OPINIÓN

Carlos Iván Pérez

Un chiste que pudo costar la presidencia

El error de Abelardo abrió una oportunidad que Paloma Valencia capitalizó para disputar el centro político junto con Juan Daniel Oviedo. Los ganadores de la Gran Consulta se posicionan como una tercera fuerza entre los extremos.
13 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

Una semana antes de las elecciones del 8 de marzo, todas las encuestas coincidían en algo: más allá de los porcentajes, los dos punteros llamados a disputar la segunda vuelta eran Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Hoy el tablero cambió. Paloma Valencia incomoda a Abelardo y se posiciona como una tercera vía más moderada.

En un intento por mostrarse carismático durante una entrevista, Abelardo hizo una imitación del precandidato presidencial Juan Daniel Oviedo. No solo fue un gesto desafortunado por ridiculizar su acento y su tono de voz —consecuencia de un accidente que sufrió cuando era niño—, sino que además dejó flotando la percepción de un comentario homofóbico. A pesar de sus posteriores intentos por matizar lo ocurrido, el daño político ya estaba hecho.

Sería ingenuo pensar que todo el cambio en el tablero político se explica únicamente por ese episodio. Las campañas venían moviéndose desde semanas atrás y cada candidatura arrastraba sus propias fortalezas y límites. Pero el momento del mal chiste actuó como un punto de inflexión: deterioró la imagen de Abelardo en un momento crítico y, al mismo tiempo, abrió una oportunidad política que Paloma Valencia supo capitalizar con rapidez.

La candidatura de Abelardo parece vivir la crónica de una muerte anunciada, pero en política nada pasa hasta que pasa y en un par de semanas podría recomponerse. Si pierde en primera vuelta, este episodio solo encontraría comparación con el inolvidable coscorrón de Germán Vargas Lleras, aquel momento que terminó costándole a un político preparado durante décadas la posibilidad real de llegar a la presidencia.

Juan Daniel Oviedo, por su parte, tenía un discurso técnico pero profundamente social: uno basado en resultados, en reconocer lo bueno de cada sector político y en proponer soluciones concretas. Era un mensaje sólido que solo necesitaba ser escuchado. El mal chiste terminó amplificando su visibilidad y generó una ola de solidaridad transversal. No solo catapultó su votación —más de 1,2 millones de votos de opinión sin salir de Bogotá—, sino que lo posicionó como la figura actual del centro político.

La cifra es significativa: dobla los resultados que obtuvo Claudia López en ese electorado y supera ampliamente el porcentaje etéreo que conserva Sergio Fajardo en las encuestas.

Valencia tenía más de un millón de razones para escoger a Oviedo como vicepresidente, pero la más importante era política: su elección simboliza un compromiso del uribismo con la moderación, el diálogo y la tolerancia hacia las nuevas expresiones de la política. Una señal de que el país empieza a cansarse de discutir permanentemente sobre el pasado y quiere concentrarse en construir el futuro.

Algunos han interpretado las condiciones que Oviedo planteó para aceptar la fórmula como una señal de debilidad en la alianza. Creo lo contrario. Esa escena pública fue necesaria para los votantes que lo apoyaron, quienes habrían podido sentir que su candidatura era simplemente absorbida por otro proyecto político. La negociación tenía como objetivo dejar claro que, incluso en medio de las disonancias, existe un propósito superior llamado Colombia.

Como escribí en mi columna de febrero, la victoria de Paloma Valencia en la Gran Consulta por Colombia no es suficiente. El verdadero reto consiste en mantener los votantes de las nueve figuras que participaron en ese proceso y sumar nuevos apoyos. La posibilidad de que una mujer y una persona de la comunidad LGTBIQ+ lleguen por primera vez a la Casa de Nariño resulta políticamente atractiva para amplios sectores del país. Es una apuesta similar a la de Gustavo Petro en 2022: no solo apela a generar una sensación de esperanza, sino que le habla a la clase media, al indeciso y al apolítico. Es ahí donde se ganan las elecciones.

Para que eso suceda, será indispensable concretar apoyos de centroizquierda y de los partidos tradicionales lo más pronto posible. Por ejemplo, Katherine Miranda, de los Verdes, y Alejandro Carlos Chacón, del Partido Liberal, podrían sumarse en los próximos días. Eventualmente llegarán más.

Por su parte, Iván Cepeda se mantiene fiel a sus causas y apuesta por fortalecer la lealtad de sus bases. En lugar de buscar una fórmula más transversal con figuras como Juan Fernando Cristo o Luis Gilberto Murillo, eligió a la experimentada senadora Aída Quilcué como símbolo de coherencia política. Eso es algo que premia el votante.

Quilcué es una mujer indígena, de la periferia caucana, líder social y víctima del Estado. Algunos analistas contrastan esas características con las de Paloma Valencia, nacida en Popayán, blanca y nieta de un expresidente y del fundador de la Universidad de los Andes. Aunque Quilcué tiene méritos sociales suficientes para ocupar la vicepresidencia, su elección parece responder a una estrategia de campaña que ya da por sentado que, si existe segunda vuelta, será contra Valencia y Oviedo.

Mientras tanto, Abelardo de la Espriella parece haber encontrado su techo en la extrema derecha y ahora intenta abrirse espacio en la centro-derecha con un discurso más moderado. La elección del exministro José Manuel Restrepo como su fórmula vicepresidencial es una señal clara de ese intento. En los próximos días veremos cómo resulta.

Nada está escrito todavía. Pero todo indica que hemos presenciado cómo un mal chiste —un descuido, un lapsus, un momento revelador— terminó alterando el orden de un tablero que parecía inamovible antes del 8 de marzo. La inmediatez implacable de las redes sociales no perdona ningún error y en política, como en la vida, los detalles marcan la diferencia.