Por mi propia experiencia como exvicepresidente de la República, de 2010 a 2014, y exconstituyente en el año 1991, debo manifestar que dicha responsabilidad no está explícita y previamente definida; es más simbólica que real por cuanto, de acuerdo con la Constitución Nacional que aprobamos el 4 de julio de 1991, el vicepresidente solamente cumple funciones que le sean designadas por el presidente de la República.
Otra “mentira”, vendida como verdad en Colombia con relación a la figura del vicepresidente, es que reemplaza al presidente en caso de ausencias temporales o absolutas. El único caso que se conoce en la historia política colombiana en esa materia fue cuando, por voluntad propia, el expresidente Ernesto Samper Pizano, en el año 1997, solicitó al Senado de la República una licencia de diez días a fin de hacerse unos controles médicos en el exterior y, de común acuerdo con el Senado, asumió como presidente de Colombia, en enero de 1998, su vicepresidente designado Carlos Lemos Simmons, quien desafortunadamente ya falleció en el 2003.
Esa realidad constitucional es la que muy bien explica que en Colombia, en ausencias temporales del presidente, no lo reemplace el vicepresidente, sino un ministro con funciones delegatarias o la persona que designe el jefe de Estado. También que, en caso de ausencia absoluta, sea la plenaria del Senado la que decida si el vicepresidente u otra persona es designada para asumir la Presidencia de la República.
Como por mi propia experiencia personal conocía un poco todos esos laberintos jurídicos, desde el mismo momento, en marzo de 2010, en que Juan Manuel Santos me ofreció ser su fórmula vicepresidencial, además de agradecerle infinitamente el gesto, le sugerí los nombres de otras personas más cercanas políticamente a él para ocupar dicho cargo.
También le solicité que, en caso de ser elegido vicepresidente, me permitiera encargarme de la política de promoción y defensa de los derechos humanos en cada uno de los municipios colombianos; de la promoción del diálogo social como mecanismo para la solución pacífica de los conflictos políticos y sociales; de hacer de la Vicepresidencia un punto de apoyo para la gente y para el Estado en la lucha por erradicar las criminales minas antipersonales, en la lucha contra la corrupción y para contribuir a la buena imagen de Colombia en el exterior.
A pesar de ello, no dejaron de presentarse algunas diferencias con el presidente en el camino que, en mi opinión, con una política flexible y de diálogo directo, logramos resolver positivamente por el bien de Colombia.
A lo anterior debo agregar que durante los cuatro años que duré como vicepresidente, siempre conté con el respaldo del presidente de la República, de su equipo de gobierno, de todas las personas que laboraban en la Vicepresidencia y que, por mi propia iniciativa, habían sido nombradas o ratificadas por Juan Carlos Pinzón, que oficiaba como secretario general de la Presidencia. En ese sentido, no tengo sino palabras de agradecimiento a todas las personas particulares y del Estado colombiano que me colaboraron, incluyendo a mis familiares en momentos muy difíciles para mi vida, por complejos quebrantos de salud que sufrí.
He querido contar esta historia y compartir estas reflexiones con los actuales candidatos y candidatas a la Vicepresidencia para subrayar que este cargo puede ser una valiosa expresión de “unidos en la diferencia” y que lo fundamental de tan importante función es enseñar con nuestro propio ejemplo de vida y servir de punto de apoyo para todas las personas, así piensen diferente al presidente o al vicepresidente de la República.
