En Colombia, las consultas presidenciales se venden como la gran obertura democrática: un despliegue de oratoria y cifras que promete prefigurar el desenlace final. Sin embargo, bajo la lupa del rigor, el espejismo se disipa. Históricamente, estos ejercicios han resultado ser, en su mayoría, llamaradas de tusa. Convocan multitudes un domingo, pero ese entusiasmo se evapora en el momento de la verdad. Lo que se disfraza de solidez partidista o de alianza indestructible termina revelándose como simple efervescencia.
Para comprender la magnitud de esta ilusión óptica, conviene examinar más de un naufragio ejemplar. Tres casos ilustran, con contundencia aritmética, cómo las consultas sin favoritos reales se convierten en globos inflados por la expectativa y reventados por la realidad. Veamos.
El espejismo de Pardo (2010)
El liberalismo movilizó a 1,3 millones de almas en su consulta. Rafael Pardo, ungido con 398 mil votos, avanzó hacia la primera vuelta con expectativas de gigante, pero la realidad fue un golpe seco: en primera vuelta apenas arañó los 636 mil sufragios. Más de la mitad del caudal de la consulta se esfumó en el camino. El evento sirvió como un placebo anímico, pero no como cimiento electoral para mayo.
La inercia de De la Calle (2018)
Ocho años después, el liberalismo repitió la fórmula movilizando 744 mil votos. Humberto de la Calle, vendiendo la idea de que había logrado la paz, capturó 365 mil. ¿Y cuál fue el resultado en primera vuelta? 399 mil votos. Apenas sumó 33 mil apoyos nuevos; o sea, el 46 % de los participantes en la consulta (345 mil personas) se disolvieron en la nada. La consulta, en lugar de inyectarle vida a esa candidatura, concretó su declive.
La quimera de Fajardo (2022)
La Centro Esperanza congregó a más de 2,1 millones de electores, una cifra que embriagó de optimismo a Sergio Fajardo tras ganar con 723 mil apoyos. El despertar fue brutal: 888 mil votos en la primera vuelta. Matemáticamente, 1,27 millones de votantes de esa consulta (el 59 %) le dieron la espalda. O sea, lo que pintaba como una consagración colectiva acabó en tragedia aritmética, dejándolo con un respaldo inferior al que su propia coalición prometía. Con razón su rechazo a las consultas.
Estos tres episodios ilustran globos que se desinflan. Pardo, De la Calle y Fajardo vieron sus capitales políticos diluirse. Pero con las consultas no siempre es igual. Cuando el vencedor ya habita la cima de las encuestas, el mecanismo muta: deja de ser un simulacro para convertirse en catapulta. Veamos cómo el humo, a veces, sí prende fuego.
El torrente de Duque (2018)
Mientras De la Calle languidecía, Duque encarnaba el reverso triunfal. Su Gran Alianza por Colombia atrajo a casi 6 millones de participantes, endosándole 4 millones propios. Dos meses después, en primera vuelta, no hubo fuga sino avalancha. Duque irrumpió con 7,5 millones, casi duplicando su base inicial. No fue ilusión óptica, fue demostración de fuerza.
El caso de Petro (2022)
Al tiempo que Fajardo naufragaba, la consulta de Petro resultó ser un escalón letal. El Pacto Histórico reunió 5,8 millones de votos, de los cuales 4,4 millones lo apoyaron a él. Y en primera vuelta esa cifra saltó a 8,5 millones; o sea, duplicó su apoyo. La diferencia es abismal: mientras la ‘esperanza’ se desvanecía en números modestos, Petro notificaba su llegada al poder.
