Imaginen una casa: techo febril, mesa compartida y un reloj que siempre llega tarde con la cuenta. Allí conviven un padre que manda sin poner dinero, una madre que contiene como puede, dos hijos ya hechos a la vida y cinco criaturas que todavía sueñan con bicicletas y promesas. La economía del hogar es un hilo tenso: nadie aporta lo suficiente, las cuentas se aplazan, la familia se apoya en deudas pequeñas pero recurrentes, como vendajes de papel sobre heridas que sangran.
Un día irrumpe un nuevo cabeza de familia, brillantemente persuasivo y generoso en palabras. Declara un derecho al lujo y, con sonrisa de traficante de afectos, exige a los dos hijos mayores más sacrificio —más dinero— para financiar las fantasías de los pequeños. Promete gratificaciones, alarga las bolsas de golosinas, abre la llave del capricho. El gasto se dispara, no en proyectos que alimenten el hogar, sino en objetos y horas vacías: viajes soñados, bicicletas eléctricas que no enseñan a pedalear la prudencia, contrataciones que duplican la nómina de ilusiones.
La madre se interpone como dique: veta los excesos, recuerda prioridades, frena la escapada a Japón, niega choferes y jardineros. Pero su autoridad se vuelve un obstáculo para el padre, que, al no poder arrancar más contribuciones de los mayores, opta por la huida hacia adelante: endeudarse en cifras grotescas, caro y sin medida, para sostener el aplauso momentáneo de los menores. Estos, fascinados, le devuelven adoración y gratitud; el costo real queda para otros.
Los hermanos mayores, que han cargado con el esfuerzo cotidiano, se quejan. Ven cómo su sudor se disipa en deleites sin fruto. Para no perder el mando, el patriarca descarga la culpa sobre ellos y sobre la madre: son los culpables de la privación de los pequeños, les dice, los que impiden la felicidad inmediata. El rencor germina; los menores comienzan a mirar a sus mayores y a su madre como enemigos de su bienestar.
Las manos que sostienen la casa se cansan. Los hijos grandes, fatigados, retiran su aporte. El padre expulsa a la madre para que nada lo frene, asume roles que antes no tenía y convierte la mansedumbre en decreto. Al final, algunos adolescentes se marchan: ya no queda dinero ni siquiera para pagar el hambre, porque las deudas devoran la despensa.
Esta casa es, para quienes así lo ven, una fábula de Colombia bajo Gustavo Petro: un aparato público que multiplica el gasto, que busca adhesiones fáciles imponiendo cargas a quienes producen, que reduce la autonomía de otros poderes y compra popularidad con promesas para los jóvenes. Una política que, según la analogía, silenciosamente presiona, acusa y socava a quienes, con trabajo e iniciativa, sostienen el erario.
No es un cuento nuevo: pasos idénticos se marcaron en Venezuela con el chavismo y en Cuba. El final fue cruel para la mayoría y lucrativo para pocos: familias rotas, millones huyendo, economías saqueadas por consumos de corto plazo, pobreza extendida y una élite que decide por todos. La prensa acallada, las garantías socavadas, la democracia reducida a sombra.
Ese sería el destino si el progresismo prosigue por el rumbo actual en Colombia. De ocurrir, sería el resultado de haber ignorado señales visibles y evidentes. Queda, por tanto, una exhortación: resistir con todas las fuerzas —en las urnas y en la sociedad civil— para impedir que este guion se convierta en mandato. Es urgente. Es serio. Es, tal vez, la última sutura antes de la ruptura.










