El viernes acompañé la inscripción de Paloma Valencia y su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo. Debo admitir que hacía mucho tiempo la política colombiana no me hacía sentir algo que creía perdido: la ilusión.
No era solo un acto protocolario. Sobre esa tarima había nueve líderes políticos que —más allá de sus diferencias y de las heridas profundas que ha dejado la política en Colombia— entendieron algo fundamental: que el país necesita mirar hacia adelante para poder avanzar. Verlos juntos, pensando en Colombia y dispuestos a construir un camino común, fue profundamente emocionante. En un país que lleva años atrapado en la polarización, ese gesto tiene un valor enorme.
Durante años nos han dicho que es imposible sentar en la misma mesa a quienes piensan distinto; que Colombia está condenada a vivir dividida entre bandos irreconciliables. Pero esa foto demuestra exactamente lo contrario.
Vale la pena referirse al trino de María José Pizarro, quien dijo no entender cómo Juan Manuel Galán podía haberse unido a Paloma Valencia, afirmando que con ello estaba traicionando las banderas que defendía su padre, Luis Carlos. La afirmación es, por decir lo menos, injusta. Si algo representó Galán fue, precisamente, la posibilidad de construir una política distinta: una política decente, capaz de tender puentes, de dialogar con la diferencia y de poner a Colombia por encima de los intereses personales o partidistas.
Eso es exactamente lo que representa esa foto: dos personas jóvenes y honestas —una mujer y un hombre— capaces de sentarse, a pesar de sus diferencias, a construir acuerdos por el país. Esto marca un contraste necesario frente a lo que ha hecho este Gobierno, que no solo terminó entregándole el país a los violentos con la llamada “paz total”, sino que además alimentó una lucha de clases y un resentimiento profundo.
Junto con esa narrativa, también se alentó el odio contra todos los que no pensaban igual. Era “todo o nada”. Quienes no opinábamos como el gobierno éramos tildados de esclavistas, racistas, clasistas, oligarcas sin corazón o, como bien decía el presidente Gustavo Petro, de los “4.000 blanquitos ricos”. Ese es el daño más grande que nos deja este gobierno; un presidente está llamado a gobernar para todos los colombianos y su misión es unir al país, no dividirlo.
Esta no es una discusión abstracta. Hoy Colombia enfrenta crisis reales que exigen acuerdos y no imposiciones. El colapso del sistema de salud ya está cobrando vidas: pacientes que no reciben medicamentos, tratamientos que se retrasan y familias enteras viviendo la angustia de un sistema que se deteriora frente a nuestros ojos.
Para salir de este embrollo necesitamos un gran acuerdo nacional. Un espacio en el que se sienten todos los actores —médicos, pacientes, clínicas, expertos, aseguradores y el Gobierno— para encontrar una salida responsable. La solución no es imponer reformas sin medir las consecuencias; la clave es que quienes piensan distinto puedan sentarse a dialogar para salvar el sistema. Claramente, el camino no es el autoritarismo, sino la construcción colectiva.
Hemos llegado a un punto en el que, antes que cualquier otro acuerdo, Colombia necesita algo urgente: hacer las paces entre los propios colombianos. Volver a entender que pensar distinto no nos convierte en enemigos; que el país no se construye excluyendo al que opina diferente, sino encontrando puntos de encuentro.
Por eso esa foto es tan poderosa: porque representa decencia, diálogo y la posibilidad de una política sin tacha. Pero, sobre todo, representa la ilusión de un país en el que todos quepamos y donde todos rememos hacia el mismo lado. Para lograrlo se necesita un liderazgo que convoque, que una y que marque el rumbo; y esta vez, siento que sí es posible. Grandes, Paloma, Juan Daniel y cada uno de los miembros de esta gran coalición. En medio de tanto ruido y división, ustedes nos recuerdan que todavía es posible hacer política pensando en Colombia.
