En 1991, a través de la ley de convertibilidad, Argentina estableció la paridad de su moneda con el dólar. Con la medida, la oferta de pesos equivaldría a la cantidad de reservas internacionales en dólares, por lo que se impuso una férrea camisa de fuerza contra la fuerte expansión del gasto público soportado por emisión e impresión de pesos.
La sobreoferta monetaria había conducido a Argentina a una hiperinflación los años anteriores. Se ponía así fin a la total pérdida de confianza de los argentinos en su moneda como medio de pago o para acuñar y preservar valor. La paridad cambiaria fue exitosa porque generó desinflación inmediata, confianza y estabilidad para la inversión productiva y se tradujo en buen desempeño del crecimiento económico.
Cinco años después, el péndulo de un dólar débil que había coadyuvado a las exportaciones argentinas empezó a revertirse. La era de internet y su productividad en Estados Unidos, la crisis asiática, así como la crisis rusa, impulsaron un dólar fuerte mundialmente, desencadenaron ataques especulativos o la depreciación de las demás monedas, incluyendo las de los socios y competidores de Argentina.
Con ello se dio un encarecimiento de las exportaciones argentinas y un abaratamiento de importaciones del resto del mundo en el país. Esa fuerte pérdida de competitividad introdujo una caída de las reservas internacionales, lo que imponía una menor oferta de pesos y se traduciría en mayores tasas de interés locales. Toda una receta para una profunda recesión económica, como ocurrió a comienzos de este siglo.
En 2011 llegó la crisis de Grecia. Tras más de una década de haber creado el euro financieramente y haber fijado la convertibilidad de las monedas de los países de la unión monetaria para transitar al euro como única moneda, se desencadenó la crisis de la deuda griega.
Regresó el péndulo del dólar débil, y el dólar fue el termómetro que mejor anticipó la gran recesión americana que se desató en 2008. Sin embargo, el dólar débil no fue un inminente problema para Europa en la primera década de este siglo porque el euro profundizó el intercambio dentro del mercado común europeo.
La alta productividad alemana le permitía tener un euro fuerte y una baja inflación exportando a países de la eurozona como Grecia, cuya menor productividad le generaba una más alta inflación y una mayor dependencia del crecimiento económico al gasto público.
Grecia solo podía mantener su nivel de vida y de demanda de importaciones vía endeudamiento externo, que obtenía barato por ser parte de la unión monetaria. La crisis se desató cuando se hizo claro que el nivel de endeudamiento llegó a tal punto que era altamente probable que Grecia no podría pagar sus deudas. Esa incapacidad de pago era incompatible con endeudarse con las bajas tasas de interés del euro, por lo que devino el fraccionamiento financiero del euro.

Una misma moneda tenía muy diferentes tasas de interés, lo que solo empeoró la sostenibilidad y capacidad de pago de la deuda griega. Europa tuvo que decidir entre expulsar a Grecia del olimpo del euro o rescatarla condonándole gran parte de su deuda a cambio de una depresión económica. La tragedia griega de nuestros tiempos.
En 2002, la economía venezolana cayó casi 9,9 por ciento y hubo el intento de golpe de Estado contra Chávez. En febrero de 2003, Chávez implementó un control de capitales y fijó la tasa de cambio contra el dólar. A partir de 2003, los precios del petróleo tuvieron una escalada desde los 20 hasta llegar a los 140 dólares por barril en 2008.
La economía venezolana creció de 2004 a 2008 a una tasa promedio anual de 10,5 por ciento, pero la tasa de cambio, en lugar de ser el estabilizador natural de los altos términos de intercambio, lo que generó fue una pérdida mayúscula de competitividad de la economía no petrolera. Mantener la tasa de cambio fija a pesar de los altos precios del crudo sobre estimuló la economía, permitiéndole al Gobierno crecer el gasto público y expandir fuertemente la oferta monetaria en bolívares.
Esto se tradujo en inflaciones promedio superiores al 20 por ciento anual, que generaron una revaluación real del bolívar, lo que llevó a que la demanda interna se tradujera en demanda de importaciones baratas y se acabara el sector productivo y privado en pocos años.
En 2010, y con un mercado negro de bolívares que señalaba una enorme pérdida de confianza de los venezolanos en el poder adquisitivo de su moneda, su capacidad de acuñar y preservar valor empezó todo tipo de experimento de mercados paralelos cambiarios e hipermegainflación y absoluta depresión económica.
Para quien entiende estas lecciones de la historia económica contemporánea, no debe haber duda de que crear grandes distorsiones o quitarle a la economía el estabilizador natural que supone la tasa de cambio libre como termómetro de la salud económica y financiera da como resultado muy dolorosas y muy costosas experiencias sociales y económicas, con fuertes y a veces irrecuperables pérdidas en las condiciones del bienestar humano.










