No hay nada más grande que la humildad. Que además poco se ve en los líderes políticos del mundo. Hoy, es más, esa cualidad parece más bien un defecto y los gobernantes se creen dueños totales del poder, dueños totales de la realidad, dueños absolutos de la verdad.
No es sino abrir el Twitter de Gustavo Petro para ver el modelo de gobernante que hoy pulula en el mundo. “Quiero ser inolvidable”, alcanzó a decir en una entrevista. Sus opositores son enemigos y hay
que acabar con ellos a como dé lugar. La verdad, las cifras o la historia, para solo mencionar dos temas, se deben acomodar a sus intereses y así lo hacen ver cada vez que mienten descaradamente o que reinterpretan los hechos para acomodarlos a su visión del mundo. Y lo peor es que no les importa, lo justifican y hasta a veces se lo creen.
Hay tantos gobernantes que caben en este modelo, de hoy y de antes, que no vale la pena mencionarlos. De izquierda y de derecha. Eso sí, muchos acabaron con sus países; Hugo Chávez y Fidel Castro son los mejores ejemplos, pero lo grave es que hoy siguen engendrando líderes que ven en esa mentira y en ese odio una manera de actuar.
Contrario a todo ese horror que hoy vivimos en tantos países, esta semana vimos en vivo y en directo un acto de humildad y de grandeza de un líder político como quizás nunca volveremos a ver o a sentir en nuestra vida. Muchos no lo entendieron, muchos lo criticaron, pero a mí me movió el alma y me aumentó la fe en la humanidad, que tan fácilmente se deteriora e incluso se pierde con todo lo que vemos todos los días a lo largo y ancho del planeta.
María Corina Machado, cuando recibió el Premio Nobel, estaba en la clandestinidad en Venezuela, luchando por la libertad y la democracia de su país. Era perseguida por un narcorrégimen que castiga a quien tiene en su WhatsApp la palabra Trump o la foto de Nicolás Maduro en manos de las autoridades americanas, gracias a los chinos que le dieron esa tecnología a la mafia venezolana en el poder. Que estuviera viva y no muerta o en una cárcel del régimen siendo torturada, ya de por sí era un milagro.
¿Qué dijo en ese momento cuando en esas condiciones habló por primera vez sobre ese reconocimiento mundial que le habían entregado? Este Nobel no es para mí, es para el pueblo venezolano. En ese instante mostró la grandeza de ser humano que es María Corina Machado. Sin embargo, unos meses después, Machado nos mostraría que lo que dijo ese día no era un pronunciamiento para la tribuna, sino que en realidad era la muestra de una líder única en el mundo por su humildad, por su grandeza y por su compromiso con la libertad.
El jueves pasado, en un almuerzo con el hombre más poderoso del mundo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, María Corina le entregó la medalla del Nobel como un acto de agradecimiento por la lucha que Estados Unidos, en cabeza del presidente, hace por la recuperación de la libertad de su país. “Hace dos siglos, los herederos de la libertad estadounidense nos enviaron su reconocimiento; hoy, el pueblo de Bolívar le entrega al heredero político de Washington esta medalla como gratitud por devolvernos la nuestra”, le dijo.
La referencia a la que hizo alusión María Corina no es cualquiera. En 1825, en pleno final de la campaña libertadora en Perú y Bolivia, el héroe francés de la revolución americana, el marqués de Lafayette, gran amigo de George Washington, le envió a Simón Bolívar una medalla y un retrato del prócer estadounidense como reconocimiento a su increíble lucha por la libertad de nuestras naciones.
Sin haber obtenido la total libertad para Venezuela, este reconocimiento de esa gran líder hacia Trump lo compromete con el final de esta lucha por la libertad. Machado mostró que su entrega por Venezuela está por encima de todo y que el ego, ese gran enemigo de la generosidad, del reconocimiento y de la humildad, no va a ser un obstáculo en su lucha.
En un simple acto, desprendió el Nobel del reconocimiento individual y lo entregó al de la lucha por la libertad de Venezuela. ¿Habrá una señal más clara de grandeza? No, no la he visto en mis 64 años de vida.
Trump obviamente agradeció el magnánimo gesto y reconoció a Machado como una mujer “maravillosa y valiente”, y la entrega de la medalla como un “gesto maravilloso de respeto mutuo”. Y como dijo María Corina al salir de la Casa Blanca con una sonrisa de oreja a oreja: “Contamos con Donald Trump para la libertad de Venezuela”.
Alfred Nobel hoy debe tener una sonrisa en los labios. Y los que amamos la libertad y la queremos para Venezuela también. Gracias por tu grandeza, María Corina. Eres un ejemplo para todos.










