Como periodista no parto de simpatías ni de antipatías. Parto de hechos. Y cuando los hechos empiezan a repetirse bajo los mismos patrones, el deber del periodismo no es mirar hacia otro lado sino decirlo con claridad. Lo que estamos viendo es un comportamiento que se repite, una narrativa que se instala y un encuadre que termina sustituyendo al análisis.
Eso es lo que hoy está ocurriendo y merece ser dicho sin anestesia.
En las últimas semanas varios espacios mediáticos han coincidido en un mismo foco narrativo alrededor del candidato presidencial Abelardo de la Espriella. La Silla Vacía, columnistas del grupo conocido como los Danieles, algunos contenidos de la revista Esto es Cambio y artículos del diario El País de España han empujado una línea similar. No es una crítica puntual ni un debate sano que evoluciona con nueva información. Es una secuencia donde un tema aparece, se replica, se amplifica y permanece en agenda incluso cuando surgen elementos que deberían obligar a revisar el enfoque inicial.
En comunicación política esto es básico. La repetición construye percepción. Y cuando la repetición reemplaza la contrastación, el debate deja de girar alrededor de los hechos y empieza a girar alrededor del relato, es decir: una mentira repetida mil veces la vuelven verdad.
El episodio de Álex Saab lo demuestra con claridad. Durante semanas se instaló la idea de una cercanía política entre Saab y De la Espriella. Luego salen las declaraciones de Gerardo Reyes, quien escribió el libro sobre Saab, que introducen un dato imposible de ignorar. Fue el propio De la Espriella quien lo llevó ante la justicia estadounidense para colaborar. Ese elemento sí cambia el punto de partida, pero cuando esto favorece al candidato que a ellos no les gusta y que están tratando de desgastar, no lo muestran ni tampoco son capaces de rectificar ante un argumento que desmonta la narrativa orquestada. Esto, en periodismo serio, quiere decir que cuando cambia el contexto, cambia el enfoque. Aquí no ocurrió. El encuadre negativo siguió intacto, como si la información nueva estorbara.
Ahí es donde empiezan las preguntas incómodas.
Ana Bejarano, una de las que más ha atacado y perseguido a De la Espriella (un tipo de fijación al estilo Daniel Coronell con Álvaro Uribe), hace parte de la junta directiva de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). La mezcla entre opinión política activa, litigio estratégico y participación en una organización que interviene en debates sobre libertad de prensa es un detalle que debería encender todas las alarmas. No se trata de descalificar a nadie. Se trata de algo elemental en el oficio. La independencia no solo debe existir, también debe ser percibida como tal. Y hoy, dentro del gremio, hay una inquietud real sobre esos cruces de roles.
El debate del zero rating es un ejemplo claro de cómo utilizan el sistema para beneficio propio y de cómo dejó esa incomodidad expuesta. La eliminación de esa práctica fue defendida desde argumentos regulatorios, pero sus efectos golpearon a sectores vulnerables que perdieron una forma básica de conectividad. Cuando surgieron cuestionamientos, la Flip reaccionó rápidamente en defensa de esa posición. Lo que quedó abierto fue una pregunta que muchos periodistas nos hacemos, pero que pocos dicen en público: ¿por qué algunas discusiones generan reacciones inmediatas y otras, igual de polémicas, pasan en silencio? ¿Qué garantías tenemos los periodistas cuando decisiones y pronunciamientos de la Flip generan dudas sobre su imparcialidad dentro del gremio?
Aquí el problema no es la postura, sino la percepción de selectividad. Esa sensación se refuerza cuando ciertos casos reciben toda la atención institucional mientras otros simplemente no existen. Y cuando eso ocurre, la discusión deja de ser sobre principios y empieza a ser sobre conveniencias.
A esto se suma el funcionamiento actual del ecosistema digital. Un análisis reciente de redes, soportado técnicamente por un estudio que publicó en una columna de opinión el abogado Germán Calderón, arrojó como resultado que buena parte de la conversación negativa alrededor del candidato se concentró en un número reducido de cuentas con alta capacidad de amplificación. Esto muestra que estamos bajo un ataque sistemático y reiterado que revela patrones demasiado evidentes para ser ignorados. La repetición, la simultaneidad y la velocidad con la que ciertos temas escalen abren una pregunta inevitable sobre cómo se construyen hoy las tendencias y cómo determinados relatos saltan casi al mismo tiempo de las redes a los medios tradicionales. La coincidencia permanente deja de parecer casualidad. Y en política, las percepciones terminan teniendo efectos reales.
