Cada vez que abrimos el botiquín de nuestra casa hay una historia que no vemos. Detrás de cada tableta, jarabe o inyección existe una cadena de producción, transporte, almacenamiento y disposición final que también deja huella, una huella que es invisible para el paciente, pero tangible para el planeta.
El debate sobre el cambio climático suele centrarse en la industria pesada o en el transporte; sin embargo, el sector de la salud, paradójicamente dedicado a preservar la vida, también enfrenta el desafío de reducir su impacto ambiental. De hecho, el 15 % del total de residuos generados por actividades sanitarias es peligroso, incluidos residuos infecciosos, químicos y radioactivos, de acuerdo con la OMS. Además, hasta el 95 % de los hogares mantienen medicamentos no usados, lo cual incrementa los residuos mal gestionados, según el último informe de Pharmacy Reports.
Como los demás productos, la fabricación de medicamentos demanda recursos naturales, energía y logística especializada; así mismo, cuando estos productos se desechan de manera incorrecta, pueden contaminar fuentes hídricas, afectar ecosistemas e incluso generar riesgos sanitarios adicionales. Lo cual ya es visible, pues, según dio a conocer el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en los últimos años, se han detectado 631 medicamentos o subproductos farmacéuticos en el ambiente de 89 países, con presencia en ríos, lagos, aguas subterráneas y agua potable.
Por lo tanto, aquí es donde la sostenibilidad deja de ser un concepto ambiental abstracto y se convierte en un asunto de salud pública. Pues si el entorno se deteriora, aumentan las enfermedades respiratorias, gastrointestinales y crónicas; si los residuos farmacológicos terminan en ríos o rellenos sanitarios sin tratamiento adecuado, se generan nuevos riesgos para las comunidades. Por lo que surge una pregunta inevitable: ¿podemos hablar de bienestar si ignoramos el impacto ambiental de los medicamentos que consumimos?
Este desafío no recae únicamente en las empresas o en el Estado, sino también en los ciudadanos. Comprar solo lo necesario, evitar la automedicación, revisar fechas de vencimiento y llevar los medicamentos en desuso a puntos autorizados son acciones simples que tienen efectos profundos. La sostenibilidad en la salud no implica restringir el acceso; implica usar mejor los recursos, reducir desperdicios y fortalecer la responsabilidad compartida.
Así, la salud no termina en la fórmula médica, continúa en cada eslabón de la cadena, que hace posible que un medicamento tenga el uso y sea desechado de manera correcta. Porque si no se gestiona con criterios ambientales claros, puede convertirse en parte del problema ambiental, de salud pública y de deterioro del entorno.
Como sociedad, tenemos en nuestras manos no solo fabricar, consumir o distribuir los medicamentos que curan enfermedades, sino también evitar que el remedio sea peor que la enfermedad. La verdadera innovación será aquella que logre que cada medicamento tenga una huella más ligera y un impacto más consciente.










