OPINIÓN

Vicealmirante (RA) Antonio José Martínez Olmos

La soledad de un teniente en la guerra de drones

Crónica de dos guerras en el río Caquetá, separadas por 35 años y un cielo que ya no es el mismo.
20 de febrero de 2026, 1:05 p. m.

Escribir durante años sobre geopolítica, estrategia militar y la arquitectura del poder representa mucho más que una vocación natural. Es observar estructuras, analizar sistemas, estudiar y comprender cómo se reconfiguran los equilibrios estratégicos en el entorno.

Pero el poder del Estado no se mide únicamente a través de documentos, doctrinas, datos estadísticos o cartas de navegación. También se mide en las cubiertas de los buques, en los recintos de guardia o en las barracas de los soldados. Allí, lejos de los escritorios, también se toman decisiones que pueden alterar el rumbo de un país.

Cuando la naturaleza del conflicto evoluciona, la reflexión estratégica debe descender al terreno donde adquiere sentido. No es un abandono del análisis; es el reconocimiento de que hay escenarios donde el Estado se juega algo más que una tesis. He aquí una reflexión convertida en opinión:

El amanecer sobre el río Caquetá sigue oliendo a aguas oscuras, gasolina y pólvora. En el sur colombiano, en esa región que casi nunca visita la noticia y rara vez pisa un ministro, el Estado se juega buena parte de su dignidad en una franja de selva que los mapas resumen con un trazo azul.

Treinta y cinco años atrás, un joven teniente comandaba una patrullera fluvial por estos mismos recodos. Su mundo era horizontal. El peligro venía de las orillas: de la guerrilla que se había adueñado del narcotráfico, de los fusiles que se asomaban entre la maleza, de las ametralladoras que abrían fuego desde la sombra. El fuego cruzado tenía dirección y distancia: estribor —la banda derecha— y babor —la izquierda—; en la proa más arriba de la roca, en la popa más abajo del árbol.

Aquel teniente aprendió a escuchar la selva. Sabía distinguir cuándo un tronco caído era solo un tronco y cuándo podía ser una trampa; cuándo el olor a leña era fogón y cuándo era antesala de una emboscada. Podía acostarse a dormir después de una larga noche de navegación, con el cuerpo aún vibrando al ritmo del motor y el eco lejano de las ráfagas en los oídos. Sabía que, si algo llegaba, vendría desde alguna de las bandas del río y alguien gritaría “¡ataque por estribor!” antes del primer impacto. El cielo, entonces, era solo cielo: un techo oscuro lleno de estrellas, no un lugar desde donde pudiera caer la muerte. En esa soledad del mando, aprendió que, en los momentos de altísimo estrés, debía actuar como un hombre de pensamiento y pensar como un hombre de acción.

Su angustia logística era otra. Además de pensar en la emboscada, pensaba en los repuestos que no llegaban: los resortes y percutores de las ametralladoras que ya sumaban años de servicio; los bujes de los propulsores que se gastaban tras muchos años de operación sin que apareciera el relevo. Sabía lo que era amarrarse a un barranco con la preocupación de que, al día siguiente, una pieza pudiese fallar en pleno combate y lo obligara a improvisar con grasa, alambres y herramientas viejas. Su guerra lo empujaba a inventar soluciones mecánicas con lo poco que tenía, en un país donde muchas veces los repuestos se quedaban en algún escritorio, muy lejos del Caquetá.

En 2026, otro teniente —apenas un año mayor o menor que aquel— comanda una patrullera fluvial en el mismo río. El casco es distinto, los equipos son otros, los mapas digitales sustituyeron a algunos croquis a lápiz, pero la escena se reconoce: la misma curva que obliga a reducir máquinas para hacer la bordada, el mismo caserío que enciende tres bombillos amarillos al caer la noche, la misma bruma pegajosa que se queda en la ropa y en la memoria.