También hay un elemento que suele omitirse cuando se habla de independencia. Investigando más a fondo, y como es de conocimiento público, uno de los financiadores de La Silla Vacía es la organización internacional Open Society, creada por el empresario George Soros, conocida por financiar proyectos y organizaciones con agendas progresistas en distintos países. Ese dato por sí solo no implica control editorial ni invalida el trabajo periodístico del medio. Pero sí obliga a una discusión honesta sobre transparencia, líneas editoriales y sesgos posibles dentro del ecosistema mediático.
La independencia no solo se proclama, también se explica. Y cuando un medio exige rendición de cuentas permanente a actores políticos y económicos, debe estar dispuesto a someterse al mismo nivel de escrutinio público. La pregunta entonces es legítima: ¿por qué ciertos enfoques se repiten siempre en la misma dirección? ¿Por qué algunos actores reciben un tratamiento sistemáticamente adverso mientras otros quedan fuera del radar crítico? Si se exige claridad a todos los actores del debate público, los medios también hacen parte de esa conversación. Y en un momento político donde la confianza en el periodismo está en juego, la transparencia deja de ser opcional y se convierte en una obligación.
Por otra parte, lo que termina ocurriendo es un fenómeno cada vez más evidente y preocupante. Cada episodio se convierte en un nuevo cuestionamiento político y, cuando el candidato responde o contradice versiones, el debate deja de girar alrededor de los hechos y pasa a girar alrededor de una acusación automática: que está atacando la libertad de prensa. Así se instala una lógica peligrosa donde el periodista puede señalar sin límites, pero quien es señalado no puede defenderse sin ser convertido en amenaza. Ese desequilibrio distorsiona la discusión pública, blinda narrativas y reduce el debate a una sola voz. Y cuando el periodismo deja de aceptar la contradicción, deja de fortalecer la democracia y empieza a empobrecerla.
Y en esa misma línea, aparece el veneno que destila Diego Santos con ese comentario donde afirma que “Abelardo ataca de frente la gran consulta y pide no votarla, se va contra Uribe y el uribismo. Mala jugada de De la Espriella, quien es fuerte en redes pero no en la calle, solo vende humo con 300 personas en Cartagena”, dicho en Vélez por la mañana. Más que un análisis político, lo que se intenta instalar es un encuadre que reduce el debate a descalificaciones y busca consolidar la idea de aislamiento. No se discuten propuestas ni posiciones. Se empuja la narrativa. Y en un año preelectoral este tipo de intervenciones no son inocentes. Moldean percepciones, condicionan la conversación pública y terminan reemplazando la discusión de fondo por ataques personales. ¿A quién beneficia realmente ese discurso? ¿Le está haciendo favores a su exjefe Enrique Peñalosa? Conociéndolo por varios amigos en común y por cómo opera, resulta difícil creer que esto se haga por amor a la patria. Un Santos siendo Santos.
Aquí el problema de fondo no es la crítica. El periodismo está para incomodar al poder, a los candidatos y a cualquiera que aspire a ejercerlo. Siempre ha sido así. El problema empieza cuando cuestionar al periodista se convierte en un sacrilegio y cuando una parte del debate pretende arrogarse el derecho exclusivo a señalar sin aceptar el mismo escrutinio. En ese punto el periodismo deja de ser contrapoder y comienza a comportarse como actor político, protegido por una superioridad moral que no admite contradicción. Cuando el periodismo se vuelve intocable, deja de cumplir su función y empieza a deformar el debate público. Ese es el verdadero daño. No el que viene de afuera, sino el que provocan quienes convierten el oficio en trinchera y el micrófono en arma política. Por culpa de esas conductas hoy se pone en duda una profesión que muchos decidimos ejercer con rigor y responsabilidad. El mayor golpe al periodismo no lo dan sus críticos. Se lo dan quienes lo degradan desde adentro.
Por eso, frente a un modus operandi que ya resulta demasiado evidente, la pregunta es inevitable: ¿estamos ante periodismo o ante un activismo coordinado que termina funcionando como una bodega de opinión?










