en el polémico proyecto de Google Books. Aquella batalla legal sentó las bases del “uso legítimo” en la era digital. Pero mientras Google buscaba indexar para facilitar la búsqueda, Anthropic busca asimilar para generar contenido nuevo.

En este punto, tal vez sea necesario decir -reconocer- que la búsqueda de datos limpios es una necesidad técnica insalvable. Pero la cultura de “moverse rápido y romper cosas” es problemática, y mucho más si adquiere la velocidad y la escala que solo alcanza la IA. Antes de las guillotinas de papel, el cofundador de Anthropic, Ben Mann, ya había sido sorprendido descargando libros de LibGen —una biblioteca en las sombras de material pirata—, en una experiencia que no dudó en calificar como “asombrosa”.

En agosto, Anthropic cerró este capítulo con un acuerdo de 1.500 millones de dólares, sin admitir culpabilidad. Para una startup valorada en decenas de miles de millones, esta cifra, aunque astronómica, corre el riesgo de ser vista simplemente como un “impuesto a la innovación”, o una licencia costosa pero eficiente para el plagio a gran escala.

Porque, no se puede enfatizar suficientemente, el conflicto central de este caso reside en la propiedad intelectual del contenido, más allá del uso y disposición, sin duda chocante, de los libros físicos. Comprar un libro te da, claro, el derecho de leerlo, regalarlo o incluso destruirlo, pero no necesariamente el derecho de digitalizarlo para crear un producto comercial derivado que entra a competir con el autor original a una escala que hace solo unos años era inimaginable.

Es difícil no ver paralelos con el infortunado comercial que sacó Apple en 2024 para promocionar su nuevo iPad. En él, mostraba una variedad de herramientas creativas, incluyendo pinturas, pinceles, cámaras, un piano y un metrónomo, que eran aplastadas por una trituradora hidráulica hasta que todos los objetos se comprimían -¿exprimían?- en la nueva tableta de la compañía. Lo que se deseaba fuera una metáfora visual juguetona se leía, una vez en escena, como una acción violenta, destructiva, predatorial.

Al triturar los libros después de extraer su “esencia” de datos, Anthropic comete una acción igualmente violenta, solo que esta vez no es una metáfora infortunada de una agencia publicitaria, sino la expresión de un muy concreto ciclo de consumo que deja a los creadores fuera de la ecuación.