La advertencia de Fico (2022)
En ese mismo ciclo, Fico Gutiérrez encarnó lo que terminó siendo la tercera vía. En la consulta del Equipo por Colombia, que movió 4,1 millones de personas, Fico capitalizó 2,1 millones; y para la primera vuelta, la lógica de los ‘punteros’ se cumplió, pues su caudal se expandió a 5 millones de apoyos, más del doble de su arranque. La consulta validó y propulsó, sin duda, pero en este caso el fuego fue eclipsado por un fenómeno ajeno al guion: Rodolfo Hernández. El ingeniero, una especie de outsider que despreció el ritual de las consultas, lo superó con casi 6 millones de votos. Este episodio deja una lección cruel: aunque el mecanismo certifique y amplifique a los favoritos del sistema, no ofrece blindaje alguno contra eventuales huracanes que se forman fuera de la estructura tradicional.
¿Y ahora?
Habrá quien defienda estas consultas como termómetros cívicos y legitimadores de liderazgos —y tienen su punto—, pero la estadística es implacable: en Colombia la consulta solo genera impacto sustantivo cuando el ganador ya figura entre los dos favoritos presidenciales. De lo contrario, su influencia es periférica, casi irrelevante.
Al margen de las tertulias agónicas sobre si votar o no la Gran Consulta —donde compiten figuras valiosas como Paloma Valencia, Vicky Dávila y Enrique Peñalosa, cuyas trayectorias y nombres merecen reconocimiento más allá del ritual dominical—, o sobre la consulta que Claudia López diseñó como tabla de salvación personal, o sobre el mecanismo orquestado para que lo gane Roy tras la exclusión de Cepeda, conviene no mortificarse en exceso. Los datos aquí expuestos, que son aritmética, no opinión, ofrecen una conclusión tranquilizadora: cualquiera sea la dimensión cuantitativa de estas consultas en la jornada del 8 de marzo, su relevancia cualitativa depende enteramente de si en ellas compite un puntero. Sin ese ingrediente, los millones de votos se evaporan como espuma. La lección histórica deja claro que las consultas sin favoritos son ejercicios de calentamiento, no de transformación. Inflaman titulares, egos y ambiciones, pero no eligen presidente. En cambio, cuando el triunfador ya es un contendiente viable, el proceso se erige en propulsor. Porque en Colombia, las consultas no fabrican el respaldo; lo certifican.
En el ciclo actual, el tablero exhibe una anomalía fascinante: Abelardo de la Espriella, saltándose el trámite de marzo para ir directo al choque del 31 de mayo, reúne una dupla inédita que podría resultar letal para sus adversarios. Él habita simultáneamente la cima de las encuestas y la autenticidad del outsider absoluto, sin un solo día de cargo público en su biografía. A diferencia de Rodolfo Hernández, cuyo discurso antisistema cargaba el lastre de sus años en la Alcaldía de Bucaramanga, Abelardo encarna la exterioridad pura. Ese magnetismo sin compromisos con la maquinaria tradicional que seduce al electorado hastiado. La confluencia de ambas variables, favoritismo y virginidad institucional, dibuja un fenómeno no visto en nuestra historia reciente, acaso el único capaz de sortear tanto el naufragio de las consultas estériles como la irrupción de sorpresas de última hora.
Mientras tanto, las consultas de marzo, huérfanas de los nombres que verdaderamente están sacudiendo el péndulo, amenazan con convertirse en preámbulos prescindibles. Necesarias para quienes las habitan, tal vez formativas para el futuro, pero ajenas al desenlace que ya se cocina en otro horno. La historia colombiana sugiere que cuando los punteros eluden el ritual, este pierde su poder profético. Y cuando un auténtico outsider llega a la cima antes del primer disparo, como ocurre con Abelardo, el panorama adquiere contornos de claridad incómoda. De ahí tanto ataque en su contra.
Nadie es adivino, por supuesto, y la política colombiana ha parido sorpresas que desmienten toda certeza, pero los datos no mienten: cuando las encuestas y la condición de exterioridad convergen antes de la primera batalla, el mapa de la segunda vuelta suele dibujarse solo. Las consultas podrán generar ruido, incluso espectáculo, pero el destino de mayo ya no aguarda en las urnas de marzo. Se fragua en otro lugar, a otro ritmo, con otras reglas. Y esa, quizás, sea la lección más brutal que nos deja esta temporada… El fuego ya prendió.










