La psiquiatra Joanna Moncrieff cuestiona la eficacia de los fármacos y advierte sobre sus efectos en el cerebro y la dependencia emocional.

Los fármacos pueden reducir la intensidad emocional sin garantizar una verdadera recuperación
La psiquiatra británica Joanna Moncrieff cuestiona una de las creencias más extendidas sobre la salud mental: la idea de que medicar las emociones con antidepresivos es siempre beneficioso o necesario.
En una reciente publicación, Moncrieff desafía la narrativa tradicional que ha dominado la psiquiatría moderna durante décadas.
Pone en tela de juicio tanto el origen de la depresión como el papel que juegan estos fármacos en su tratamiento, según lo publicado en 20 Minutos.
Desde mediados del siglo XX, se ha difundido la teoría de que la depresión es causada por un “desequilibrio químico” en el cerebro, especialmente una falta de serotonina, y que los antidepresivos corrigen ese desequilibrio.
Esta explicación ha sido tan repetida que muchas personas la aceptan sin cuestionarla. Moncrieff argumenta que no existen pruebas sólidas y concluyentes que respalden esta explicación biológica simplista.
Añade que el modelo biomédico dominante ha sido sostenido más por tradición y marketing que por evidencias claras.
Su crítica se basa en investigaciones clave, como la revisión publicada en Molecular Psychiatry en 2022 titulada “The Serotonin Theory of Depression: A Systematic Umbrella Review of the Evidence”, que concluye que no hay evidencia convincente de que la depresión sea causada por niveles bajos de serotonina.
Además, en artículos anteriores como “Do Antidepressants Cure or Create Abnormal Brain States?”, Moncrieff analiza cómo los fármacos alteran el cerebro.
Así, cuestiona si realmente alivian los síntomas o simplemente producen cambios químicos que los pacientes interpretan como mejoría.

La ciencia cuestiona la eficacia real de los antidepresivos
Su crítica no se limita a desacreditar una teoría antigua: va más allá al afirmar que los antidepresivos, lejos de “curar” la depresión, alteran el estado normal del cerebro de manera similar a otras sustancias psicoactivas.
Lo anterior reduce la intensidad emocional y produce efectos que podrían confundirse con mejoría.
Además, Moncrieff destaca que los llamados efectos de abstinencia, las dificultades que algunas personas experimentan al dejar de tomar antidepresivos, son una señal de que estos fármacos modifican la forma en que el cerebro funciona.
Esto puede llevar a una dependencia prolongada; punto que ha llevado a varios expertos a pedir una mayor transparencia sobre los beneficios y riesgos de estos medicamentos.
La posición de Moncrieff, aunque respaldada por publicaciones académicas y un análisis crítico de los estudios existentes, no representa un consenso unánime entre los psiquiatras.
Organizaciones médicas y expertos defienden la utilidad de los antidepresivos en muchos casos, basándose en ensayos clínicos y décadas de práctica clínica en los que estos medicamentos han ayudado a personas con depresión severa.
En este contexto, la invitación de Moncrieff a replantearse el modelo de tratamiento no implica negar la existencia real del sufrimiento emocional ni la necesidad de apoyo profesional.
Más bien propone que la atención a la salud mental no se limite a una fórmula farmacológica única, sino que considere factores sociales, psicológicos y ambientales que también influyen en el bienestar.
Se debe considerar que las soluciones más efectivas podrían requerir un abordaje más amplio que incluya, pero no dependa únicamente, de los antidepresivos.
