Tal como sucede en el Senado, la izquierda unificada por la burocracia confirma que su principal fortaleza electoral está en la capacidad de actuar bajo una sola bandera. La unión, en este caso, no solo le dio identidad política, sino también volumen parlamentario. El Pacto aparece así como la fuerza política con mayor número de curules en la Cámara, ratificando el éxito de una estrategia de concentración política que contrasta con la dispersión de otros sectores.
El Centro Democrático emerge como la segunda gran fuerza de esta elección. Consolidándose como el principal faro de la derecha y como uno de los grandes ganadores de la jornada. En un escenario de fragmentación partidista, ese crecimiento no es menor. Refleja una recuperación importante de un electorado de oposición, más disciplinado, más movilizado y con mayor claridad ideológica que otros sectores del centro y partidos de corte tradicional.
Llamativo resulta el caso de los verdes, que durante años sirvieron como puente entre sectores de opinión, agendas progresistas y posturas de centroizquierda, pero que hoy parecen pagar el costo de la ambigüedad, la dispersión interna y la dificultad para sostener una identidad política clara frente al electorado.
Un factor clave en la victoria de varios partidos tradicionales en las regiones de Colombia no fueron únicamente las estructuras políticas clásicas a las que el país está acostumbrado. También lo fueron las estructuras religiosas y el voto basado en la fe, que se consolida cada vez más como un factor eficiente y en permanente crecimiento. La penetración transversal de la fe en buena parte de los partidos políticos es un fenómeno creciente, que no cuenta con un contrapeso real en la Iglesia católica, cuyo enfoque político está orientado hacia ser un mediador y un garante de la paz en Colombia, a diferencia del activismo político evangélico, que busca activamente curules en el Congreso.
Un ejemplo claro de este fenómeno es la curul obtenida en Bogotá por Salvación Nacional a través de Carol Borda, candidata de la Iglesia Misión Carismática Internacional (MIC), así mismo, la del senador del Partido MIRA, Carlos Eduardo Guevara, el más votado de Bogotá, y también la de Sara Castellanos, senadora electa por Salvación Nacional y exconcejal del Partido Liberal, cuyos padres son los líderes del MIC. Casos como estos se repiten a lo largo y ancho del país, donde la participación de las comunidades evangélicas en los procesos políticos crece cada vez más. Al mismo tiempo, partidos tradicionales como el Liberal y el de la U se ven progresivamente más permeados por estas estructuras de fe. La neocolonización transversal que ocurre por parte de estos movimientos evangélicos también es clara, en cómo estos movimientos inclusive lograron doblegar sectores progresistas y hacerse indispensables para estos. Este fue el caso de la lista del MIRA con El Nuevo Liberalismo y el Movimiento Dignidad y Compromiso.
El voto de opinión también fue un factor determinante en muchas de las curules obtenidas. El Centro Democrático logró una votación histórica y consiguió al congresista más votado del país en cabeza de lista de su colectividad por Bogotá, Daniel Briceño, joven promesa de ese partido, con un total de 262.104 votos. Y además, el nuevo representante es fervoroso miembro de una creciente comunidad religiosa en Bogotá, de la cual su familia es cabeza.
Por otra parte, grandes perdedores de esta elección fueron, precisamente, los candidatos influencer y buena parte de la política construida sobre la ilusión del algoritmo. Durante meses se quiso vender la idea de que la visibilidad digital, los videos virales y la conversación permanente en redes podían sustituir la estructura, el trabajo territorial y la capacidad real de movilización electoral. No fue así. Esta elección demuestra que la visibilidad en redes, por sí sola, no basta para construir una base electoral sólida; el candidato requiere también de presencia real en las regiones.
