Hoy votamos por el Congreso de la República y, aunque muchas veces se subestime su importancia, la verdad es que el Congreso es una institución determinante para el rumbo de un país.
Colombia enfrenta hoy dos amenazas. La primera: un Congreso históricamente capturado por la corrupción y la mermelada. La segunda: el riesgo de caer en el camino del socialismo y el comunismo del siglo XXI —un modelo que empieza prometiendo igualdad y termina destruyendo la libertad— que ya arrasó con otros países de América Latina.
En Venezuela, Hugo Chávez llegó al poder prometiendo justicia social y ayuda directa a los más pobres. Y en los primeros años así fue: las condiciones de vida mejoraron. Pero con el tiempo el modelo colapsó y se llevó al país entero con él.
Más de siete millones de venezolanos han tenido que huir de su país, en uno de los mayores éxodos del mundo. Durante los peores años de la crisis, más del 90 % de la población vivía en pobreza, y el salario mínimo terminó convertido en apenas unos pocos dólares al mes, pulverizado por la inflación.
En Cuba, después de más de seis décadas de socialismo y comunismo, el 89 % de la población vive en extrema pobreza. Los salarios son de los más bajos del continente y millones de ciudadanos sobreviven gracias a las remesas que envían quienes tuvieron que irse del país.
El régimen de Ortega en Nicaragua terminó destruyendo la democracia y empujando a casi un millón de ciudadanos al exilio, según cifras de la ONU.
El caso de Argentina es igual: décadas de populismo que prometía justicia y protección terminaron destruyendo la economía. El resultado habla por sí solo: una inflación que en 2023 llegó al 211,4 % anual y millones de argentinos empobrecidos. Una advertencia que América Latina no puede ignorar.
La historia demuestra que ese alivio inicial casi siempre termina en algo mucho peor. Porque cuando el modelo se agota, lo que llega es más pobreza, más dependencia del Estado y menos libertad.
Por eso hoy es tan importante el Congreso. Porque si la izquierda gana y controla también el Legislativo, no habrá contrapesos y podrá aprobar los proyectos que quiera sin ningún freno institucional.
Si, por el contrario, gana la oposición pero no logra una mayoría, tampoco habrá cómo corregir lo que este gobierno ha destruido, especialmente en salud, donde cada día se pone en riesgo la vida de miles de colombianos.
Colombia necesita una bancada fuerte, coherente y comprometida con el país: que no se venda y que esté dispuesta a defender las instituciones y las libertades.
Hoy no hay espacio para errores. Si nos equivocamos, no habrá vuelta atrás.
A quienes aún no han decidido su voto les digo algo con total franqueza: no sean irresponsables con el futuro del país.
Aún hay tiempo. Antes de que cierren las urnas a las 4 de la tarde, infórmense, lean, busquen a los congresistas honestos, a los que no tienen tacha, a quienes han hecho oposición con valentía incluso dentro de sus propios partidos, y a los nuevos que quieren servir al país y no servirse de él.
Hoy las urnas también nos dan otra batalla que no podemos perder: la gran consulta.
Nueve candidatos que, a pesar de sus diferencias, han demostrado que es posible sentarse, dialogar y construir acuerdos porque todos quieren lo mismo: una Colombia mejor. En un país tan polarizado como el nuestro, donde la política se ha convertido en trinchera, eso no es un detalle menor. Es una señal de que otro camino es posible.
Participar en esa consulta es fundamental. Porque es el único hecho político que hoy puede demostrar que existe una fuerza democrática capaz de unirse para ganar, y que los votos están ahí. No son encuestas ni suposiciones: están en las urnas.
Esta consulta se convirtió en un referendo contra la improvisación: contra un sistema de salud que colapsa mientras los pacientes mueren esperando. Y contra la mal llamada paz total, un modelo cuyo arquitecto es Iván Cepeda y cuyo único fin es entregarles gabelas y beneficios a los narcoterroristas, los mismos que ponen los muertos, dejan los huérfanos y no dan tregua.
Recordemos que las democracias no se pierden de un día para otro. Se pierden cuando la gente deja de votar, cuando cree que su voto no importa, cuando se resigna.
Colombia tiene la oportunidad de demostrar que no se resigna.
El voto no es solo un derecho. Es una responsabilidad con el país que vamos a dejarles a nuestros hijos.
Tenemos dos caminos: aprender de la historia de América Latina o repetirla.
Las urnas están abiertas. La decisión es nuestra.
Hoy es un día para votar. Hoy es un día para defender a Colombia.
