OPINIÓN

Luis Guillermo Giraldo Hurtado

La muerte del arrepentimiento

Más seguridad ética, más respeto hacia nuestros semejantes y la comunidad.
26 de enero de 2026, 5:15 p. m.

De Voltaire, gran polemista, intermitente perseguido y encarcelado, se cuenta que cuando agonizaba se le preguntó si se arrepentía y renegaba del demonio, a lo cual respondió: “¡Señor, este no es el momento de hacer más enemigos!”. Aunque se contradijo, demorado, porque mucho antes, en Nadine, había escrito: “El menos imprudente, aquel que más pronto llega a arrepentirse”.

Al contrario de lo que se cree, sentimientos, emociones y conciencia, en los humanos, han evolucionado en la historia. Han cambiado. Hoy, por ejemplo, está desapareciendo o modificándose el sentido de la culpa; y con ella agoniza el arrepentimiento.

Los respetados antiguos estoicos griegos ―hoy revividos en los libros de autoayuda―, responsabilidad tuvieron en lo anterior, porque soslayaron lo moral y trataron la culpa como una aflicción que debía superarse. Y también muchos psicólogos y psiquiatras importantes, que en esa línea escribieron y la trataron solo como un tema de curación.

Desfigurada la culpa, no puede generar arrepentimiento.

Los existencialistas predicaron que en este mundo absurdo no hay verdades absolutas a las cuales referirse para sentirla. El extranjero de Camus, homicida con desgano, no llega a padecerla. Y Foucault, tan influyente, aseguró que la verdad es cuestión relativa, definida por cada transitorio poder. O sea, que sin una referencia moral firme, universal, tampoco habrá culpa ni su subsiguiente arrepentimiento. Dios ha muerto, certificó, cual autodenominado notario, Nietzsche; y Dostoyevski advirtió: si Dios no existe, todo estará permitido. Tal vez por las anteriores razones ―y aun sin ellos saberlas―, no se conoce al primer corrupto que haya expresado o sentido arrepentimiento… salvo si fuere condenado e intimidado y desde la cárcel; y solo por ello mismo. De permitírselo, reincidiría.

Tal vez fue mejor, con culpas y arrepentimientos, el mundo de antes. Más seguridad ética, más respeto hacia nuestros semejantes y la comunidad; más pudor, menos desfachatez, más control social. Alguien aseguró que arrepentirse es perdonarse a uno mismo, porque la culpa impone reflexionar, conocernos, ser testigos de nuestro interior y rectificarnos y mejorarnos. “Un espíritu dentro de mí se renueva”. Y si se trata de un daño, nada mejor que el arrepentimiento activo, con el sentido de reparación. Su mejor ejemplo lo fue Oskar Schindler, el de la lista y la película. Militante nazi explotó la mano de obra de los judíos, se arrepintió y salvó a 1.200 de ellos, con peligro para su vida.

Desmerecemos en el escenario de nuestra humanidad interior si allí faltan la culpa y el arrepentimiento. Porque son dos formas de neutralizar al cínico que todos llevamos dentro. No arrepentirse es negarse a sí mismo nuevas oportunidades, estas sí éticas y limpias.

Hoy, arrepentirse se considera cuestión de tontos. Pero, por el valor de rectificarse y por la humildad que conlleva, quien se arrepiente merece una venia de solidaridad en nuestra alma, una sonrisa de aliento y una señal de comprensión y de hermana admiración.

Joubert, “Pensamientos”, título, 6: “El arrepentimiento es un conato de la naturaleza por desterrar de nuestra alma los principios de su corrupción”. Sin la culpa, sin el arrepentimiento, ¿qué será, entonces, de este mundo con su corrupción hoy galopante?