Que el hecho —para algunos el de mayor trascendencia en la historia universal— del descubrimiento de América lo haya realizado un personaje con ciertos desequilibrios, un soñador, un diletante de distancias y cálculos, un lector entregado a advenedizas lecturas; alguien a veces juicioso en sus libros y a veces como Don Quijote, pero siempre perteneciente a la cofradía de los lectores obedientes y, al mismo tiempo, peligrosos; todo eso lo fue —y algo más, que lo salva— Cristóbal Colón. Fue una ironía de la historia y una ironía para estos territorios. Y también para nosotros, los cuerdos, que ante lo anterior nos quedamos preguntando: ¿para qué nos sirve la cordura?
Colón, un claro personaje anclado en la Edad Media, que se sentía como una especie de salvador de la cristiandad. Caballero de otros tiempos, guerrero de Cristo contra el islam. Si en 1099 los cruzados se tomaron Jerusalén, que después perderían a manos de los sucesores de Mahoma, transcurridos tres siglos, Colón soñaba con reivindicar la Ciudad Santa para el cristianismo, reclutando 4.000 hombres de a caballo y 100.000 soldados de infantería. Tan convencido de esa empresa, que se comprometió a ello con el Papa. Existe una carta suya al Pontífice, explicándole las razones por las cuales había fallado en el intento del antedicho reclutamiento.
Dueño de una fértil imaginación, sostenía que si se navegaba continuamente hacia el sur, se llegaría al paraíso terrenal. Lo que no aseguraba era si allí se encontrarían Adán y Eva, con otra descendencia, viviendo como en los primeros tiempos en ese lugar de delicias. Casi que alucinó sobre lo que creyó que era la forma de la tierra: “Y fallé que no era redonda, en la forma que escriben; salvo que es de la forma de una pera”. De sus alquímicas lecturas estableció que al mundo le quedaban solo 150 años de vida. Para rematar con asuntos similares, escribió el Libro de las Profecías. Para el historiador Edmundo O’Gorman, en La invención de América, Colón no descubrió este continente, sino que lo inventó. Todo un bautismo para el posterior y autóctono, nuestro realismo mágico.
Fuimos descubiertos por este Cristóbal Colón, singular personaje, además con temperamento de poeta. Transcribo unas muestras de la manera en que describe estos territorios por él encontrados. Aquí dice: “Las yerbas están siempre floridas”; de los aires asegura que “tienen el habla más dulce del mundo”, aires “que manan siempre con risa”. De su marinería elogia que son gente “con promesa de próspero suceso”. Cual ecologista líricamente agradecido, reconoce que en su travesía marítima los vientos amigos le acompañaron “amorosísimamente”.
No me caben aquí las muchas calidades y penalidades y valentías —y defectos y ambiciones— de Cristóbal Colón, suficientes como para que el universo y su justicia infinitesimal lo premiaran con su magnífico destino. Fue así como sus dos conocidos grandísimos errores —errores que bendicen— le sirvieron para llegar hasta aquí. Uno, que navegando en esa ruta encontraría el camino mejor para llegar a Asia, a la India; y dos, que la circunferencia de la tierra era inferior en una cuarta parte de la real, con lo cual, navegando menos días, concluyó, llegaría a ese territorio.
Aunque a veces presiento que no se trata de ironías ni de exóticas paradojas de la historia. Una lógica extraña de la vida me indica que la magnitud de su empresa y su éxito se debieron a que fue un adivino, pero un adivino de gran intrepidez, un creyente en sus sueños, un zurcidor de inmensas revelaciones y constancias. Por esto resultó un buen vencedor de sus extrañas ensoñaciones y quimeras.









