El presidente de la República deja ver su notoria desesperación con la tremenda crisis de la salud que tiene encima. La situación es tan bizarra que ni siquiera el realismo mágico se ha permitido semejante capacidad para inventar narrativas que tratan de escudar el sufrimiento de los colombianos, con un sistema de salud moribundo, ultimado a punta de ideología y populismo rampante.
Ya los defensores pagados por el régimen parecen puro paisaje. Escudar el desastre en la no aprobación de una reforma que no contenía paliativos y que en su implementación —a la brava y por vía administrativa— demuestra todos sus defectos. Tampoco logran elevar la figura de un ministro arrogante y desconectado, desde su profunda ignorancia del funcionamiento del sistema de salud, y de los elementos básicos de la protección social.
Pero las elecciones están a la vuelta de la esquina y es evidente que la salud es el principal lastre del progresismo. Su populista y efectista estrategia de corto plazo para aumentar —de manera antitécnica— el salario mínimo juega en la opinión pública con la creciente amenaza de mediano plazo de los efectos del desmonte del sistema de salud.
Ellos saben que están luchando contra el tiempo y por eso el presidente sale con gráficas manipuladas sobre el quiebre en la mortalidad infantil, un indicador que se ha reducido de manera progresiva en los últimos 20 años. El mayor esfuerzo se dirige a atribuir las supuestas reducciones al efecto de los equipos básicos de salud: una simple narrativa obsesa y desesperada.
¡Qué tal el cuentico! que “gracias a los equipos básicos de salud se ha controlado la epidemia de fiebre amarilla”. Los datos son tozudos: El país está atravesando —y padeciendo— un brote que no ha podido ser controlado desde el 3 de enero de 2024. Este ha sido el brote más extenso en las pasadas ¡tres décadas! Se presentó un primer pico de dicha enfermedad en la segunda semana de abril y el segundo y más preocupante en la última semana de abril de 2025.
Pero lo más grave es que la fiebre amarilla está lejos de ser controlada: de acuerdo con los últimos reportes del Instituto Nacional de Salud, persiste un brote tan activo, que registró 25 nuevos casos y 14 muertes reportadas en lo corrido de 2026.
Al presidente le cuesta mucho aceptar y reconocer la destreza que utilizó Colombia para contener el covid-19. No encuentra la manera de cómo desacreditar una estrategia que fue reconocida en la posición 12 a nivel mundial, según el índice de Bloomberg.
Sin embargo, el ultimo invento es el más risible: estamos en una epidemia nacional de sarampión mientras que 24 horas antes el propio ministro de Salud y la directora del INS reportaron solamente tres casos y todos importados. A no ser que tengan información que no conocemos. Que algún técnico oriente al presidente sobre cuándo se debe declarar una epidemia —sin crear pánico en salud pública— y que está tipificado en el código penal.
Pero en el escenario actual de la salud no hay con quién poder contar: el INS demoró inusitados nueve días para reportar el primer caso de sarampión en Bogotá. Un tiempo clave que hubiese permitido realizar un bloqueo epidemiológico más efectivo. Dios nos coja persignados —porque si los buenos deseos de Petro se le cumplen— tendríamos una epidemia de una enfermedad tremendamente transmisible —más que el covid—.
Mientras el presidente y su ministro andan perdidos en esos vericuetos, seis millones de colombianos no tienen idea a qué EPS serán trasladados. Esta es la debacle de un Petro que no quiere reconocer los efectos perversos para más de tres millones de colombianos que serán trasladados a la Nueva EPS. Una entidad que dejó de asegurar la salud de los colombianos a punta de mala gestión, politiquería y desfinanciamiento. Serán 15 millones de compatriotas que dependerán —en el corto plazo— de que el Gobierno consiga un préstamo para sobreaguarla, pero claramente es una entidad que no tiene y tampoco ofrece ningún futuro a sus afiliados.
¡Semejante exabrupto fue el cambio prometido por Petro!










