OPINIÓN

Wilson Vega

Robots en la casa

Es imperativo entender que esta transformación no busca el reemplazo del humano, sino la optimización de su tiempo y energía.
9 de enero de 2026, 11:00 a. m.

La idea de una entidad mecánica encargada de las labores domésticas ha habitado el imaginario colectivo durante casi un siglo. Desde la Robotina de Los Supersónicos hasta los hiperespecializados autómatas de limpieza en la nave Axiom de Wall-E, la cultura pop ha oscilado entre la utopía de la liberación del trabajo manual y la ansiedad por la pérdida de la supremacía humana.

Sin embargo, durante las últimas dos décadas, la realidad se mantuvo obstinadamente modesta: el mercado se llenó, sí, de aspiradoras autónomas que, si bien eficientes en su nicho, representaban una automatización bidimensional y limitada. La promesa de una presencia robótica capaz de recoger la ropa, preparar una comida o interactuar de forma fluida con el entorno humano seguía confinada a las pantallas de cine… hasta ahora.

Lo que vimos en la edición 2026 del CES en Las Vegas marca el fin de la era de los “aparatos” y el inicio real de la era de la inteligencia artificial (IA) física. Es difícil no ver el lanzamiento del LG CLOiD como la culminación de esta transición.

Aunque la tecnología de este robot, con su torso humanoide y brazos articulados de cinco dedos, sea la evolución incremental de los electrodomésticos conectados que ya conocemos (lavadoras que analizan el tipo de tela, aires acondicionados que se apagan si hace frío y televisores que reconocen la voz de cada miembro de la familia), la revolución que representa es darles un cuerpo a los asistentes inteligentes actuales, y ponerlos no a habitar el hogar inteligente, sino a controlarlo.

La sofisticación de CLOiD reside en su capacidad para actuar como el sistema nervioso central de un ecosistema conectado. A diferencia de las generaciones previas, que requerían comandos explícitos de voz o aplicaciones móviles, este robot utiliza lo que se denomina “Inteligencia Afectiva”. Esta tecnología permite que la máquina anticipe necesidades basándose en el contexto y el estado de ánimo de los habitantes. La interacción con los electrodomésticos ya no ocurre mediante la presión física de botones, sino a través de señales digitales directas que coordinan rutinas complejas antes de que el usuario cruce el umbral de su casa.

Por supuesto, los robots domésticos son la punta del iceberg. Aunque la robótica industrial no es, ni mucho menos, un campo nuevo, la llegada de humanoides como el nuevo Atlas eléctrico de Boston Dynamics es un testimonio contundente que cuesta no ver como un cambio de guardia.

Al abandonar los sistemas hidráulicos por motores eléctricos de alto torque, Atlas ha alcanzado una agilidad y un rango de movimiento que superan las capacidades humanas. Esta transición hacia lo eléctrico no solo reduce la complejidad de mantenimiento, sino que garantiza que la fuerza mecánica necesaria para mover objetos pesados en un entorno industrial sea lo suficientemente precisa y silenciosa para integrarse en un espacio de trabajo compartido… o en una residencia de lujo.

¿Inquietante? Un poco. ¿Lógico? Pero por supuesto que sí.

En paralelo, el ascenso del Fourier G-3 (sucesor del ambicioso GR-1) subraya la importancia de la escalabilidad y la destreza… con un componente de cuidado. Este humanoide diseñado específicamente para la producción en masa busca democratizar el acceso a la asistencia física en sectores que van desde el cuidado de la salud hasta la logística doméstica.

Lo más notable de la propuesta —de apariencia decididamente inusual— es que el robot está diseñado no solo para la funcionalidad, sino también para la conexión emocional. Guiado por la filosofía “Amor, por encima de toda funcionalidad”, GR-3 tiene un exterior suave y su sistema multimodal de interacción da vida al concepto de “cálida compañía tecnológica”.

La arquitectura de Fourier se centra en la “manipulación hábil”, lo que permitiría que el robot maneje objetos frágiles con una sensibilidad táctil que hasta hace poco se consideraba exclusiva del ser humano. No es difícil imaginarlo en hospitales o establecimientos de cuidado especializado.

El factor determinante en estos desarrollos —y en por lo menos otra media docena que hizo su presentación en el CES— es la resolución del problema de la cohabitación. Durante años, el principal obstáculo para los robots domésticos no fue la falta de inteligencia artificial, sino la dificultad de navegar un entorno caótico y tridimensional lleno de obstáculos impredecibles: humanos, mascotas y muebles. La base con ruedas y los sensores de navegación autónoma de CLOiD, sumados a la estabilidad bípeda mejorada de Atlas y G-3, demuestran que la industria finalmente ha descifrado cómo dar a las máquinas la conciencia espacial necesaria para operar de forma segura en espacios reducidos.

Es imperativo entender que esta transformación no busca el reemplazo del humano, sino la optimización de su tiempo y energía. Estamos lejos —eso creo— del día en que alguien pueda delegar por completo el manejo de la casa a una “ama de llaves digital”. Pero la propuesta de valor de estos agentes físicos se centra en la integración total y descargar la gestión del inventario de la nevera, el ciclo del lavavajillas o la organización de la ropa a una entidad con inteligencia contextual es, sin duda, un alivio en la carga logística del hogar moderno.

Este es el resultado de inversiones estratégicas en centros como el HS Robotics Lab de LG, donde la innovación se mide en la fluidez de la conversación entre el humano y la máquina.

Esta ola de robots que llegó a Las Vegas sugiere que el futuro de la gestión del hogar y del espacio de trabajo ya no es una cuestión de “si”, sino de “cuándo” y “qué tan rápido”. Puede parecer lejano, pero Colombia haría bien en asumir que la ola llegará también algún día a sus costas y pensar desde ahora en los pasos que hay que dar para transitar la próxima frontera económica. La era de los agentes físicos ha comenzado; el CES 2026 lo ratifica. Con ese amanecer, vislumbramos en el horizonte la promesa de una vida donde la IA física se vuelve omnipresente… e inevitable.