Él también viste el mismo uniforme y luce sus insignias con orgullo. Siente, como sintió el otro, el peso silencioso de la soledad del mando: esa certeza de que, cuando algo salga mal, la decisión final siempre será suya. Pero la guerra que vive ya no es la misma. Este teniente pelea en un mundo donde el peligro dejó de ser horizontal.

El teniente de antes guardaba en el bolsillo de su camuflado la foto doblada de su novia, aquella odontóloga bonita que, sin saberlo, algún día terminaría siendo la abuela de sus nietos. La miraba en las noches de fondeo, con linterna tenue, como si en ese pequeño rectángulo de papel cupiera una promesa de futuro.

El teniente de hoy también se aferra a una imagen, pero de otro modo: entre patrullaje y patrullaje, cuando la señal lo permite, revisa en su celular la última historia de Instagram que su novia acaba de publicar. Ella no está en un papel que se gasta, sino en una pantalla que se actualiza; la distancia es la misma, solo que ahora llega en forma de notificación.

Lo que lo inquieta no es tanto lo que pueda moverse en la orilla, sino lo que pueda estar suspendido sobre su cabeza. Cuando el motor se estabiliza y la patrullera ajusta su velocidad, el paisaje sonoro parece el de siempre: el rugido grave de la máquina, el chapoteo del agua contra el casco, alguna voz que da indicaciones, algún golpe de metal contra metal en la cubierta. La selva hace su parte con un coro de insectos y aves que, para oídos entrenados, también marcan rutina.

Lo distinto llega como una nota falsa en esa orquesta: un zumbido delgado, eléctrico, que no se sabe bien de dónde viene. Al principio es solo una sospecha. ¿Es el motor? ¿Es un animal? ¿Es el eco de otra embarcación? El teniente afina el oído y vuelve a escuchar. Ahí está otra vez: un sonido persistente que parece flotar encima de todo lo demás.

No ve nada en el cielo. Mira hacia arriba; sus hombres también. Unos entrecierran los ojos, otros se cubren con la visera de la gorra para enfocar mejor. El cielo, gris y bajo, no muestra más que su propia indiferencia. Pero la sensación permanece: hay algo allí. Algo pequeño, algo que no estaba en la guerra de hace 35 años.

Ese algo es un dron.

No necesita acercarse mucho para cumplir su misión. A veces viene cargado, capaz de soltar un pequeño explosivo improvisado sobre la cubierta. Otras veces solo observa, graba, mide. Desde algún lugar —una finca al otro lado de la selva, un claro improvisado, un pueblo cercano— alguien mira una pantalla en la que la patrullera es apenas una silueta clara recortada contra el río oscuro. Para ese alguien, el teniente y sus hombres son figuras diminutas moviéndose en un tablero.

El primer teniente, el de la guerra antigua, podía leer el peligro a simple vista: una sombra en un costado, un brillo anómalo por la proa o un silencio repentino de pájaros en alguna de las márgenes. Su guerra se pensaba en planos: río, encallada, ataque o colisión. Sabía que la balística obedecía a trayectorias que podía imaginar, que los proyectiles llegaban desde puntos que podían señalarse con el dedo.

El teniente de 2026 tiene que imaginar otra geometría. Su mapa mental ya no se limita a las bandas del río. Sabe que, por encima de los árboles y de la bruma, hay un segundo campo de batalla que no domina: el del cielo bajo donde vuelan los drones. En su cabeza, el peligro tiene tres dimensiones, pero sus herramientas siguen ancladas en un mundo de dos. No es solo que la amenaza venga desde arriba; es que viene desde un lugar que él no puede ver, aunque lo esté mirando directamente.

Su angustia logística también cambió. Ya no piensa tanto en los bujes del propulsor —aunque tambien los necesite—, sino en algo que pronto llegará: un sistema capaz de bloquear la señal del dron, un equipo moderno que le puede representar la diferencia entre la vida y la muerte. Para el primer teniente, improvisar significaba ajustar una pieza, adaptar un repuesto o reparar un arma con las manos. Para el segundo, no hay improvisación posible frente a una señal que viene del cielo: sin un medio electrónico, no hay maniobra que inventar, solo decisiones tomadas con la incómoda certeza de estar en desventaja desde el primer segundo.

