OPINIÓN

Luis Guillermo Giraldo Hurtado

La izquierda contra el cerebro

Si por estos teorizantes de la izquierda fuera, nunca se redimirían los conflictos.
24 de febrero de 2026, 10:10 a. m.

Las predicciones de la izquierda, por lo general y en lo esencial, han resultado fallidas. Marx —nada menos que Carlos Marx— le escribió al presidente Lincoln felicitándolo por su reelección. Justificó la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, no por motivos humanitarios, sino aduciendo que ello llevaría a la implantación más esencial del capitalismo allá, lo cual, a su vez, exacerbaría la lucha de clases, con la consiguiente implantación del comunismo en ese país del norte. 161 años después, ¿qué podemos pensar de ese vaticinio y su profeta?

Con el pasar de los años, la Nueva Izquierda descubrió que los trabajadores se habían aburguesado. Con ellos, no más revolución, no más lucha de clases; entonces esta última la sustituyeron por múltiples conflictos. Como al decir de Kant, el ser humano es alguien de “insociable sociabilidad”, encontraron filones. Que la mujer, sometida por el patriarcado, debe enfrentar al hombre; los negros, discriminados, a los blancos; igual los indígenas; los inmigrantes versus los nativos; las minorías religiosas replicando a las mayorías. Y otros más.

Los anteriores casos, alegaron, son fuentes de discriminación e injusticia. Algunos, serios profesores y otros en medio de elecciones, hasta llegaron a organizar a los gordos, discriminados en favor de los flacos; y a las feas, marginadas en beneficio de las bellas. Estos dos últimos casos pueden parecer parodia, pero son realidad.

Difíciles e insolubles conflictos de identidades, los validaron los teóricos de la Nueva Izquierda. En Sobre lo político, Chantal de Mouffe: “La idea de consenso… es incapaz de reconocer el carácter constitutivamente conflictivo de las identidades políticas”. En Emancipaciones, Ernesto Laclau, sobre el consenso: “Toda sutura social es necesariamente precaria y contingente”. Y en su obra Desacuerdo, Étienne Balibar: “La política comienza allí donde el consenso se revela imposible”.

Herencias de la Escuela de Frankfurt, del siglo XX, con Theodor Adorno y Max Horkheimer sostuvieron que el cine, el teatro, la televisión y la literatura funcionan para generar el conformismo y, desde este último, la manipulación política, el sometimiento cultural y la explotación económica. Pobre nuestro cerebro, entonces, en guardia en contra de aquello que creíamos inocentes goces para disminuir el estrés.

Su descendencia fue el movimiento Woke. En un principio, impecable: luchar contra las discriminaciones nacidas de las diferentes identidades. Pero se convirtió en la fuente de conflictos permanentes. Si eres negro, no aceptes la igualdad con los blancos, pues con eso te robarán tu identidad; si eres mujer, no admitas la igualdad con el hombre, porque eso significa renunciar a tu condición femenina.

Insisto: el conflicto como algo permanente y sin solución. Y la pregunta: si lo político no puede traspasar los límites biológicos, ¿qué le ocurriría al cerebro humano en una sociedad de conflictos permanentes e insolubles? Viene la neurociencia, y lo que escribo a continuación es tema comprobado por científicos e investigadores.

A aquellos a quienes se les insiste en que están siendo discriminados, cuando lo asumen, se les genera el llamado cerebro indignado, emoción esta que se asienta en la parte límbica del cerebro, la no racional, y que —además— puede inhibir el funcionamiento del neocórtex, la parte que razona y nos pondera y luego nos coloca en la realidad. Aquellos que supuestamente discriminan se considerarán como enemigos, y se deberá proceder a combatirlos, sin posibilidad de diálogo o consenso.

Cuando se divide la sociedad entre amigos versus enemigos, la compasión, ese bello sentimiento humano, ya no funciona para con el antagonista. Los investigadores señalan un ejemplo. Si en un combate, un soldado lanza un misil y mata a doce enemigos, habrá aplausos; si a renglón seguido, desde el otro ejército, un misil acaba con su mejor amigo, habrá rabia y lágrimas. El contrario nada vale, y quizá por esa razón la izquierda se lleva el primer lugar en la organización mundial de guerrillas, especializadas en cada país, en discriminar peligrosamente entre amigos-enemigos. Y por eso los guerrilleros siempre han procedido como aquel soldado de aquella historia.

Si por estos teorizantes de la izquierda fuera, nunca se redimirían los conflictos. Sin embargo, el cerebro humano ha sido configurado para sobrevivir mediante su solución. No está capacitado para convivir con ellos sin poder superarlos. Imaginarse un Homo sapiens primitivo, viviendo rodeado de continuos, innumerables y no identificables tigres de sable, sin poder evacuar ese problema. Igual ocurriría ahora, cuando los posibles enemigos estarían en el hogar (el hombre en el matrimonio), en las calles, en el trabajo (los blancos allí contra los negros), etcétera.

La mejor colaboración para el estrés, mucho cortisol constante, daño mental, desajuste emocional, depresión, miedo, ese es el panorama que les proponen a las sociedades estas izquierdas. Identidades en permanente enfrentamiento. Casi que la destrucción de los cerebros de los asociados.