Hace poco me llegó un correo que me dejó pensando más de lo normal. Se trata de un emprendimiento que busca crear copias digitales de profesores universitarios para ofrecer atención 24/7 a sus estudiantes. Su argumento es que los profesores no siempre están disponibles y podrían… deberían... estarlo. Todo ocurriría de forma asincrónica.
No respondí inicialmente, porque me puse a pensar cómo se vería un mundo así. Y me pareció —aún hoy lo siento así— tan revolucionario como aberrante.
Por un lado, es curioso y fascinante cómo se expanden las fronteras de lo posible, y el tema de copias seguro irá más allá de los profesores. Me imagino el tema en el ámbito de seres queridos y más.
Pero también lo llamo aberrante, porque la idea ataca la esencia de lo que es la enseñanza y la pedagogía —cuando interactuamos realmente, claro está—. Y ahí está el corazón mismo del tema, porque el mundo es más abigarrado, especialmente en la educación.
Al emprendedor le dije que hay al menos dos mundos universitarios. En uno le puede funcionar muy bien la idea. Se trata de lo que ellos mismos llaman las estrellas de rock, es decir, un profesor o profesora tan “top”, que es inaccesible. Son los semidioses que habitan las torres de marfil. Estos podrían llegar a copiarse para que la gente pague por interactuar con ellos. Y por qué no hacerlo, si se democratiza en algo el acceso y el sistema del elogio se autoalimenta.
Ahora bien, el mundo más interesante para mí es el segundo. Se trata de esos millones de colegas que no somos ni queremos ser semidioses de la academia. Vivimos más cerca de la tierra que del ápice de la torre de marfil. Y ahí es donde veo la definición propia de lo que es la educación: acompañar, guiar e inspirar, no descrestar a quien necesita que lo guíen y lo motiven. Y esto tiene una dimensión técnica y otra más humana.
Recuerdo mi frustración en primer semestre de universidad en Alemania, cuando le pregunté directamente a uno de los semidioses —¡publicaba cuatro libros al año!— si podía pasar por su oficina cinco minutos a preguntarle sobre su carrera y sus consejos para mi vida. Me miró mal, me dijo que aprendiera a caminar antes de correr, y les pidió a sus doctorandos que cerraran filas y se encargaran del primíparo. Eso es todo lo contrario a lo que llamo el ‘segundo mundo’, el de los mortales.
Pero escribo esta columna porque me preocupa lo que veo en parte de este segundo mundo, que se deja acorralar a veces por la IA, porque olvidó que lo que más importa es inspirar y ayudar, enorgullecerse de que un estudiante salga adelante y años después le escriba a uno diciéndole que llegó más lejos que su imaginación. Caramba, eso es muy pero muy grato.
Pero cuanta más distancia se tome de los estudiantes, estancándose en métodos vacíos que no exigen nada de la cognición de quien aprende, más avanzarán estas soluciones vacías en lo humano y fuertes en lo técnico.
Ni hablar de aquellas ‘instituciones’ que regalan títulos por ciclos y quizá hasta favores políticos, destruyendo el alma de lo que es la universidad.
En ese segundo mundo —solo pienso en las instituciones serias— existe algo que el psicólogo ruso Lev Vygotski, famoso en la psicología del desarrollo, llamó Zona de Desarrollo Próximo (ZDP).
En pocas palabras, la ZDP es la distancia entre lo que soy y lo que puedo ser si alguien me guía. Si un profesor se limita a profesar y no a guiar, la educación se vuelve una formalidad vacía. Y la IA llegó a recordarnos eso agresivamente.
Ahora, si es el estudiante mismo el que no tiene ningún interés en la educación, inclusive luego de conocerla y saber su potencial, quizá su camino es otro. Pero hay muchos que sí pueden y quieren desarrollar su potencial.
Al emprendedor también le dije que me gustaba ver startups cambiando cosas, pero que —en mi caso— no quiero que hagan una copia digital mía para estar cien por ciento disponible como un bot fenotipado.
Le dije que su idea puede funcionar con el primero de los dos mundos. Mientras esto ocurrirá de una u otra forma, en el segundo mundo, en cambio, a la sombra de la torre de marfil y sobre la tierra, nos tocará a los otros recordar que, en la esencia del ser humano, está la verdadera interacción.
Creo en una educación que saque lo mejor de cada uno de nosotros, no en una anclada en la entropía de la fama hecha código. Por eso es hora de despertar al segundo mundo y preguntar si estamos profesando o guiando y motivando.