Muchos partidos apostaron por incorporar influencers dentro de sus listas, confiando en replicar fenómenos donde figuras digitales logran votaciones históricas y arrasadoras. Sin embargo, varios de esos experimentos terminaron desdibujados y no lograron traducirse en curules. Casos como el de Felipe Saruma, avalado por Cambio Radical para aspirar a la Cámara por el Atlántico, quien cuenta con 11.1 millones de seguidores en TikTok, o el de la reconocida chef Leonor Espinosa, cabeza de lista del Partido Liberal en Bogotá, reflejan justamente esa desconexión entre alcance virtual y resultado electoral. A ello se suma el caso de Edwin Brito, conocido como el “Pechy Player”, candidato al Senado por el Partido Conservador, cuya alta exposición en redes tampoco se convirtió en una victoria en las urnas. (Piñeiro-Rodríguez, Rosenblatt, and Vommaro 2025)
La lección es clara y contundente: la presencia digital amplifica una candidatura, pero no reemplaza la política real. El algoritmo, sin contenido sólido, sin estructura y sin rigor, termina siendo apenas una vitrina de vanidad. Esta elección dejó claro que no todo el que es viral y tendencia materializa sus seguidores en éxito electoral.
Verdaderamente importante es entender cómo quedará organizada realmente la Cámara. Porque una cosa es la composición formal por partidos y movimientos; otra, mucho más importante, es la manera en que esa organización se traduce en eficiencia legislativa, afinidades políticas, acuerdos burocráticos y cercanía con el gobierno de turno.
El caso de Wadith Manzur es ilustrativo. Elegido por el departamento de Córdoba con aval del Partido Conservador, apoyó buena parte de las reformas del llamado Gobierno del Cambio, presuntamente alineado con las instrucciones provenientes de la UNGRD. Y así será el comportamiento de las fórmulas que deja Manzur en la Cámara: Ape Cuello por el César y Juan Loreto Gómez por La Guajira, respectivamente. Este ejemplo deja una lección política de fondo: en Colombia, la pertenencia formal a una colectividad no siempre anticipa la conducta real de sus congresistas. Muchas veces pesan más los intereses territoriales, las redes burocráticas, los acuerdos de poder y la conveniencia política que la identidad doctrinaria de su partido.
La pregunta de fondo, más allá de la composición de la Cámara, es cómo va a actuar legislativamente este órgano frente al gobierno, quiénes serán oposición y quiénes, como tantas veces ocurre en la política colombiana, se moverán en esa amplia y rentable zona gris del colaboracionismo e ir en contravía de su doctrina partidista. En una corporación de mayorías inestables, esa transaccionalidad política importará más que las promesas de campaña.
Ni la derecha ni la izquierda parecen tener, por sí solas, la capacidad de imponer una agenda legislativa sin negociar. Eso quiere decir que los partidos tradicionales, las fuerzas regionales y los congresistas con comportamiento bisagra, volverán a tener un peso determinante en la gobernabilidad del Congreso.
Así las cosas, la conformación de esta corporación será determinante para entender la verdadera capacidad legislativa del próximo gobierno, cualquiera que este sea. Será la Cámara la que permitirá establecer si un eventual gobierno de Iván Cepeda tendría la posibilidad de construir una mayoría estable, pero también será allí donde se pondrán a prueba los márgenes de maniobra de eventuales gobiernos encabezados por Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella, hoy entre las figuras más opcionadas dentro del debate presidencial. Más que una simple distribución de escaños o una división ideológica aparentemente clara, lo que está en juego es la arquitectura real del poder legislativo en Colombia.
Y esa arquitectura no se define únicamente en las urnas ni en la suma formal de los partidos. Se termina de revelar en las alianzas, en los silencios, en las lealtades cruzadas, en la disciplina de bancada y en el comportamiento concreto de cada congresista una vez se instala la legislatura. La próxima Cámara no solo dirá quién ganó la elección; dirá, sobre todo, quién tiene realmente la capacidad de gobernar y de maniobrar en el Congreso, más allá de la ideología.
Colombia necesita una reforma política que eleve la disciplina, la transparencia y la eficiencia de los partidos. Solo así podrá avanzar hacia una democracia más sólida, más coherente y menos dependiente de acuerdos coyunturales o lealtades difusas.
Federico Ortiz Jiménez
Asociado WP Group International
