OPINIÓN

Redacción Semana

Sin cambio

En Venezuela nada cambiará hasta que regrese la democracia y, con ella, las libertades básicas: una prensa sin censura y la libertad de expresión.
10 de enero de 2026, 7:35 a. m.

Fue una hora y media que se sintió como años. Sentados en una oficina blanca del Sebín, el servicio de inteligencia bolivariana, nos mirábamos en silencio, intentando sonreír como si no estuviera pasando nada. Sin embargo, sospechábamos que nos estaban grabando o escuchando. El agente que nos había detenido se levantó de su escritorio y abandonó el recinto. Antes, nos había hecho decenas de preguntas, revisado nuestros documentos, tomado fotografías e incluso revisado nuestros celulares: fotos personales, conversaciones privadas y redes sociales.

Nuestro camarógrafo, Andrés Sánchez; un productor; un asistente y yo fuimos retenidos la semana pasada cuando intentábamos ingresar a Venezuela. Decidimos hacerlo desde Cúcuta, diciendo abiertamente que éramos periodistas y que queríamos llegar hasta San Antonio del Táchira para, desde allí, intentar continuar hacia Caracas. El agente de inmigración, de trato amable, nos explicó que antes debíamos ser entrevistados por un funcionario del servicio de inteligencia bolivariana.

Con el paso de los minutos, la situación se fue tensando. Conocíamos lo que estaba pasando al otro lado de la frontera, en donde se estaba reportando un incremento de acosos y detenciones a la prensa. Incluso, acababa de ser publicado en la Gaceta Nacional un decreto que ordenaba la detención y captura de personas que celebraran o hubieran participado en la captura de Nicolás Maduro. Cuando finalmente nos dejaron solos en el cuarto, no sabíamos qué iba a pasar. Afuera estaba el otro grupo de compañeros de Univisión, junto a Ilia Calderón, amiga y presentadora del noticiero central de la cadena. Los escuchábamos, pero no sabíamos qué estaba ocurriendo con ellos.

De repente, el agente de migración regresó y nos vio solos. Nos dijo en voz baja que había visto al funcionario del Sebín almorzando y que era mejor que tomáramos nuestros documentos y saliéramos de inmediato. Agregó que, si queríamos volver a intentar ingresar, debíamos tramitar un permiso con la Cancillería venezolana. Algo que, durante años, he intentado sin éxito como periodista.

Nuestro episodio no se compara con lo que han vivido decenas de periodistas que cubren Venezuela. Muchos, locales e internacionales, han sufrido en carne propia los abusos del régimen: acoso, encarcelamientos e incluso desapariciones. Pero lo que nos ocurrió demuestra que, incluso con Maduro fuera del poder, poco o nada ha cambiado. El régimen, ahora en cabeza de Delcy Rodríguez, sigue sin interés alguno en que se conozca la verdad de lo que sucede en el país.

Sin prensa libre no hay garantía de que el mundo sepa lo que ocurre en las calles, cómo vive la gente, cuáles son sus angustias o sus diferencias. Sin libertad de expresión, nunca habrá espacio para una voz divergente distinta a la propaganda estatal. Por eso, como periodista, es menester, siempre, hacer todo intento de ingresar a los lugares prohibidos para contar la verdad. Hace mucho aprendí que muchas veces la diferencia entre la vida y la muerte de muchos en el mundo es un informe de prensa que revele la realidad.

En Venezuela nada cambiará hasta que regrese la democracia y, con ella, las libertades básicas: una prensa sin censura y la libertad de expresión. Por ahora, el régimen chavista sigue campante, como en una purga permanente, buscando venganza y culpables.

La división, el odio y el resentimiento que durante más de dos décadas sembraron el chavismo y su segundo capítulo bajo Maduro son una herida profunda que tomará mucho tiempo sanar. Los motorizados armados con camisetas rojas, los mal llamados “ejércitos del pueblo”, las milicias bolivarianas y los colectivos chavistas tardarán años en entender que la sociedad se construye entre todos y que la vida no es un juego binario entre “ellos” y “nosotros”.

El veneno que les vendieron los políticos difícilmente desaparecerá. Y es triste, porque ellos también son víctimas. Fueron utilizados para que una élite viviera como reyes, vistiera de marca, exhibiera su fortuna y robara la riqueza de una nación que vive la maldición de tenerlo todo, tanto que el petróleo brota del suelo.

Mientras tanto, Colombia, lamentablemente, parece ir por el mismo camino. Las encuestas muestran que no hemos aprendido nada y que, tras la llegada del socialismo del siglo XXI hace tres años, estamos dispuestos a continuar con un experimento económico y social fallido que solo trae pobreza, división, destrucción y muerte. Un modelo que simplemente muta, incluso después de bombardeos y extracciones ejecutadas por la potencia más grande del mundo.

Esto deja una última lección: las naciones son dueñas de su propio destino. Y aunque imploren por salvadores que lleguen en aviones de combate, vestidos de Navy SEALs, si el cambio social no nace desde dentro, desde su propio vientre, las cosas seguirán igual. Sin cambio.