OPINIÓN

Salud Hernández-Mora

“Fue un suicidio colectivo”

La necesidad de recurrir a las Fuerzas Militares de una democracia para derrocar dictaduras sanguinarias es la viva demostración del estrepitoso fracaso de la cobarde “comunidad internacional”.
17 de enero de 2026, 4:43 a. m.

Todavía tengo grabadas las imágenes de una turba corriendo por los jardines y dependencias del palacio, destrozando todo a su paso y coreando el nombre del ayatolá Jomeini. Irán se precipitaba al desastre, aunque en aquel año de 1979 el mundo occidental apoyara a un mahometano radical que pretendía que el islam y no una constitución laica gobernaran su país.

Ocho años antes, en octubre de 1971, el sha de Persia había celebrado por todo lo alto, ante dignatarios de medio mundo, el aniversario 2.500 de Ciro el Grande. Quiso remarcar el fastuoso legado cultural e histórico de su milenaria nación y del emperador que fundó Persia. Después sería el papá de Reza Palhevi, en los albores del siglo XX, el que decidió renombrarla Irán, una singular manera de arrancar su ambiciosa campaña para modernizar el país. El festejo citado fue de tal suntuosidad y despilfarro que evidenció que el sha y su bella esposa vivían alejados de la realidad de millones de iraníes, sumidos en la pobreza. Además de levantar para la ocasión decenas de lujosas tiendas de campaña en el desierto de Persépolis, mandó traer de París miles de botellas de champán de reserva y la comida de Maxim’s, el restaurante más elegante y costoso de la capital francesa del momento.

Fue, de alguna manera, el principio del fin. Ya nada volvió a ser lo mismo a pesar de aprobar el voto femenino y otras reformas liberadoras dentro de la llamada “revolución blanca”. Pero no percibía la desconexión con las masas populares, y solo la brutalidad de sus perros guardianes, que emprendieron una represión que le hizo perder adeptos tanto fuera como dentro, lograba sostener la corona.

El descontento generalizado lo azuzaría un pavoroso incendio que mató a unos 400 espectadores en un cine de Teherán. Corría el año 1978, y Jomeini, que preparaba el asalto al poder desde Francia, protegido por el Elíseo, acusó de la quema a la tenebrosa policía secreta. La furia de sus seguidores, que entonces lo veneraban, desembocó en unas manifestaciones que los cuerpos de seguridad del dictador sofocaron a bala.

La caída era imparable. Solo faltaba el empujón final. Se lo dio Estados Unidos, su gran aliado. Le retiró el apoyo, a tal punto que debió abordar un avión y emprender una peregrinación por cinco capitales, igual de apestado que la familia de Pablo Escobar, suplicando un exilio.

Recabó en Egipto, donde gobernaba Anwar el Sadat, después recibió tratamiento médico en otros países, para retornar a la tierra de los faraones, donde murió a los 61 años en 1980.Antes de su deceso, Jomeini mostró el camino violento que tomaría su tiranía religiosa. Sus hordas asaltaron la embajada de Estados Unidos y secuestraron a un nutrido grupo de diplomáticos durante más de un año.

El resto de la historia es de sobra conocido. Un país moderno, abierto, que podía haber derivado en una democracia, terminó en manos de unos nauseabundos extremistas, que no solo empobrecieron su país y lo volvieron cuna del terrorismo islámico, sino que condenaron a las mujeres a unas vidas disminuidas, con derechos pisoteados.Hace tres años, el mundo se solidarizó con las iraníes a raíz del asesinato, en una comisaría, de Mahsa Amini, de 22 años, por llevar desordenado el detestable velo, signo de desprecio hacia la mujer, que debería estar prohibido en el mundo libre.

Pero la guerra en Ucrania y otros conflictos políticos relegaron de nuevo al olvido a la juventud luchadora. Solo la rescató, de manera breve, el Premio Nobel de la Paz de 2023 a Narges Mohammadi, que estuvo presa por luchar en favor de los derechos de las mujeres.

Por eso resulta atronador el silencio de las feministas. Como la inmensa mayoría son zurdas, miran para otro lado, no vaya a ser que las sitúen en la orilla de Israel y Donald Trump. Es indudable que los israelíes colaborarán, de manera secreta, en tumbar a esa caterva de neolíticos iraníes para sacudirse la amenaza perpetua de destruir su país. Pero eso no resta valor a la arrojada y generosa lucha, que cada día cuesta miles de muertos, de todo un pueblo.

Supongo que menos alzarán sus voces cuando conozcan que la premio nobel de paz iraní de 2003, Shirin Ebadi, reclama la ayuda militar estadounidense para eliminar la República Islámica, “que ha asfixiado al país durante 47 años”. Remata su acertada definición con una frase lapidaria: “1979 fue un suicidio colectivo”.

La valerosa mujer sugiere, en entrevista en El Mundo de España, desde su exilio londinense, que Estados Unidos ataque “la casa de Ali Jamenei, el líder supremo, de modo que este anciano de 88 años sea eliminado junto con sus guardias personales. Eso sí que asestaría un duro golpe al régimen”.

La necesidad de recurrir a las Fuerzas Militares de una democracia para derrocar dictaduras sanguinarias es la viva demostración del estrepitoso fracaso de la cobarde “comunidad internacional” en su tibia defensa de las libertades, cuando millones de personas están dispuestas a ofrendar su vida para recuperarlas.