Un día sin acceso a notificaciones, a las redes sociales, sin alertas a las últimas noticias, sin poder asistir a una reunión virtual o enviar un correo electrónico, o hacer pagos online, o estar incomunicado con tus seres queridos que pasan por una situación de vida o muerte, resulta ser una catástrofe, quizá, para muchos, más perturbadora que el confinamiento durante la pandemia.
En Irán, las protestas han servido como sustento, una vez más, para apagones de internet y comunicaciones que se han prolongado durante días. Paradójicamente, lo que podemos conocer desde el mundo virtual no permite saber la realidad del mundo físico, en la que se reportan centenares de muertos.
El internet es un campo de batallas geopolíticas y políticas. Su doble uso como herramienta, que revolucionó las comunicaciones, el acceso a la información y la productividad, hoy revela claramente su vulnerabilidad para inclinarse a intereses y batallas políticas.
El internet nació bajo la promesa del libre acceso a la información: a mayores datos, mayor transparencia, más rendición de cuentas y mejores gobiernos, generando una mayor libertad de expresión como un derecho fundamental que fortalecía las democracias.
Hoy, internet es un instrumento de presiones geopolíticas. Recordemos cómo EE. UU. ha interpuesto restricciones progresivas a TikTok, desde la prohibición de uso hasta una ley que evita los riesgos de espionaje e influencia extranjera sobre la opinión pública. En la misma vía, Huawei está en una lista de sanción por participar en actividades contrarias a la seguridad nacional y los intereses de política exterior de los Estados Unidos.
Uno de los casos más famosos es el de Edward Snowden, un funcionario de los Estados Unidos que prefirió darle a conocer al mundo el programa de vigilancia masiva, al mejor estilo de la película Minority Report.
Estas revelaciones aumentaron los debates europeos por el uso de la información privada y la venta y transferencia de datos a empresas en el extranjero. A propósito, generó un cambio de regulación después del caso Schrems I y II, que derivó en normatividad más estricta para el uso de la información privada.
En otras ocasiones, el internet ha sido decisivo para evidenciar realidades o permitir la organización de grupos ciudadanos. Al inicio de la invasión de Rusia a Ucrania en el 2022, el Gobierno ucraniano solicitó ayuda a Starlink, empresa de Elon Musk, para el despliegue de su capacidad satelital con el fin de proveer de internet a la población civil, al gobierno y al sistema de defensa.
En el caso de Medio Oriente, el internet y las redes sociales funcionaron como el mecanismo de comunicación y organización de la población para exigir mayor democracia durante la primavera árabe. En esta época, 2011, países como Egipto, Libia y Siria hicieron bloqueos de redes sociales para impedir mayores ‘revueltas o escaramuzas’, e incluso llegaron a tener bloqueos totales de las redes.
Irán recurre nuevamente al bloqueo de plataformas, a restricción de velocidad y a un apagón total del internet, como se realizó en 2009 y 2019, entre otras ocasiones.
En ese contexto, el control de la información es esencial, al evitar las comunicaciones entre los manifestantes y medios internacionales o independientes. En la actualidad, en medio de manifestaciones, el bloqueo a internet es completo y lleva más de 100 horas. En el pasado, ha durado semanas.
Los módems de Starlink en Irán son tratados como productos y servicios de contrabando, y su uso y alcance son limitados. Pensar en las novelas distópicas en las cuales un grupo de rebeldes acudía a tecnologías de antaño, de frecuencia corta o radios clandestinas, para dar información cifrada ya no parece tan irreal.
Internet ya no es solo un espacio de comunicación: es un activo estratégico cuya gestión configura relaciones internacionales, modelos de gobernanza y equilibrios de poder.
Pensar en la soberanía digital, la infraestructura crítica y activos esenciales hace que surja una pregunta inevitable: ¿cómo están los Estados cuidando este activo esencial y cómo están ejerciendo su diplomacia tecnológica?
En un mundo donde las tensiones geopolíticas se trasladan al espacio digital, la desinformación campea en los periodos electorales.
Así, las políticas públicas, las inversiones en infraestructura y las estrategias internacionales deben adaptarse para proteger la información, los derechos ciudadanos, la integridad, la autonomía y la resiliencia de los sistemas de información.










