OPINIÓN

Francisco Mejía

Nace la nueva derecha en Colombia

La historia reciente muestra que cuando la derecha tradicional se refugia en el centro, no se modera, se vacía.
28 de diciembre de 2025, 12:21 p. m.

Luego de que Francis Fukuyama anunciara el fin de la historia con el estrepitoso derrumbe del comunismo a finales del siglo pasado, y pronosticara la supremacía de la democracia liberal, los partidos de derecha creyeron que la tecnocracia les bastaba para mantenerse gobernando, pero se equivocaron. El comunismo regresó con más fuerza con sus viejos dogmas, ahora edulcorados con nuevas etiquetas, y con nuevas causas como el catastrofismo climático, el feminismo, la ideología de género y el antisemitismo.

Ante esa arremetida extremista que se tomó el poder en muchos países, las fórmulas de la derecha tradicional como el consenso, la tecnocracia y la corrección política se tornaron vetustas e inútiles, y entonces surgió una nueva derecha que entendió que el asunto no era técnico, ni de búsqueda de consensos, sino de ganar una guerra cultural. Y para eso había que dejar de ser políticamente correcto; llamar las cosas por su nombre, tratar a los extremistas de izquierda como lo que son: enemigos de la sociedad y no contradictores políticos, y enfocarse más en la defensa sin complejos de valores fundacionales, que en propuestas de gobierno. Así surgieron tres grandes líderes de la política mundial contemporánea: Trump, Milei y Meloni, para no hablar de otros como Bukele.

En Colombia, la derecha tradicional la representa Álvaro Uribe en cabeza de su partido Centro Democrático. Son incontrovertibles los motivos de gratitud que los demócratas debemos tener para con Uribe, y es innegable el servicio que el Centro Democrático le ha prestado a Colombia, pero es un hecho que ni el partido ni Uribe lograron evolucionar hacia la nueva derecha, más bien, lo contrario: Uribe se atemperó, tal vez producto de la guerra jurídica, y hasta intentó encontrar algún entendimiento con el comunismo con sus famosos cafés con Petro. Cómo olvidar cuando por aquellos días un ciudadano indignado en una reunión dijo que Petro era un guerrillero y Uribe lo increpó con un fuerte regaño pidiendo respeto para el presidente.

Y en cuanto al partido, la mayoría de sus líderes siguieron aferrados a las viejas convenciones de la derecha tradicional. Pero además, el afán de ganar elecciones regionales y lograr curules en el corto plazo (con resultados cuestionables) lo hizo perder buena parte de su consistencia ideológica. Todo eso contribuyó a la pérdida de su vocación de poder e hizo que fallara en su misión más importante que era evitar el advenimiento al poder del comunismo en Colombia. Lo anterior se constata con el hecho de que en 2022 el Centro Democrático no hubiera presentado un candidato competitivo contra Petro. Muchos le echaron la culpa de eso al presidente Duque. ¿Pero, qué dirán ahora, cuando tampoco tienen un candidato viable?

A Colombia la nueva derecha llegó con Abelardo de La Espriella y el partido Salvación Nacional. Abelardo es audaz, políticamente incorrecto, y va al choque como Trump y Milei, defiende con vehemencia y sin complejos valores fundacionales como Meloni, y como todos ellos, no busca la aprobación de las élites del centro ni de la izquierda y mantiene desenvainada la espada de la batalla cultural. Por eso es hoy un fenómeno político.

La nueva derecha ha irrumpido por diferentes caminos: Trump lo hizo cambiando a su partido desde adentro ganando las primarias. Meloni optó por un camino intermedio y se presentó a las elecciones en una alianza con los partidos de Berlusconi y Salvini, y su partido Fratelli d’Italia obtuvo el mayor número de curules, con lo cual se hizo a la jefatura del gobierno y de la derecha sin concesión ideológica alguna. Y Milei empleó el caminó más disruptivo de todos: derrotar a los partidos de derecha y centro derecha para luego tener su adhesión incondicional en segunda vuelta.

En el caso de Colombia, Abelardo intentó primero el camino de Trump, o sea reformar el Centro Democrático desde adentro compitiendo como precandidato, pero le cerraron la puerta. Luego intentó un camino similar al de Meloni, de construir una alianza con un mecanismo de encuesta para llegar unidos a la primera vuelta, y también hubo portazo. Así que por descarte le tocó el camino de Milei, o sea derrotar al Centro Democrático en primera vuelta, cosa que todo indica que ocurrirá.

Mientras tanto Uribe y su partido se resisten al cambio y, en una decisión equivocada, buscan unirse con el centro y la centro izquierda para derrotar a la nueva derecha, dividiendo así lo que debería ser un bloque compacto de derecha que podría ganar en primera vuelta. Por eso, escogen como candidata a Paloma Valencia, a quien en lo personal le tengo un gran afecto y admiro su inteligencia e integridad, pero tiene salidas como decir que “Francia Márquez es una mujer valiosísima” o hacer concesiones con hermenéuticas forzadas, como aquella en que le atribuye no sé qué objetivo ulterior libertario al marxismo. Pero para Uribe y su partido ella es la candidata ideal, porque es la más digerible para el centro y la centro izquierda, fuerzas a las cuales acuden para poder derrotar a la nueva derecha. Y esas fuerzas (incluyendo parte del santísimo) la reciben en una consulta, porque los une el deseo de derrotar a Abelardo.

Pero será en vano: probablemente gane la consulta, pero buena parte de ese electorado que piensa ganar a su causa, que de por sí es pequeño, nunca votará por ella, le votarán a Fajardo. En cambio, el drenaje hacia Abelardo continuará, pues buena parte de las bases que aún no están con Abelardo, preferirán votarle a él que a una candidata que representa una coalición donde están el centro y la centro izquierda. Con el agravante de que se perjudicarán unas listas al Congreso ya de por sí controvertidas dentro del mismo Centro Democrático por los méritos dudosos de algunos renglones al Senado.

La historia reciente muestra que cuando la derecha tradicional se refugia en el centro, no se modera: se vacía. Ese vacío lo produce la renuncia a la identidad. Y cuando una identidad política abdica, alguien más termina ocupando su lugar.