OPINIÓN

Luis Carlos Vélez

¿La Paloma de Santos?

Paloma Valencia, mujer valiosa e inteligente, está haciendo una apuesta arriesgada que va en contravía de la lógica partidista y la polarización actual. Oviedo, un ser humano excepcional. Pero Abelardo está siendo extremadamente coherente.
14 de marzo de 2026, 4:03 a. m.

La reciente decisión de Paloma Valencia de escoger a Juan Daniel Oviedo como su fórmula vicepresidencial ha desatado todo tipo de especulaciones. La pregunta es inevitable: ¿cometió un error o es una gran estratega? Yo tengo dudas. Me explico.

Existen, al menos, dos interpretaciones que circulan con fuerza en los círculos políticos. La primera apunta a una presión significativa proveniente de sectores asociados al santismo, interesados en ver a Oviedo dentro de la fórmula. La segunda tiene una explicación más técnica: los resultados de diversos focus groups y estudios de opinión que sugerirían que, para derrotar a un candidato de izquierda como Iván Cepeda en una eventual segunda vuelta, Valencia necesitaría ampliar su espectro electoral y tender puentes hacia un centro político que, aunque debilitado, sigue siendo decisivo en una elección cerrada. Entendible, no definitivo.

En ese contexto, y tras evaluar varias alternativas –entre ellas nombres que incluso provienen de la administración de Gustavo Petro, como el exministro Alejandro Gaviria–, Valencia habría optado finalmente por Oviedo. Una decisión que, en el papel, podría interpretarse como un intento de construir una coalición más amplia.

Pero la verdadera pregunta no está en la segunda vuelta. Está en la primera. Esto es una carrera de etapas, no de velocidad. Es secuencial.

Las elecciones presidenciales en Colombia tienen una dinámica particular. En la práctica, la primera vuelta funciona de manera similar a lo que en Estados Unidos se conoce como una primaria. Allí es donde cada corriente política define quién será su verdadero representante. Y en este ciclo electoral es muy probable que ese primer round enfrente a un candidato claro de la izquierda con dos aspirantes provenientes de la derecha.

Es decir, antes de pensar en derrotar a la izquierda, la derecha tendrá que decidir quién la representa.

En los sistemas con primarias, los candidatos suelen consolidar primero su base. Refuerzan sus credenciales ideológicas y buscan conectar con los votantes más comprometidos de su sector político. Solo después intentan expandirse hacia el centro. La lógica es sencilla: sin base, no hay candidatura viable.

Por eso vale la pena hacerse una pregunta fundamental: ¿qué define hoy a la derecha colombiana?

El primer elemento es, sin duda, la seguridad. El debate alrededor del proceso de paz y de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) sigue siendo una línea divisoria clara en la política nacional. Para amplios sectores de la derecha, estos temas son centrales en su visión del país.

El segundo es el tamaño del Estado. Tradicionalmente, la derecha colombiana ha defendido la idea de un Estado más pequeño y eficiente, en parte por la percepción –cada vez más extendida– de que el aparato público carece de capacidad de gestión y ejecución.

El tercero tiene que ver con valores sociales. Aunque Colombia es una sociedad diversa y cada vez más abierta, persiste entre muchos votantes de derecha una inclinación hacia visiones más tradicionales en ciertos temas culturales.

La llegada de Oviedo a la fórmula introduce tensiones precisamente en esos tres frentes.

Por un lado, es conocido que el expresidente Juan Manuel Santos agradeció públicamente a Oviedo por haber contribuido a poner sobre la mesa la discusión del proceso de paz desde su rol institucional. Por otro, varias de sus posiciones en materia económica no apuntan necesariamente a una reducción del tamaño del Estado, sino más bien a mantener su estructura actual. Y, finalmente, Oviedo es un miembro reconocido de la comunidad LGBTQ, un hecho que para algunos sectores conservadores podría resultar difícil de procesar políticamente. Sus posiciones, incluso sobre temas tan delicados como el cambio de género de los niños, son a lo menos controversiales.

Todo esto no significa que la decisión sea equivocada. Pero sí plantea un dilema estratégico evidente.

En teoría, la apuesta busca atraer al centro. El problema es que ese centro hoy parece cada vez más pequeño, más difuso y menos movilizado electoralmente. Mientras tanto, las bases ideológicas –las que realmente votan en la primera vuelta– suelen reaccionar con mayor fuerza ante señales de ambigüedad programática.

Y allí está el verdadero riesgo.

Si el uribismo –o, más ampliamente, la derecha colombiana– es efectivamente más grande que la figura de Álvaro Uribe, entonces su base política sigue teniendo una identidad clara, unas prioridades definidas y unas líneas rojas reconocibles.

La pregunta es si esta fórmula logra interpretarlas… o si, en el intento de conquistar el centro, termina debilitando el entusiasmo de quienes primero tienen que llevar a Paloma Valencia a la segunda vuelta.

Porque en política, como en el ajedrez, cada movimiento tiene consecuencias.

Puede que ser la “Paloma de Santos” sirva en segunda vuelta.

Puede que ser la Obama de la derecha funcione frente a Cepeda, pero no se puede ignorar que las banderas de las minorías y la llamada “política de la identidad” son estrategias de la izquierda y el globalismo. Si con esto logra convencer a las bases de su movimiento, sería la primera candidata mujer en el mundo de derecha que, con fundamentos prestados de la izquierda, logra convencer a su espectro.

Paloma Valencia, mujer valiosa e inteligente, está haciendo una apuesta arriesgada que va en contravía de la lógica partidista y la polarización actual. Oviedo, un ser humano excepcional. Pero Abelardo está siendo extremadamente coherente. Veremos.