Hablar de inclusión financiera en América Latina dejó de ser sinónimo de tener una cuenta bancaria. Hoy el verdadero desafío consiste en transformar ese acceso en bienestar, resiliencia y movilidad social.
Los avances son evidentes: según el Banco Mundial, para el cierre de 2024, el 66,4 % de los adultos en la región tiene una cuenta de ahorros; en Colombia, para 2024, la cifra llega al 95,8 %, según la Superintendencia Financiera. Sin embargo, solo el 35,5 % de la población adulta tiene vigente al menos un producto de crédito. Es decir, estamos bancarizados, pero no necesariamente incluidos.
Como señala el Banco Interamericano de Desarrollo, la inclusión financiera es la base del desarrollo porque permite enfrentar crisis, invertir en educación, mejorar la vivienda o formalizar emprendimientos. Pero para lograrlo, no basta con ofrecer productos. Se requiere comprender la informalidad, las brechas de género y la diversidad territorial.
En Colombia, los indicadores muestran resultados más bajos a medida que incrementa la ruralidad y apenas una de cada tres mujeres accede a crédito formal. Estas realidades no se resuelven solamente con más oferta bancaria: requieren modelos que entiendan la vida real del usuario y la acompañen.
Tecnología como puerta, no como destino. El avance digital abre oportunidades. El 85.7 % de los adultos, según el Banco Mundial (2024), en países emergentes tiene un teléfono móvil, lo que facilita abrir cuentas o hacer pagos sin depender de una sucursal. En la última década, las fintech crecieron exponencialmente y más de la mitad se enfocan en los segmentos subbancarizados.
Pero digitalizar no siempre es incluir. Si no hay acompañamiento, la tecnología puede aumentar la desconfianza. Por eso, la educación financiera no es un accesorio: es el punto de partida que habilita la inclusión. Comprender los riesgos, planificar el ahorro o demostrar ingresos se vuelve tan importante como el producto mismo.
El Banco de la República advirtió que los niveles de educación financiera disminuyeron tras la pandemia: menos del 1 % de los colombianos invierte, y de ellos, el 56 % vive en informalidad laboral (según la Superfinanciera, 2024). Sin información suficiente, la inclusión puede terminar en endeudamiento riesgoso y no en movilidad social.
Abrir los datos para abrir oportunidades: la agenda de finanzas abiertas que impulsa la Superintendencia Financiera es clave para quienes no tienen historial crediticio tradicional. Con datos reales —como el pago de servicios, los hábitos digitales o el comportamiento transaccional— es posible construir perfiles más justos y ampliar el acceso al crédito sin comprometer la estabilidad financiera.
Multilaterales, fintech y el Fondo Nacional del Ahorro están demostrando que los modelos de Scoring alternativo son una oportunidad para democratizar el sistema financiero; en esa misma línea, iniciativas como el Proyecto F y Fintechgración son clave porque aceleran la adopción de pagos electrónicos y articulan a banca, fintech y gobierno para que la tecnología habilite servicios más simples, seguros e interoperables, de modo que más personas puedan pagar, ahorrar y transferir digitalmente, construir historial transaccional y confianza, y así facilitar el acceso al crédito formal reduciendo la dependencia.
Llegar a donde la banca no llega: en Colombia, los corresponsales bancarios, los depósitos de bajo monto y herramientas como el ahorro programado del Fondo Nacional del Ahorro permiten llevar servicios financieros a poblaciones que nunca habían tenido contacto con el sistema. Cada punto de aumento en uso efectivo tiene impacto directo en productividad, formalización y reducción de pobreza, como lo demuestra Fedesarrollo.
De inclusión estadística a inclusión significativa: la inclusión financiera no se mide por la cantidad de cuentas abiertas, sino por la capacidad de proteger, empoderar y generar oportunidades. Como región, tenemos la infraestructura; ahora necesitamos confianza, educación y acompañamiento.
Porque una cuenta bancaria puede abrirse en minutos, pero construir una vida financiera digna requiere tiempo. Y quizás ahí —en ese proceso humano— es donde empieza la inclusión que realmente importa.










