Esta semana me llamó una persona con la que trabajé muchos años. “Me acaban de despedir”, me dijo sollozando. La empresa para la que trabajaba no aguantó la subida de un 23 por ciento del salario mínimo y sacaron a tres de diez personas que laboraban allí.
Otra empresa con 100 empleados acaba de despedir a 14, incluso unos de salario mínimo integral, que es de 18 millones de pesos, pues el 23 por ciento de aumento en el salario mínimo ponía los resultados casi en rojo. Quedaban sin margen de maniobra y van a reemplazar a muchos de ellos con inteligencia artificial.
A una persona cercana a mí le toca irse del apartamento, pues los dueños acaban de ser despedidos y deben venderlo a como dé lugar para subsistir mientras encuentran trabajo de nuevo. Las empresas para las que trabajan no aguantaron la subida del mínimo y prefirieron despedir trabajadores de salarios altos para mantener el mayor número de trabajadores de salario mínimo, pues son claves en la operación del negocio.
Un conglomerado importante sin trabajadores de salario mínimo, pero sí muchos con salario mínimo integral, los renegoció a salario normal, lo que implica una reducción importante de su entrada mensual aunque a la empresa le cueste lo mismo. Les dieron una compensación de ajuste por una vez, algo que pocas empresas hacen, pues casi todo el mundo económico del país está con el cinturón apretado.
Este conglomerado, además, utiliza call centers en su operación y, al subirle un 23 por ciento al costo del servicio, redujeron su uso. ¿Qué hizo la empresa de call centers? Despedir personal. Lo más probable es que esa empresa transforme su operación a un servicio a través de inteligencia artificial y en poco tiempo todos los trabajadores de salario mínimo acaben despedidos. Ya ese salario los saca del mercado, pues es más barata la inteligencia artificial, una nueva realidad del mundo moderno.
¿El servicio de seguridad privada que tanto empleo genera? Ya muchos edificios y empresas comenzaron a cambiar la celaduría por un servicio de conserjería, mucho más barato, o por tecnología, cámaras e inteligencia artificial. Este sector, que genera cerca de 390.000 empleos, va a tener que despedir a decenas o cientos de miles de trabajadores, pues el costo de quienes pagan el servicio se vuelve oneroso y, ante un aumento de salario del 5 o del 7 por ciento para la mayoría de ciudadanos, esa diferencia lo hace impagable.
La floricultura genera 200.000 empleos, casi todos de madres cabeza de familia. ¿Cómo va a afrontar este desastre? A este sector hay que sumarle tres problemas más: los aranceles del 10 por ciento del Gobierno americano, la caída de la tasa de cambio, que hace nuestras flores más caras, y el costo de horas extras y de la jornada laboral, que encarece el producto. Hoy perdemos competitividad frente a otros productores como Ecuador, y un producto suntuario como las flores no puede subir de precio, pues es algo que el consumidor fácilmente decide no comprar. Vamos a ver si esta industria sobrevive y si esos empleos se salvan o se mueven a otros países con reglas de juego más estables.
La agroindustria también comienza a pasar aceite, en especial el sector cafetero, en el que la competencia mundial es aún mayor y este tipo de decisiones nos ponen fuera del mercado. ¿El café colombiano es más caro? No hay problema, compro café de Costa Rica, de El Salvador o de otro país productor que sea más barato, piensa el consumidor. El café genera cerca de 750.000 empleos directos, y 550.000 familias cafeteras dependen de unas decisiones económicas sensatas por parte de un Gobierno. Si hay algo claro es que el Gobierno de Petro no es sensato. Esos empleos y esas familias están en riesgo.
Los comerciantes también enfrentan un gravísimo problema, pues muchos de sus vendedores son de salario mínimo, y los restaurantes también tienen ese mismo dilema. Ya empezaremos a ver cómo las cifras de desempleo, las reales, no las que publica este Gobierno que manipula cifras, se disparan por cuenta del populismo de un Gobierno que solo ve por las próximas elecciones y que no le interesa el bienestar del país.
Es más, este aumento del salario más la caída de la tasa de cambio hacen que los productos de exportación de Colombia sean caros y, por lo tanto, las importaciones chinas, ese país que tanto le gusta a Petro, se vuelvan mucho más apetecidas. El sector industrial y el sector productivo de Colombia también van a enfrentar esta crisis, y el próximo Gobierno, si no es el de Cepeda, al que le interesa destruir todo lo que tenga que ver con la economía privada, va a tener que reconstruir unos sectores público y privado destrozados.
Lo peor de este asunto es que este populismo, del que Petro es un gran exponente, quiere que esto suceda, quiere que estos empleos se pierdan y que la pobreza aumente en el país. No nos olvidemos de lo que Chávez, Petro y Lula dijeron públicamente, palabras más, palabras menos: “Nuestro trabajo es mantener a los pobres pobres, pues, cuando se enriquecen o cuando les va bien, se vuelven de derecha”.
A este negro panorama, cada vez más parecido al desastre económico de Venezuela, solo hay que sumarle la expropiación de la tierra que este Gobierno anunció, donde está construida una de las más grandes plantas de gasificación de Colombia, por cuenta de un supuesto reclamo de una comunidad indígena.
¿Será que al fin entendemos lo que está en juego y dejamos de pendejear en política? Estamos al borde del abismo, no nos equivoquemos.










