OPINIÓN

David Ghitis

El pueblo iraní ya pagó demasiado caro

Quizá sea demasiado pronto para saber qué forma tomará el Irán del futuro.
3 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

Recuerdo vívidamente la caída del Sha de Irán y la llegada al poder del ayatolá Jomeini en 1979. Era lo suficientemente mayor para comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Vi cómo un país que, bajo el Sha, había sido un lugar de modernización acelerada, prosperidad creciente y relativa tolerancia religiosa —donde las mujeres estudiaban en universidades, la música occidental sonaba en las calles y los judíos vivían con seguridad— se transformó, casi de la noche a la mañana, en un estado teocrático fanático.

Yo mismo viví en Israel entre 1975 y 1976, cuando tenía 12 años. En el colegio conocí a varios niños hijos de judíos iraníes que todavía viajaban a Irán en vacaciones para visitar a sus familiares. En esa época eso era completamente normal. La comunidad judía iraní, una de las más antiguas del mundo, se sentía protegida. Todo eso se derrumbó con la llegada del ayatolá.

Después de 1979, tener un pasaporte israelí y llegar a Irán significaba ser detenido de inmediato o, en muchos casos, ejecutado.

Lo que vino después fue un estallido de violencia y odio sin precedentes. No solo contra los judíos —cuya comunidad pasó de casi 100.000 personas a menos de 10.000 en pocos años, con ejecuciones públicas como la de Habib Elghanian—, sino contra cualquiera que no se sometiera al nuevo orden islámico: bahá’ís masacrados, kurdos reprimidos, mujeres azotadas por no llevar el velo correctamente, izquierdistas ejecutados en estadios, homosexuales colgados de grúas. El odio al “infiel”, al “sionismo” y al “Occidente corrupto” se convirtió en doctrina de Estado y se exportó con furia.

El régimen teocrático no se conformó con oprimir a su propio pueblo. Desde entonces ha sido el principal promotor mundial del terrorismo islamista: financiando y armando a Hezbolá en Líbano, a Hamás y la Yihad Islámica en Gaza, a los hutíes en Yemen y a milicias chiitas en Irak y Siria. Decenas de miles de muertos en todo el Medio Oriente llevan la firma de Teherán.

Hoy, mientras ese mismo régimen enfrenta su mayor crisis interna en décadas, surge inevitable la pregunta: ¿qué pasaría si Irán volviera al camino que abandonó en 1979? Un Irán laico, moderno y reconciliado con el mundo no sería solo un cambio político; sería la posibilidad de cerrar una herida abierta durante casi medio siglo.

Sin embargo, incluso ante esta posibilidad histórica, hay voces fuera de Irán que parecen más dispuestas a repetir la narrativa del régimen que a escuchar el sufrimiento de su pueblo. Figuras como el expresidente Juan Manuel Santos que aun cuando condenan las violaciones a los derechos humanos del régimen teocrático, en la misma frase y sin siquiera parar a tomar aire, rechazan cualquier acción que pudiera poner fin a esa opresión. Y otros, como Gustavo Petro, se han convertido en cajas de resonancia de la propaganda y las mentiras del ayatolá, especialmente cuando se trata de Israel. Su retórica, envuelta en discursos de “antiimperialismo” o “paz”, termina blanqueando un antisemitismo estructural y prolongando el sufrimiento tanto del pueblo iraní como de las víctimas del terrorismo financiado por Teherán.

Quizá sea demasiado pronto para saber qué forma tomará el Irán del futuro. Pero por primera vez en mucho tiempo, existe la posibilidad real de que ese futuro no esté escrito por los ayatolás. Y si ese día llega, Irán no solo se liberará de un régimen opresivo: podrá reconciliarse con su propia historia, con su diversidad y con el mundo.

El pueblo iraní ya pagó demasiado caro el precio de una revolución que prometió justicia y entregó oscuridad. Tal vez ha llegado el momento de que el mundo deje de proteger a los verdugos y escuche, por fin, a las víctimas.