OPINIÓN

Redacción Semana

Yo también extraño 2016

Sin embargo, el peligro es latente.
23 de enero de 2026, 11:05 a. m.

2016 fue un año bisiesto, que comenzó en un viernes. Justin Bieber dominaba las tablas, Spotlight ganó el Óscar a Mejor Película y en la red todos hacíamos el Mannequin Challenge o jugábamos Pokémon Go. No es que faltaran las malas noticias —murieron Prince, David Bowie y Leonard Cohen— pero al menos Nacional ganó la Copa Libertadores y la Corte Constitucional aprobó el matrimonio igualitario.

Pero tal vez eso no baste para explicar la súbita nostalgia que inundó las redes y que parece tener a todos mirando diez años en el pasado, al punto de que las búsquedas del término ’2016′ aumentaron un 452 % en TikTok en la última semana, y según esa plataforma más de 55 millones de videos han sido creados usando el filtro de la app que lleva el nombre del año.

¿Pero por qué ahora? ¿Por qué 2016?

Mi teoría es que 2016 fue el último año en que internet parecía un lugar cohesivo, que marca el fin de una era de inocencia digital y el inicio de la fragmentación algorítmica que retrataría, cuatro años después, el documental El dilema de las redes sociales.

El auge de los algoritmos transformó el paisaje de la red. Hasta 2016, vivíamos en el entendido de que íbamos a redes como Twitter, Facebook o Instagram para ver lo que publicaban las personas o las marcas que seguíamos. Hoy esas plataformas –Twitter rebautizada como X y transformada según la voluntad de su nuevo dueño compiten por atención con la máquina imparable que es TikTok y no funcionan como foros públicos, sino como motores de confirmación.

Básicamente los algoritmos priorizan el contenido que genera reacción visceral sobre el que aporta valor informativo. El diseño de estas redes moldea el discurso público, premia la estridencia y castiga el matiz. En este entorno, la información veraz pierde relevancia ante la narrativa emotiva que confirma los sesgos de cada usuario.

Habiendo dicho eso, es difícil atribuir a la mera coincidencia que 2016 sea, también, el año en que la consultora Cambridge Analytica adquirió de forma indebida información de 50 millones de usuarios de Facebook en Estados Unidos. Esos datos fueron luego utilizados para influenciar a los votantes en las elecciones en las que Donald Trump resultó electo presidente.

La desinformación, por tanto, dejó de ser un problema de “noticias falsas” aisladas para convertirse en un rasgo estructural del consumo de medios. Los usuarios ya no navegan la web abierta y van a donde desean, sino que recorren, sin saberlo, los carriles bien delineados para ellos por el algoritmo.

La dieta informativa del usuario promedio es, por tanto, muy diferente hoy a la de antes de 2016. El menú hoy no es la de contenidos seleccionados por decisiones conscientes, y en cambio se compone de fragmentos descontextualizados, diseñados para retener la atención por un par de segundos más.

Por eso abrir X es encontrarse, primero, con lo que Elon Musk opina de determinado tema y por eso las búsquedas de Google suelen entregar primero resultados patrocinados –o resúmenes de IA- antes de enlaces y respuestas. La profundidad analítica desapareció de los feeds y las plataformas en las que millones obtiene su información priorizan el contenido escandaloso, ofensivo o trivial. Los internautas viven en la paradoja de tener acceso instantáneo a la suma del conocimiento humano, pero tener que acceder a ella mediante una interfaz que privilegia la distracción.

Este escenario caótico solo se vuelve más frenético ante la llegada de una constelación de recursos de inteligencia artificial generativa. Pero puede que aquí, al menos, haya una luz de esperanza.

Herramientas como Claude o los modelos más recientes de OpenAI proponen un cambio de paradigma. A diferencia de las redes sociales, que dispersan la atención, estos modelos la concentran. Su valor no reside en la novedad, sino en la capacidad de síntesis y razonamiento y aunque plantean, es cierto, el riesgo de desinformación por sesgos y alucinaciones, representan, al menos, la esperanza de un retorno a la utilidad pura. El usuario que interactúa con estos sistemas –en especial si trasciende la trivialidad de la foto de IA o la inutilidad rampante de Grok- descubre una eficiencia que los buscadores tradicionales vienen perdiendo hace años entre anuncios y optimización para SEO.

Sin embargo, el peligro es latente. La misma tecnología que promete ordenar el caos posee la capacidad de multiplicarlo. La barrera de entrada para generar contenido convincente -sea cierto o falso- desapareció. Un actor malintencionado puede hoy inundar el ecosistema con texto sintético indistinguible de la escritura humana. Quienes nos preciábamos de reconocer fotos o videos generados por IA nos descubrimos, de pronto, dudando más que antes.

Esto plantea un desafío monumental para el periodismo y la sociedad civil. Si el volumen de ruido supera la capacidad humana de filtrado, si la velocidad con la que se puede mentir supera la velocidad con la que podemos aclarar, corregir o desmentir, la confianza en las instituciones digitales colapsará definitivamente.

Y, en semejante contexto, ciertamente no es tranquilizante que OpenAI haya anunciado, esta semana, que su inmensamente popular chatbot, ChatGPT, comenzará a incluir anuncios relacionados con las conversaciones de los usuarios del plan gratuito.

Así que la nostalgia por el internet de 2016 puede ser, en el fondo, un deseo de control de un usuario moderno que siente que perdió las riendas de su experiencia digital. Los algoritmos deciden qué vemos, qué leemos y, sutilmente, qué pensamos. La inteligencia artificial ofrece, paradójicamente, una vía de escape y una nueva jaula. Permite al individuo retomar el control sobre el flujo de información, personalizar su consumo y potenciar su creatividad. Al mismo tiempo, centraliza ese poder en servidores opacos, de propiedad de un puñado de corporaciones.

O quizá la mirada al internet de antes de 2016 esté dictada por algoritmos que decidieron que es ideal para promover el engagement y mantenernos más tiempo en un scroll infinito, en el que somos, a la vez, usuarios y producto.