No sabemos si habrá transición hacia la democracia en Venezuela, otras intervenciones militares en ese país o en otros. Lo que sí sabemos es que Trump se comporta como lo estableció en su política de “seguridad nacional” que convierte a América Latina en una suerte de protectorado.
No obstante, haber dispuesto que una figura destacada del Chavismo esté al frente de la transición venezolana, es una opción que podría ser eficaz. Establecer o recuperar las instituciones democráticas de un país es un asunto complejo. Antes de intentarlo, es preciso lograr su estabilidad, tarea nada fácil: sin Maduro, sus segundos gobiernan y, al parecer, retienen el control del aparato armado, legal e ilegal.
Estados Unidos tuvo éxito en esas tareas al final de la Segunda Guerra Mundial cuando asumió el gobierno de dos países devastados y desmoralizados: Japón y Alemania. Financió la reconstrucción de sus infraestructuras y contribuyó a crear las condiciones necesarias para dinamizar sus economías. Hoy ambos países son prósperos y democráticos. La otra cara de la moneda es el fracaso rotundo en las invasiones de Irak y Afganistán, en donde adelantó una guerra de casi veinte años contra Al Qaeda; la perdió de manera bochornosa.
Para justificar la captura de Maduro y su esposa, Trump la ha presentado como una mera operación de cumplimiento de una orden judicial. Y en efecto: ambos sindicados ya están respondiendo ante la Justicia.
Esa posición adolece de fallas conceptuales. De ordinario, las personas procesadas se encuentran en el territorio donde sus jueces ejercen sus funciones. Cuando así no sucede, el procedimiento usual consiste en la extradición de la persona acusada, previo requerimiento de la autoridad judicial extranjera que lo solicita. En última instancia, la decisión de extraditar es discrecional para el país receptor de la solicitud.
Los altos dignatarios del Estado suelen gozar de inmunidad (Trump ha sido dispensado de rendir cuentas por el asalto al Congreso para evitar la posesión de Binden). Si el precedente creado en el caso Maduro se generaliza, los Estados Unidos tendrían, de facto y de manera nítida, la condición de policías de muchos gobernantes. Incluido, sin duda, el nuestro, a pesar del inesperado y bienvenido giro que deriva de su conversación con Trump.
De otro lado, éste ha dicho con claridad absoluta que va a gobernar a Venezuela hasta cuando, en fecha no determinada, esté en condiciones de gobernarse a sí misma. El enorme despliegue militar en aguas del Caribe respalda, sin que quepa duda alguna, sus palabras. No hay que darle muchas vueltas al asunto: Venezuela ha perdido la capacidad de ejercer su soberanía, atributo que le corresponde como miembro de la comunidad de las naciones. No importa que estuviera encabezada por un déspota: la representación de los países miembros de Naciones Unidas no depende de su forma de gobierno, sino del control efectivo que sus autoridades tengan sobre la población asentada en su territorio.
La Carta de Naciones Unidas prescribe que los países que la integran “se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra (…) la independencia política de cualquier Estado…”. Que es justamente lo que hacen Estados Unidos en Venezuela, Rusia en Ucrania e Israel en Palestina. El camino previsto para remover una dictadura, o combatir a un Estado agresor, es otro: acudir a una acción militar multilateral autorizada por el Consejo de Seguridad. Así sucedió en 1991 cuando Kuwait fue invadido por Irak.
Esa regla tiene una excepción: “el derecho inmanente de legítima defensa…en caso de ataque armado contra un Miembro de Naciones Unidas…” Así Maduro y sus allegados fueren responsables de inundar a los Estados Unidos de narcóticos, las drogas no son armas. Sostener lo contrario implica tergiversar el sentido de las palabras.
No hay duda, entonces, de que los Estados Unidos, al igual que lo hacen otros Estados poderosos, han actuado por fuera del derecho internacional. Y pueden hacerlo con total impunidad porque, al contrario de lo que ocurre con el derecho interno, aquel es incoercible. No es posible acudir a ninguna autoridad para que lo haga cumplir. En última instancia, su cumplimiento depende del acatamiento voluntario habida cuenta de su dimensión moral y del amplio respaldo que, por ese motivo, tiene en la comunidad de las naciones.
¿Nos resignamos a que se consolide, como en la jungla, la ley del más fuerte? Sería una posición miope, en especial para los países de una región a las que se pretende subordinar a un poder hegemónico. Hay que recordar que el derecho es la fuerza de los débiles y el sustento firme de la paz.
Las circunstancias no pueden ser más adversas. En la actualidad, las relaciones exteriores se mueven hacia el fortalecimiento de esferas de influencia. Estados Unidos en este continente y Rusia en el mundo eslavo son los casos más notables. En ese contexto, las relaciones internacionales se estructuran en torno a dos categorías de países: dominantes y satélites. El pez grande se come al chico.
No obstante, esta época de crudo pragmatismo puede ceder. El momento de idealismo que ocurrió al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando se crearon las Naciones Unidas, podría volver a ocurrir. Hay que comenzar ya en tareas concretas, tales como la reforma del Consejo de Seguridad y el poder de veto del que gozan sus miembros permanentes. A pesar de la pugnacidad ideológica éste puede ser un tema de convergencia para los países de América Latina. Todos estamos amenazados por la doctrina “Donroe”.
Estos son propósitos de largo aliento. En el corto plazo, Colombia tiene dos tareas fundamentales: contribuir a que la transición sea pacífica; un nuevo éxodo sería una dura carga para nosotros. Y restablecer la capacidad de suministrar muchos de los bienes que Venezuela requiere en su etapa de recuperación. Para el cumplimiento de ese objetivo es indispensable contar con un mecanismo de financiamiento y garantía de pago que sea adecuado para los exportadores nacionales.
Quizás sea posible, a pesar de la desconfianza recíproca, algún entendimiento sobre esta cuestión crucial entre el gobierno y el sector privado.
Briznas poéticas. En medio de la zozobra que padecemos, viene bien leer a Charles Chaplin: “Nunca verás el arco iris si te quedas mirando hacia el suelo”.










