El trío escogido para dárselas de duro ante su nuevo patrón lo delata. Puede engañar a Trump, pero no a los colombianos que seguimos a los grupos armados.
Incluye a Mordisco y deja por fuera a Calarcá; mete a alias Pablito, que lleva un tiempo en el ostracismo y su aniquilación no cambiaría nada entre los rojinegros, y no menciona a Antonio García, eterno avivador de la criminalidad de su banda; ni una palabra de Iván Márquez, que mandó asesinar a Miguel Uribe Turbay, ni de John 40, el narcotraficante por excelencia de la Nueva Marquetalia.
Los cuatro últimos residen en Venezuela bajo el ala del tambaleante chavismo. Nada más sencillo que haber pedido a Trump sus cabezas ahora que cuenta con una abyecta lacaya en el Palacio de Miraflores.
Después de la visita a Washington, vendida por el Palacio de Nariño como un éxito arrollador, hay que reconocer que nunca en la historia de Colombia la Lista Clinton tuvo tanta incidencia en la lucha contra las guerrillas.
Que Gustavo Petro ordene bombardear a sus amigos del ELN es la demostración fehaciente de que su repentino giro de 180 grados, con arrodillada desvergonzada, obedece a un único e inconfesable fin: que los saquen de la OFAC para que Verónica viva y gaste en Europa sin restricciones y él pueda viajar por el mundo sin tropiezos para difundir su delirante y rancia cháchara después del 7 de agosto.
El simple hecho de que un jefe de Estado acepte recibir una visa exclusivamente para cinco días, plazo que cualquier persona, no solo un izquierdista antiyanqui, consideraría humillante, deja nítido que Petro estaba dispuesto a aceptar lo que fuera con tal de conseguir su propósito.
Pero, también, que la izquierda colombiana, con su acostumbrada incoherencia, narrativa tergiversadora y asombrosa habilidad para disfrazar verdades, vendería el producto como un triunfo de su líder galáctico.
Lo cierto, sin embargo, aparte de las sonrisas y las frases amables de Trump, es que Gustavo Petro agachó la cabeza, empezando por cumplir los horarios, vestir de saco y corbata y posar entusiasmado junto al que consideraba una reencarnación de Hitler.
También debería avergonzar al Pacto Histórico la volteada, pasar de denostar con furia al mandatario republicano a aplaudir a su jefe luciendo la inconfundible cachucha roja de MAGA como señal de victoria. No tienen recato al gritar a la derecha, con aire triunfal, que Trump y Petro se aman, mientras aceptan unos bombardeos ordenados solo para agradar al gringo.
Por si alguien aún duda del objetivo personal de Petro en su cita norteamericana, bastaría con repasar lo sucedido en el Catatumbo. De espaldas al país y en contravía con sus anuncios de mano dura con el ELN, La FM de RCN reveló que había enviado una comisión secreta, paralela a la oficial de Vera Grave, para hablar con la banda criminal. Pero en su afán de conquistar a Trump, mandó el rápido ataque a un campamento previamente localizado, pese a que ese grupo misterioso estaba en la zona reunido con los elenos.
Imposible mayor incongruencia y desprecio por su gente y por Colombia. Es el presidente del doble discurso, de la mentira, del engaño permanente.
Si a Petro le preocupara la violencia que asola al país, tanto urbana como rural, con disparada del secuestro y reclutamiento de menores, entre otros crímenes atroces, habría tomado medidas contundentes desde el inicio de su mandato para frenar, por ejemplo, el fortalecimiento del ELN no solo en el Catatumbo, también en Arauca, en lugar de apoyarlo.
En este espacio he denunciado en diferentes ocasiones que la banda delincuencial de Antonio García es la auténtica autoridad en Arauca; lo demás (Fuerzas Militares, Policía, Fiscalía, jueces y organismos de control) son convidados de piedra. Cuentan con la complicidad de supuestos defensores de derechos humanos, asociaciones campesinas, periodistas, políticos y empresas, y Petro lo conoce a la perfección, igual que los araucanos. Pero la población civil hastiada de la guerrilla no puede denunciar porque los desplazan o matan.
Jamás han celebrado allá elecciones libres ni lo serán las próximas. La sorpresa para el petrismo es que el ELN atentara el miércoles contra un senador del Gobierno. En el Palacio de Nariño no inquietaba la violencia política, convencidos de que el departamento solo estaba vetado a los candidatos opositores.
Supongo que los cómplices correrán a pedir explicaciones a los gatilleros por el sangriento mensaje, luego esperarán a que baje la espuma y los convencerán de que Iván Cepeda no ha cambiado, que esa otra comisión prueba que el diálogo sigue abierto y que les darán lo que pidan en el siguiente Gobierno si el petrismo repite mandato.
Les dirán que unas bombas y unos pocos adultos y menores sacrificados en aras de que Petro salga de la fastidiosa la Lista Clinton no justifica romper la camaradería de siempre. Es cuestión de paciencia.










