Hace unos meses escribí que la oposición estaba perdiendo la batalla más importante: la de la palabra. Hoy, viendo las encuestas y el nerviosismo que generan —porque quien lidera es Iván Cepeda—, confirmo que ese diagnóstico sigue vigente: nos robaron la palabra.
Lo hicieron con una precisión quirúrgica. Lograron instalar una narrativa simple y poderosa: una lucha entre ricos y pobres; buenos y malos; el pueblo contra las élites; explotados contra explotadores. Y muchos líderes políticos, empresariales y de opinión cayeron en la trampa o, peor aún, prefirieron ser cómplices por acción u omisión.
Esta estrategia no es nueva. Hugo Chávez la perfeccionó hace dos décadas. El libreto es idéntico: dividir al país moralmente, convertir el resentimiento en motor político y repetir que durante 200 años nadie hizo nada por “el pueblo”. Y funciona, porque cuando a una persona que ha vivido en la precariedad le repiten a diario que el capitalismo la explota, que los empresarios son abusivos y que su pobreza es culpa de una élite egoísta, el mensaje se termina imponiendo. Se convierte en una explicación sencilla para problemas complejos. Y cuando una historia ofrece culpables claros y promesas directas, resulta difícil no escucharla.
Y entonces aparece lo concreto: una placa huella en su vereda que le permite llegar más rápido a casa cuando llueve, que evita que la moto se entierre en el barro o que el mercado llegue sucio y mojado. Eso se ve. Eso se siente. Eso cambia el día a día, así la obra solo dure hasta el siguiente invierno.
Poco importa de dónde salieron los recursos o si provenían de proyectos más grandes, como las 5G que conectarían regiones enteras y moverían la economía del país. La comparación no es técnica, es emocional: termina siendo más relevante la obra visible en la vereda que la autopista que quizá nunca la transite.
Pasa lo mismo con el aumento del salario. Quien recibe un 23 % más no está pensando en la informalidad o en las pymes; siente que el mercado alcanza y el arriendo no asfixia. Es la misma lógica de la placa huella: un alivio inmediato que oculta el impacto real sobre la viabilidad de las pequeñas empresas y el crecimiento de la informalidad.
Mientras ese respiro se siente hoy, el relato se consolida. Nos dibujaron como los que no queremos mejores salarios ni más oportunidades; como si el bienestar fuera propiedad ideológica de un solo sector.
Por eso, descalificar a quienes votan por ese discurso como ignorantes o manipulados es un error. Lo que hay detrás es una narrativa que entendió cómo hablarle a la emoción y a lo inmediato. Mientras nosotros respondíamos con cifras, inflación, productividad y déficit, ellos conectaban con palabras como dignidad, pueblo y justicia.
Lograron, además, algo muy eficaz: etiquetar como “de derecha” a todo el que no pensara como ellos. Sin matices. Sin diferencias. En ese mismo costal metieron incluso a sectores de izquierda que entienden el daño estructural que estas políticas están generando. Convirtieron el ‘ser de derecha’ en una especie de falta moral o de delito, como si discrepar del proyecto oficial fuera prueba de maldad o de falta de corazón. No fue un descuido; fue una estrategia. Necesitaban un solo enemigo para sostener un discurso constante, simple y emocional.
Nos convertimos en los verdugos del relato y ellos en Robin Hood. Y eso, desafortunadamente, es lo que hoy reflejan las encuestas.
La pregunta es simple: ¿seguiremos cometiendo los mismos errores o vamos a cambiar la estrategia para recuperar la palabra?
La invitación hoy es clara: dejemos de hablar de Petro. Él sabe cómo escandalizar y provocar para que el país discuta durante una semana trivialidades o frases incendiarias. Entendamos que cada vez que caemos en esa trampa, perdemos el foco. Esa también es nuestra responsabilidad.
El candidato hoy es Iván Cepeda. Hacia allá deben dirigirse los esfuerzos. Con inteligencia y estrategia; sin gritos ni histeria, y sin convertirlo en mártir, pero con absoluta claridad sobre el peligro que representa y el modelo que propone.
Y, sobre todo, hay que hablarle a ese enorme porcentaje de trabajadores informales que sobrevive en el rebusque, sin estabilidad ni protección. A ellos es a quienes los candidatos deben conquistar con soluciones reales: ¿Cómo van a garantizarles las tres comidas diarias y la tranquilidad de un ingreso que no dependa del azar de cada mañana?
La estrategia del rival sigue siendo la misma. Si no recuperamos la palabra —si no volvemos a hablarle a esa Colombia sin tecnicismos, sin superioridad moral y sin insultos— seguiremos perdiendo la batalla más importante: la del sentido común.










