Nos ha costado, pero hemos sabido ganarnos espacios que históricamente han sido de los hombres. Esa es una consigna que seguramente usted, como yo, ha escuchado en diferentes escenarios. No es una frase cualquiera; es parte de la evidencia de que las mujeres estamos redefiniendo el poder y su significado.
Es una conquista reciente, pero es inmensa. Si pensamos que apenas en 1964, en Estados Unidos, se prohibió la discriminación laboral por el sexo o género, entendemos que estamos ante un cambio de paradigma histórico. En Colombia, la historia no es muy diferente. Ahora hablamos de paridad, que no es otra cosa que el principio de igualdad. Pero debe dejar de ser una simple estadística: debe ser el acuerdo cerrado que reconozca que las mujeres también somos capaces de dirigir, liderar y administrar el Estado con resultados tangibles de eficiencia y transparencia.
El liderazgo femenino en esfera de poder
Hoy, la institucionalidad colombiana tiene nombres de mujer que inspiran rigor y confianza. En la Corte Constitucional, la magistrada Paola Meneses Mosquera ejerce la presidencia; a la cabeza de la Fiscalía General de la Nación, Luz Adriana Camargo; en la protección de los derechos humanos, a Iris Marín en la Defensoría del Pueblo y en el control fiscal, a la auditora general de la República, María Anayme Barón Durán.
En la Rama Judicial, la paridad avanza con representación femenina principalmente en cargos de carrera y un notable progreso en las altas cortes, consolidando el mérito como el motor de este cambio histórico en los tribunales de cierre en el país.
Ahora bien, en el Ejecutivo, la fuerza de la vicepresidenta Francia Márquez, sin duda, marcó un hito de inclusión. En el Congreso de la República, las mujeres ya ocupan el 29,15 % de las curules, es decir, que 86 de 295 congresistas, según Sisma Mujer.
Este avance no es exclusivo de los poderes anteriormente descritos; en el sector privado, liderazgos como el de María Lorena Gutiérrez, presidenta del Grupo Aval, y en la academia, figuras como las rectoras Raquel Bernal, de la Universidad de los Andes; Ana Isabel Gómez de la Universidad del Rosario, y María Elizabeth García González, presidente nacional de la Universidad Libre, demuestran que el talento no tiene género.
Así mismo, el ascenso de las mujeres generales de la República en nuestras fuerzas armadas es una evidencia adicional de que no existen terrenos laborales vedados para la mujer.
Dos de las mujeres más honorables, valiosas y valientes que conozco, visten uniforme. Una se llama Fransy Ayala Sánchez, es brigadier general y hoy tiene un rol estratégico en la Subjefatura del Estado Mayor Jurídico del Comando General del Ejército Nacional. La otra es la contralmirante Beatriz Elena García, en la Armada de Colombia.
El mérito como nivelador: cifras que hablan
Siendo mujer, y como presidenta de la Comisión Nacional del Servicio Civil (CNSC), he constatado que cuando las reglas del juego son objetivas y transparentes, la mujer no solo participa, sino que sobresale. Los datos del Sistema de Información para la Igualdad, el Mérito y la Oportunidad (SIMO) hablan de ello. Entre 2016 y 2025, de las más de 4,5 millones de inscripciones registradas, el 57,2 %, es decir, 2.592.805, fueron mujeres, frente al 42,6 % de hombres.
El nivel de educación formal de las mujeres es, además, superior. Contamos con 878.314 profesionales, más de 288.000 especialistas, y una cifra inspiradora de 110.563 mujeres con maestría y 4.037 con doctorado que hacen parte de la fuerza laboral del país. Es de tal tamaño la conquista femenina, que tenemos representación étnica. Estamos hablando de 92.487 mujeres afrocolombianas e indígenas que han roto paradigmas de exclusión a través del mérito.
Hoy, el 51,89 % de los servidores públicos en Colombia son mujeres, y gracias a la Ley de cuotas, estamos cerrando la brecha en la alta dirección, porque ocupamos el 48,30 % del máximo nivel decisorio y el 49,09 % en otros niveles decisorios, según el último reporte de Función Pública hecho en 2025.
La CNSC no es ajena al compromiso cerrado del que les hablé al inicio de esta columna. La sala plena también la integran la comisionada Claudia Lucía Ortiz y quien suscribe estas líneas, como la ratificación de nuestro compromiso de liderar con el ejemplo una gestión pública con excelencia administrativa.
Un legado de transformación y excelencia
Cada vez que una mujer gana un concurso de mérito, abre más el camino a las próximas generaciones. Estamos rompiendo techos de cristal con la contundencia del conocimiento, la disciplina y un compromiso inquebrantable con el bien común.
El cambio cultural es real: las niñas de hoy ya no se preguntan si pueden liderar, se preparan para cuando el momento llegue, porque no se trata solo de ocupar una cuota y ya. Se trata de un largo camino con conciencia hacia esa posición de poder en que las mujeres lideramos.
Sé que hay desafíos, pero también soy convencida de que la consigna debe ser la excelencia, pasión por servir desde lo público con transparencia, preparación académica, método y disciplina.
Soy mujer, negra y con raíces indígenas, y hoy quiero ratificar mi compromiso con todas las mujeres colombianas de que protegeré el mérito y la carrera administrativa como el principal activo y generador de una verdadera transformación social.
