Imagínense en una montaña viendo cómo se acerca una enorme avalancha y que, en lugar de reaccionar, nos quedemos discutiendo si es formidable, si podemos detenerla o por dónde huimos.
Esa imagen, tan real como perturbadora, resume bien la sensación que muchos estamos viviendo ante el avance de la inteligencia artificial (IA): asombro, negación y un mal disimulado pánico.
Pero, más que una metáfora de ciencia ficción, lo que hoy nos golpea son sus efectos concretos y prácticos, que ya transforman la vida cotidiana de millones de personas en Colombia y el mundo. Ignorarlos o abordarlos románticamente es un lujo que no nos podemos permitir.
En las últimas semanas, quienes desarrollan IA han confesado públicamente que hay avances que superan sus expectativas, modelos que se automejoran y comportamientos inesperados e impredecibles de los mismos.
Estas declaraciones no son alarmismo gratuito, son señales de que la IA no es ya una herramienta pasiva, sino una fuerza que reconfigura tareas, mercados y relaciones humanas.
En tres ámbitos, la preocupación se manifiesta con urgencia: el trabajo, los servicios cotidianos y la confianza de las personas en la IA.
En lo laboral, la IA no sustituye una habilidad puntual, sino que erosiona la lógica misma del empleo basado en el conocimiento. En la historia de las transiciones industriales, la mecanización ha desplazado obreros, pero los modelos actuales y los que vienen no son especialistas, sino sustitutos generales del trabajo que se realiza frente a una pantalla.
Abogados, periodistas, contadores, analistas financieros y médicos se enfrentan ya a asistentes que leen, sintetizan, analizan y proponen con rapidez. Esto no solo acelera procesos, sino que reduce la necesidad de mano de obra intermedia, compacta los organigramas y concentra capacidades en quien desarrolla y controla las herramientas.
¿Cuál es la consecuencia práctica? Un abogado junior ya no es necesario para redactar contratos o resúmenes jurídicos, no se necesita un analista financiero para construir modelos y proyecciones, un médico no necesita asistentes que realizan diagnósticos e investigan la literatura científica.
En el mercado laboral, no habrá competencia entre los empleados, sino entre quienes tienen acceso a los mejores modelos y quienes no.
Para Colombia, con una estructura laboral que aún depende de empleos de baja productividad, esto exige políticas de reentrenamiento y, sobre todo, pensar cómo democratizar el acceso a herramientas que multiplican la productividad.
La IA ya opera en casi todas las pantallas, en atención al cliente automatizada, en sistemas de análisis de consumo y en plataformas que moderan o amplifican contenido.
Las empresas que la aplican logran ganancias claras como rapidez, personalización y reducción de costos, pero también se enfrentan a riesgos como decisiones sin transparencia, errores difíciles de corregir y la erosión de la responsabilidad de quién toma las decisiones.
¿A quién se le puede exigir explicaciones cuando un crédito es negado por un modelo cuya lógica no se entiende?, ¿quién responde cuando un diagnóstico médico asistido por IA falla?
La confianza en la IA es la tercera arista. Los expertos del sector reconocen comportamientos “extraños” en modelos que tienen como consecuencia errores técnicos y consecuencias éticas y políticas.
¿Cuánta autonomía le concedemos a la IA y bajo qué salvaguardas?, ¿podemos confiar en sistemas que influencian nuestras decisiones, formulan diagnósticos o resuelven disputas si no entendemos cómo piensan?
Frente a este dilema, hay dos respuestas falibles posibles. La primera, paralizarnos con regulaciones que pretendan detener la IA, lo cual es poco realista o, la segunda, adaptarnos a marchas forzadas sin cuestionar sus impactos, lo que generaría desigualdades y riesgos.
La alternativa responsable podría ser otra: una regulación inteligente, capacitación masiva y políticas públicas que orienten el desarrollo y la aplicación de la IA hacia usos socialmente útiles. Eso implica implementar auditoría y transparencia para los modelos críticos de IA y exigir certificaciones para sus aplicaciones, como las médicas o las financieras.
También es necesario reconocer la importancia de las relaciones humanas, la confianza, la ética profesional y la interacción personal cuando se imponen. No se trata de defender el actual status quo laboral, sino de diseñar roles y marcos conceptuales que preserven responsabilidad humana y los objetivos sociales.
En la práctica, un sistema de salud que integre la IA debe mantener al médico como responsable final, un contrato revisado por la IA debe exigir que un abogado asuma las consecuencias y un proceso judicial cuyo análisis fue asistido por modelos debe ser verificable y explicable.
Quienes desarrollan la IA nos dan una voz de alerta y es legítimo preguntarse por si sus incentivos personales están alineados con las necesidades del prójimo.
Mientras analicemos sus intenciones, los efectos prácticos ya están aquí: impacto en el empleo, decisiones automatizadas sobre la vida diaria, y nuevos riesgos para la privacidad y la seguridad.
Negar esa realidad no nos salvará de la avalancha, reaccionar inteligentemente sí.