La soledad del mando también cambió de textura. Para el teniente de antes, se sentía en el momento de dar la orden de abrir fuego, de decidir si avanzar o retroceder cuando la patrullera recibía disparos desde ambas bandas. Era la soledad de quien está rodeado de hombres, pero sabe que nadie puede decidir por él. Para el teniente de ahora, la soledad se siente incluso cuando no hay un solo disparo. Es la soledad de saber que él es el único que, aun sin ver nada, debe decidir si ese zumbido es una amenaza real o un ruido más del río; si sigue la ruta planeada o altera el rumbo; si se queda expuesto unos minutos más o acelera sin tener claro hacia dónde. Nadie puede tomar esa decisión por él, y sin embargo nadie puede asegurarle que exista una decisión correcta.

La noche tampoco es la misma. Para el teniente de antes, cuando el motor se apagaba y la guardia quedaba montada, la oscuridad traía una tregua frágil. El cielo, salpicado de estrellas, era una especie de techo neutral. Sí, podía haber asedios y ataques nocturnos, pero el silencio tenía un peso propio, casi protector.

Para el teniente de hoy, la noche es solo otro ángulo del mismo problema. El cielo no deja de ser un posible origen de amenaza solo porque uno no lo vea. Si el día engaña con su gris uniforme, la noche engaña con su negro compacto. Donde antes el soldado miraba las estrellas para orientarse o distraerse, ahora las mira con desconfianza: cualquier luz que no entienda, cualquier parpadeo fuera de lugar, se convierte en sospecha.

La guerra de drones no se mide solo en ataques, sino en la calidad del miedo que deja. No se trata únicamente de cuántas veces baja algo del cielo, sino de cuántas veces se intuye que podría bajar. El teniente se acuesta en su litera y aún escucha, en la memoria, el zumbido. Hay noches completas sin un solo disparo, pero no hay una sola noche completamente tranquila.

Si alguien colocara las dos escenas una al lado de la otra, vería muchas semejanzas: el mismo río Caquetá, la misma patrullera, los mismos chalecos, incluso algunas órdenes repetidas palabra por palabra. Vería también dos uniformes impecables, dos pares de insignias que se camuflan bajo el sol húmedo de la selva, dos muchachos que se saben responsables de algo mucho más grande que ellos mismos. Ese es el “todo” que comparten las dos guerras.

La “nada” aparece cuando se les pregunta cómo suena el peligro.

Para uno, era un fogonazo y un grito: “¡¡Ataque por babor (izquierda)!!”.

Para el otro, es un ruido casi insignificante en el cielo, sin aviso y sin rostro.

El teniente de antes podía dormir unas horas sin pensar que el cielo fuera un enemigo. El de ahora, aún agotado, sigue escuchando en el fondo de su cabeza la posibilidad de un zumbido que lo despierte no con un grito, sino con una sacudida y una explosión. El primero se jugaba la vida en un combate donde veía —al menos por momentos— el lugar desde donde le disparaban. El segundo se la juega en un tablero donde la amenaza puede ser solo un punto invisible sobre su ruta.

Esta es la crónica del año 2026 en el río Caquetá: la historia de un teniente que patrulla un río viejo en una guerra nueva. No necesita discursos ni grandes conclusiones. Basta con imaginarlo, de pie en la cubierta, mirando unas aguas que ya otros miraron y un cielo que nadie había aprendido a temer así.

El río es el mismo. El uniforme es el mismo. La soledad del mando, también. Lo único que cambió —y lo cambió todo— es desde dónde llega el miedo…

Dedicado a decenas de tenientes y sus tripulaciones quienes, a lo largo y ancho de la geografía nacional, exponen sus vidas para que millones de colombianos podamos dormir tranquilos.

Honor a quien honor merece.

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