“Sin haberlo conocido y me duele”. Es una expresión repetida con frecuencia en espacios públicos y privados por miles de personas, durante este mes que no ha sido fácil, y que refleja un sentimiento genuino y compartido. En las redes sociales continúan circulando videos que revelan no solo su faceta artística, sino también su versatilidad, humanidad, sentido del humor, cercanía con el público y un talento que trascendía ampliamente el escenario.
Tuve el privilegio de conocerlo hace un poco más de un lustro, no en un concierto, su entorno natural, sino a través de una deliberación en Instagram. Había compartido opiniones firmes sobre temas políticos, lo que dio origen a un diálogo profundo que me impresionó. Yeison no se limitaba a ser el “Aventurero” que convocaba multitudes; era un hombre apasionado por los asuntos públicos, comprometido con soluciones concretas a problemas como la desigualdad y el desarrollo agrícola en Colombia. Su discurso se sustentaba en una experiencia práctica y resultados tangibles, superior en muchos aspectos al de expertos con formación académica elevada. Escucharlo constituía una verdadera lección de claridad y visión aplicada, que invitaba a reflexionar y actuar de inmediato.
Esta inquietud no se detenía en lo público. Nacido en Manzanares, Caldas, Yeison poseía una visión empresarial excepcional. Concebía ideas innovadoras y las materializaba con determinación. En cualquier momento del día podía recibirse una llamada suya para consultar sobre oportunidades de inversión o iniciativas comerciales que nadie más en el país consideraba en ese momento, demostrando siempre una notable anticipación estratégica. Construyó un imperio sólido en menos de una década: su holding YJ Company S. A. S., con importantes modelos de negocio, que abarcaba la promoción de espectáculos, la producción de eventos, los bienes raíces y las exportaciones; criaderos dedicados a caballos de paso fino y ganadería; proyectos hoteleros; inversiones inmobiliarias en Colombia y Estados Unidos; y actividades diversificadas como la producción y exportación de miel, así como marcas propias de accesorios. Todo ello logrado mediante disciplina rigurosa, pasión inquebrantable y dedicación absoluta, convirtiéndolo en un modelo de superación y éxito legítimo para las nuevas generaciones colombianas.
En el ámbito musical, su trayectoria dejó un legado imborrable. Con éxitos como Aventurero (premio a Canción Popular del Año en los Premios Nuestra Tierra), Vete, MLP, Perro enamorado o Tu amante (que marcó su entrada en listas de Billboard), se consolidó como referente indiscutible de la música popular colombiana. Alcanzó hitos inéditos en el género: en 2024 fue el primer artista en agotar tres fechas en el Movistar Arena de Bogotá; en 2025 llenó en solitario el Estadio El Campín con más de 40.000 asistentes, un hito histórico. Acumuló nominaciones a Premios Juventud y Premios Lo Nuestro, múltiples galardones en Nuestra Tierra (incluidos Artista Popular del Año y Canción del Año en ediciones anteriores), y un reconocimiento póstumo en el segmento In Memoriam de los Grammy 2026 por su impacto en la música latina. Participó como jurado en Yo me llamo de Caracol Televisión, realizó giras internacionales en México, Estados Unidos y Europa, y acumuló millones de reproducciones que lo posicionaron entre los artistas más escuchados a nivel global.
Más allá de los récords y éxitos, tanto a nivel artístico como personal, la ausencia de Yeison Jiménez ha generado un duelo colectivo poco común. Miles de personas encontraron en sus canciones una compañía e historias con las cuales identificarse. Su historia personal, esfuerzo y el éxito alcanzado rompieron estigmas sobre la música popular, convirtiéndose en un símbolo nacional con proyección mundial. Por eso su partida duele tanto: no solo se fue un artista, sino una representación viva de que en Colombia aún es posible soñar, avanzar y lograrlo sin renunciar a la esencia.
Sin embargo, lo que deseo que permanezca con mayor fuerza —y lo que evoco con mayor melancolía— es el Yeison humano y noble, el amigo leal, el cotidiano; el que cuando llegaba a cualquier región de Colombia quería comer la comida típica, bajarse descalzo, no negar ninguna foto y buscar dónde montar caballo; el que, cuando llegaba a Bucaramanga, decía: “Pipe, lléveme a comer el pescado de siempre”. La fama llegó con rapidez vertiginosa y, en muchos casos, distorsiona el rumbo, llevando a excesos y alejamiento de lo esencial. En su caso, jamás ocurrió. A pesar de llenar escenarios masivos, contar con millones de seguidores y convertirse, a los 30 años, en el número uno indiscutible del género, preservó intactas su sencillez y su raíz.
Su familia constituía su centro vital: Sonia y sus hijos no eran solo motivación, sino inspiración constante. Expresaba con frecuencia el anhelo de regresar de las giras, aunque fuera por breves momentos, para estar con ellos. Esa prioridad hogareña era tema recurrente en sus reflexiones y consejos, siempre impregnado de amor y aspiraciones compartidas. Con sus amigos demostraba la misma entrega: exigente cuando era necesario, pero de una generosidad extraordinaria, ofreciendo oportunidades, apoyo y la realización de sueños ajenos.
Este mes no ha sido fácil, lo reconozco con sinceridad. Hay instantes en que el dolor se intensifica y surge la pregunta inevitable. No obstante, en medio de esa melancolía persistente, prevalece el orgullo y la gratitud inmensa ante un ser humano de dolor profundo por su partida y de admiración perdurable por su legado.
Quisiera terminar, en el marco del respeto a la libertad de credos, con un llamado ciudadano a pedir a Dios por el alma de Yeison, Jefferson, Oscar, Juan Manuel, Waisman y Fernando; un crew sin igual, que queda en el corazón de Colombia y del mundo.









