Hace bien el presidente De La Espriella, elegido por el pueblo, en eliminar el cargo del fútil comisionado para la paz y no renovar la costosa, prescindible y burocratizada Misión de Verificación de la ONU, creada a rebufo de la PazSantos.
Su periodo finaliza en octubre y sería preferible fortalecer una Defensoría del Pueblo independiente y despolitizada, más apegada a las regiones, que financiar con fondos públicos un ente internacional de escasa utilidad. Cuenta con demasiados funcionarios de altos vuelos, dedicados, con contadas excepciones, a elaborar informes que terminan engavetados y poco sirven para solucionar problemas enquistados.
Por desgracia, la ONU –fundada con fines nobles y aún necesaria en este convulso mundo, así no pacifique ningún conflicto– derivó en un fortín burocrático de politiqueros de medio planeta y en una puerta giratoria que ha servido, por ejemplo, a Michelle Bachelet para ocupar un cargo cada vez que dejaba el gobierno. Ni qué decir del secretario general, un mediocre presidente portugués, con menos carisma que Cepeda y nulos resultados.
El nuevo canciller, que trabajó en varios países que sí requieren la intervención del organismo creado en 1945, conoce mejor que nadie la veracidad de lo expuesto. Lo concluyeron diferentes investigaciones y lo he constatado tanto en Colombia como en otras naciones.
Por supuesto que también encuentras excelentes profesionales entregados en cuerpo y alma a su labor, pero es hora en Colombia de dar un giro de 180 grados y probar otros caminos.
Esperemos que el nuevo Ejecutivo, que no está aquejado de los complejos de otras derechas, no se deje apabullar por los reclamos tanto de los ‘pazólogos’ que viven de la violencia colombiana como de su comité de aplausos.
Por lo dicho hasta ahora y por su carácter, no parece que De La Espriella vaya a claudicar o a seguir la senda de Juan Manuel Santos, que traicionó a sus votantes. El Tigre venció con unas propuestas que deberá honrar en la medida de sus posibilidades.
Lo que no parece posible, salvo que saque un conejo de la chistera, es el anhelo de encarcelar a Timochenko y demás comandantes que perpetraron crímenes de lesa humanidad.
Los agraciados con las curules regaladas, pese a que el falsario Santos juraba que jamás serían para los que tuviesen las manos manchadas de sangre, están blindados por la Constitución.
La PazSantos les obsequió una vida de lujos sin tener siquiera que aportar un sincero arrepentimiento de su barbarie. Si siguen glorificando a Marulanda y otros asesinos; si avalan las dictaduras comunistas que matan, encarcelan y torturan a sus críticos; si nunca colaboraron en el desmantelamiento de sus estructuras ni de las rutas del narco; si jamás develaron la farcpolítica ni devolvieron sus muchos bienes escondidos y si viajan por el mundo como si fuesen grandes señores, es que no encuentran espantoso y olvidaron los incontables horrores que causaron.
Pero eso quedó así; los santistas y la izquierda sellaron las trampas. Lo que podría hacer el nuevo Gobierno sería una campaña de largo aliento para que los jóvenes conozcan la verdadera cara de las guerrillas, el sufrimiento que causaron y las razones del fracaso de un proceso pésimamente diseñado y peor ejecutado.
Contrarrestar la narrativa que inició Santos al dividir al país entre los supuestos amantes de la paz y los que calificó de “buitres de la guerra”, solo por criticar lo negociado en Cuba y que, como anticipamos, terminó en las actuales disidencias.
Petro lo empeoró al agregar la demencial exaltación de la lucha armada durante un mandato signado por la incoherencia y una violencia desbordada.
En estos cuatro años han bombardeado a más menores de edad que nunca. Han permitido el reclutamiento de cientos de niños y el asesinato de muchos de ellos, incluso con tiros de gracia; subieron los crímenes de líderes sociales, los desplazados, las matanzas de policías, militares, civiles y guerrilleros, la producción de cocaína, la selva deforestada, la minería ilegal. Y son culpables de poner a Miguel Uribe en la mira y que lo matara una de sus protegidas Farc.
Ahora, cuando Petro clama que sigue siendo el jefe supremo, cuando grita que jamás reconocerá a su sucesor, endilga a Abelardo De La Espriella el asesinato de un exfuncionario de la oficina de Tierras.
Esa muerte, como todas las demás, es responsabilidad suya, la de un Gobierno indolente, incapaz, amigo de los matones y enemigo de las fuerzas del orden.
A la ultraizquierda solo le importan esas violencias como arma arrojadiza contra la derecha. Lo certificaron Gustavo Petro, Iván Cepeda y María José Pizarro al sepultar, con hiriente cinismo, el #NosEstánMatando que prodigaron durante el Gobierno Duque.
Como tras su derrota no les conviene la paz, se alistan para incendiar la calle. Hasta la fiscal general de bolsillo, ficha de Iván Velásquez, los ayudará con la excarcelación de experimentados terroristas urbanos.
Ni perdón ni olvido para Petro y sus secuaces.
